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26 de mayo de 2011
Como la (puta) vida misma
Se puede decir más alto, pero no más claro. Más de su autor, Aleix Saló, aquí:
estepaissevaalamierda.wordpress.com
(Añado: Más claro no, mejor puede que tampoco, pero Muñoz Molina completa el panorama en "Hora de despertar")
20 de mayo de 2011
19 de mayo de 2011
#nolesvotes
(Foto de La Pollería@Facebook)
Hace un rato he escuchado por primera vez la grabación que circula por la Red de la llamada de Cristina, una ciudadana indignada, a Radio Nacional para decirles cuatro cosas bien dichas a los opinadores profesionales de "la radio de todos" (que es por cierto la que yo más escucho, y de la que en general tengo bastante buena opinión.)
Qué asquito me ha dado la suficiencia y la ceguera del par de capullos tertulianos que hablan en este corte:
(Espero haberlo puesto bien. Si no, buscadlo por ahí.)
El Roto, en una de sus viñetas que también está circulando mucho, como de costumbre, lo clava:
Aunque para mí, tanto o más que los políticos de los grandes partidos, cuya reacción (tratando de apropiarse de una protesta que va precisamente contra ellos; o intentando dirigirla únicamente contra el adversario de turno) no es ninguna sorpresa, quienes se han retratado en estos días son algunos de los periodistas de los grandes medios, que no saben ni por dónde empezar a entender qué está pasando. Como esos dos capullos en RNE o los progres biempensantes a los que escuché el otro día en la tertulia de Àngels Barceló en la SER, que me dejaron claro dónde están si se les hace elegir entre el poder establecido y el pueblo llano cabreado.
Hace un rato he escuchado por primera vez la grabación que circula por la Red de la llamada de Cristina, una ciudadana indignada, a Radio Nacional para decirles cuatro cosas bien dichas a los opinadores profesionales de "la radio de todos" (que es por cierto la que yo más escucho, y de la que en general tengo bastante buena opinión.)
Qué asquito me ha dado la suficiencia y la ceguera del par de capullos tertulianos que hablan en este corte:
(Espero haberlo puesto bien. Si no, buscadlo por ahí.)
El Roto, en una de sus viñetas que también está circulando mucho, como de costumbre, lo clava:
Aunque para mí, tanto o más que los políticos de los grandes partidos, cuya reacción (tratando de apropiarse de una protesta que va precisamente contra ellos; o intentando dirigirla únicamente contra el adversario de turno) no es ninguna sorpresa, quienes se han retratado en estos días son algunos de los periodistas de los grandes medios, que no saben ni por dónde empezar a entender qué está pasando. Como esos dos capullos en RNE o los progres biempensantes a los que escuché el otro día en la tertulia de Àngels Barceló en la SER, que me dejaron claro dónde están si se les hace elegir entre el poder establecido y el pueblo llano cabreado.
7 de julio de 2010
Banderas
Me llama la atención algo que está pasando durante este Mundial, al menos en Madrid. Algo que, que yo recuerde, no había sucedido antes, al menos no en la misma medida: Se ven muchas banderas españolas colgadas de ventanas y balcones y en otros lugares donde yo no esperaría verlas.
Por ejemplo, el otro día, para mi sopresa, la vi ondear sobre la entrada del bar más jipioso ;) de Majadahonda, La Luna.
Y a mí, que las banderas me dan más bien repelús, reconozco que esto me parece bien, porque lo interpreto como síntoma de que, poco a poco, nos vamos sacudiendo el complejo "de país" que nos atenaza.
Es cierto que la historia de nuestra bandera es la que es, y eso hace que muchos renieguen de ella, pero yo me niego a permitir que este símbolo, que debería serlo de todos, se lo apropien sólo unos cuantos.
Hala.
Por ejemplo, el otro día, para mi sopresa, la vi ondear sobre la entrada del bar más jipioso ;) de Majadahonda, La Luna.
Y a mí, que las banderas me dan más bien repelús, reconozco que esto me parece bien, porque lo interpreto como síntoma de que, poco a poco, nos vamos sacudiendo el complejo "de país" que nos atenaza.
Es cierto que la historia de nuestra bandera es la que es, y eso hace que muchos renieguen de ella, pero yo me niego a permitir que este símbolo, que debería serlo de todos, se lo apropien sólo unos cuantos.
Hala.
6 de enero de 2010
Interesante artículo de Juan-José López Burniol en El País de hoy sobre el embrollo del Estatut.
