29 de octubre de 2009

Comunicando

Hoy voy a romper la tradición.

Me dispongo a hablar, aunque sea tangencialmente, de mi curro.

Ayer asistí en Madrid a una jornada sobre seguridad y protección de datos (lo que me permitió quedar a comer con mis queridas E. y M. ;-).

La típica sucesión de presentaciones: grandes pantallas donde se proyecta el powerpoint mientras la persona se esfuerza por transmitir su mensaje.

Hubo de todo. Desde quien no habría necesitado en absoluto el apoyo de las transparencias (¿existe mejor palabra en castellano? No le veo mucho sentido a seguir usando ésta tanto tiempo después. En fin) y se habría bastado, y de hecho se bastó, para dar una explicación clara e interesante de lo que quería contar, hasta quien, presa de evidente nerviosismo, fue leyendo el texto línea por línea, palabra por palabra.

Ninguno de esos casos me llamó la atención, porque los había visto antes (de hecho, el segundo, lo he vivido más de una vez en carne propia... :-S). Lo que me lleva a escribir esto es lo que vi en la última sesión, la habitual "mesa redonda" donde varios ponentes cuentan su rollo en 15 o 20 minutos.

Ninguno me gustó mucho.

Y es una pena, porque sé que todos los que hablaron tenían cosas interesante que contar. Pero no acertaron a hacerlo, lo que dio pie a las siguientes sesudas reflexiones por mi parte:

Primero, lo más general: los españoles tenemos carencias evidentes a la hora de hablar en público. Nada congénito, nada que vaya en los genes hispánicos. Simplemente cuestión de educación. Si, como sucede en otros países, se entrenase y se evaluase a lo largo de los años de formación la capacidad de expresión oral, otro gallo cantaría...

Segundo, relacionado con lo anterior: ayer vi claramente que para transmitir un mensaje hay que tener una historia, un hilo argumental, no vale con ir pasando pantallazos uno tras otro, por muy currados que estén, por mucha información que contengan. Mejor centrarse en lo esencial, unas pocas ideas, y explicarlas con la mayor claridad posible.

Tercero: no sólo hay que tener algo que contar, sino que hay que adaptar el contenido de la charla al público al que te diriges. ¿Quién te viene a escuchar? ¿por qué? ¿cuál o cuáles de las cosas que les puedes contar les interesarán?

Cuarto y último: las transparencias, cuanto más sencillas mejor. Pocas frases, pocas líneas por frase. Gráficos simples, directos, explícitos. Al grano.


En fin, espero recordar estas y otras cosas la próxima vez que me toque a mí soltar mi rollete, que será en unas semanas.

[Por cierto, de todos estos asuntos y muchos otros relacionados habla Gonzalo Álvarez, al que tuve la suerte de ver en acción hace unos meses, en su estupendo blog El arte de presentar.]

3 comentarios:

elisewin dijo...

Muy interesante...¡¡Tomo nota para mis clases!!
petó

Daniel dijo...

Que razón tienes...
Como diría aquel, por ahi fuera "nos dan mil vueltas"
yo le he visto, y lo he disfrutado, los estudiantes en UK aprenden desde pequeños, no es casualidad que se les de bien la oratoria...

Suscribo lo que dices, pero yo siempre añado una que a mi me ayuda mucho. "La audiencia siempre esta de tu parte, nadie se sienta a escuchar una ponencia pensando, ojala este tipo sea malisimo..." en cierto modo, la audiencia siempre esta polarizada de tu parte... luego hay quien consigue mantener la polarización... y otros que la destruyen por completo...
Abrazo
dani

grankabeza dijo...

:-)

Estoy de acuerdo, Gandhi.

En principio, la gente tiene en general buena predisposición. Y eso hay que saber aprovecharlo, mantenerla la polarización, como tú dices.

Besitos, abrazos.