En él recoge tres "observaciones" que un colega suyo le hizo por escrito tras una velada en la que se habló del asunto y que para mí tienen bastante sentido:
1. El debate España-Cataluña es tramposo por ambas partes. Admito que es tramposo por parte de España, ya que buena parte de los españoles no ha asumido que el Estado de las Autonomías es el embrión de un Estado federal que habría de desenvolverse hasta consolidarlo, y lo ven como un subterfugio con el que dar largas a las aspiraciones de autogobierno catalanas. De ahí vienen la inercia centralizadora de la Administración, la erosión de competencias por la vía de la legislación básica y de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, etc. Pero admíteme también que buena parte de los nacionalistas catalanes tampoco juega limpio, porque, por debajo de la su secular ambición de refaccionar el Estado, ha latido siempre una soterrada aspiración a la independencia.
2. No hay federalistas ni en España ni en Cataluña. Es frecuente oír en Cataluña que resulta imposible la consolidación de un Estado federal por la falta de federalistas españoles. Lo admito, si bien añado que tampoco hay muchos en Cataluña. En cuanto rascas un poco, te encuentras con que lo que pretende la mayoría de los llamados federalistas catalanes es una especie de relación bilateral Cataluña-España, bajo la que se esconde una implícita aspiración confederal.
3. Hay un recíproco y grave error de raíz. Muchos españoles no aceptan que Cataluña sea una nación, es decir, una comunidad con conciencia de poseer una personalidad histórica diferenciada y voluntad de proyectarla al futuro mediante su autogobierno. Y, a la recíproca, muchos catalanes niegan a España como nación, reduciéndola a la condición jurídica de Estado -Estado español-, cuando lo cierto es que -como tú dices- es "una nación de tomo y lomo, con una mala salud de hierro". De lo que se desprende que el conflicto histórico entre España y Cataluña es el choque frontal de dos naciones: una que no ha tenido fuerza para absorber a la otra, y otra que no ha tenido fuerza para desligarse de aquélla.
En él recoge tres "observaciones" que un colega suyo le hizo por escrito tras una velada en la que se habló del asunto y que para mí tienen bastante sentido:
1. El debate España-Cataluña es tramposo por ambas partes. Admito que es tramposo por parte de España, ya que buena parte de los españoles no ha asumido que el Estado de las Autonomías es el embrión de un Estado federal que habría de desenvolverse hasta consolidarlo, y lo ven como un subterfugio con el que dar largas a las aspiraciones de autogobierno catalanas. De ahí vienen la inercia centralizadora de la Administración, la erosión de competencias por la vía de la legislación básica y de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, etc. Pero admíteme también que buena parte de los nacionalistas catalanes tampoco juega limpio, porque, por debajo de la su secular ambición de refaccionar el Estado, ha latido siempre una soterrada aspiración a la independencia.
2. No hay federalistas ni en España ni en Cataluña. Es frecuente oír en Cataluña que resulta imposible la consolidación de un Estado federal por la falta de federalistas españoles. Lo admito, si bien añado que tampoco hay muchos en Cataluña. En cuanto rascas un poco, te encuentras con que lo que pretende la mayoría de los llamados federalistas catalanes es una especie de relación bilateral Cataluña-España, bajo la que se esconde una implícita aspiración confederal.
3. Hay un recíproco y grave error de raíz. Muchos españoles no aceptan que Cataluña sea una nación, es decir, una comunidad con conciencia de poseer una personalidad histórica diferenciada y voluntad de proyectarla al futuro mediante su autogobierno. Y, a la recíproca, muchos catalanes niegan a España como nación, reduciéndola a la condición jurídica de Estado -Estado español-, cuando lo cierto es que -como tú dices- es "una nación de tomo y lomo, con una mala salud de hierro". De lo que se desprende que el conflicto histórico entre España y Cataluña es el choque frontal de dos naciones: una que no ha tenido fuerza para absorber a la otra, y otra que no ha tenido fuerza para desligarse de aquélla.
12 de diciembre de 2009
Una vez más, disfruto leyendo el artículo de Muñoz Molina en Babelia, 1977 (gran año...), que casi consigue hacerme sentir nostalgia de una época que no viví y que no fue ni mucho menos mejor que ésta.
Al leerlo, me alegro de haber aplaudido el otro día cuando, aún no totalmente despierto, me paré a ver pasar el coche fúnebre que llevaba a Solé Tura del Palau de la Generalitat al cementerio:
Ahora me doy cuenta de lo improbable que se ha vuelto alguien como Solé Tura: un militante comunista ilustrado que como tantísimos otros estuvo en el Partido, por usar la mayúscula propia de entonces, en virtud de la muy razonable convicción de que era la fuerza política mejor equipada para ayudar al establecimiento de la democracia; un catalanista comprometido de corazón con un proyecto progresista para toda España: un patriota, en el sentido primitivo y liberal de la palabra. A las personas más jóvenes y ya plenamente adultas uno tiene a veces que explicarles que no hace demasiados años, antes de que ellos nacieran, la libertad, la cultura y el idioma de Cataluña eran parte de la causa común que defendíamos todos los antifranquistas, aunque viviéramos en Madrid, en Granada o en Jaén, y que esa España siempre enfrentada a los catalanes y permanentemente hostil a ellos es un invento de las castas políticas de ahora. Jordi Solé Tura era tan uno de los nuestros como Lluís Llach o Salvador Espriu o Comediants. Lo eran más por ser catalanes, y nadie pensaba que su diferencia pudiera alejarlos de nosotros, porque nos enriquecía, formaba parte del gran sueño de pluralismo y gozosa libertad que ambicionábamos por igual para todos, y que parecía tan difícil, tan frágil cuando empezaba a lograrse, cuando estaba a punto de perderse.
Antonio Muñoz Molina
Al leerlo, me alegro de haber aplaudido el otro día cuando, aún no totalmente despierto, me paré a ver pasar el coche fúnebre que llevaba a Solé Tura del Palau de la Generalitat al cementerio:
Ahora me doy cuenta de lo improbable que se ha vuelto alguien como Solé Tura: un militante comunista ilustrado que como tantísimos otros estuvo en el Partido, por usar la mayúscula propia de entonces, en virtud de la muy razonable convicción de que era la fuerza política mejor equipada para ayudar al establecimiento de la democracia; un catalanista comprometido de corazón con un proyecto progresista para toda España: un patriota, en el sentido primitivo y liberal de la palabra. A las personas más jóvenes y ya plenamente adultas uno tiene a veces que explicarles que no hace demasiados años, antes de que ellos nacieran, la libertad, la cultura y el idioma de Cataluña eran parte de la causa común que defendíamos todos los antifranquistas, aunque viviéramos en Madrid, en Granada o en Jaén, y que esa España siempre enfrentada a los catalanes y permanentemente hostil a ellos es un invento de las castas políticas de ahora. Jordi Solé Tura era tan uno de los nuestros como Lluís Llach o Salvador Espriu o Comediants. Lo eran más por ser catalanes, y nadie pensaba que su diferencia pudiera alejarlos de nosotros, porque nos enriquecía, formaba parte del gran sueño de pluralismo y gozosa libertad que ambicionábamos por igual para todos, y que parecía tan difícil, tan frágil cuando empezaba a lograrse, cuando estaba a punto de perderse.
Antonio Muñoz Molina
1 de noviembre de 2009
Sus detractores lo han convertido en una caricatura apresurada y grotesca, la perduración del torvo sujeto diabólico cuyo nombre era pronunciado a veces en los telediarios franquistas: para los proveedores de la blandura ideológica gubernamental es una especie de abuelo entrañable, la encarnación de esa presunta memoria histórica que consiste sobre todo en una confortable desmemoria que modela el pasado al gusto de la propia novelería narcisista, adornando con banderas y palabras de hace setenta años la vacuidad dócil del presente, la pose de rebeldía de quien gracias a ella puede sin remordimiento dar coba a los que mandan.
Antonio Muñoz Molina, en el Babelia de ayer, hablando sobre Santiago Carrillo.
Antonio Muñoz Molina, en el Babelia de ayer, hablando sobre Santiago Carrillo.
31 de agosto de 2009
Hans Rosling: Let my dataset change your mindset
En dos palabras: im-presionante.
Impresionante el poder de los datos, de la representación gráfica de los datos, para hacer pensar, para dar que pensar...
Aquí está su web: www.gapminder.org
Y aquí más información sobre él: www.ted.com/speakers/hans_rosling.html
26 de mayo de 2009
"El castellà no corre perill a Catalunya"
Molt interessant.
Teresa Giménez Barbat, quinta en la lista de UPyD para las elecciones europeas, explica muy bien, pese a la actitud del entrevistador (que se refleja en un titular algo engañoso, porque ella aclara que no es la lengua la que está amenazada, sino los derechos de sus hablantes), cómo veo yo la situación en Cataluña.
Y lo que defiende entronca perfectamente con lo que he resaltado del turrón de Lamo de Espinosa que puse esta mañana.
Teresa Giménez Barbat, quinta en la lista de UPyD para las elecciones europeas, explica muy bien, pese a la actitud del entrevistador (que se refleja en un titular algo engañoso, porque ella aclara que no es la lengua la que está amenazada, sino los derechos de sus hablantes), cómo veo yo la situación en Cataluña.
Y lo que defiende entronca perfectamente con lo que he resaltado del turrón de Lamo de Espinosa que puse esta mañana.
[...]
Dada la extensión de estas 10 principales lenguas podríamos sospechar que la mayoría de los Estados deberían ser monolingüísticos. Pero la realidad de la distribución lingüística de los Estados es justamente la contraria. Pues a partir del dato de los más de 5.000 millones de habitantes del mundo se deduce que la media de hablantes por lengua es de poco más de 700.000 personas y que, inversamente, la media de lenguas por Estados es nada menos que 30. Datos agregados que, como siempre, encubren una tremenda dispersión. Así, el continente con una media de lenguas por país menor y un mayor número de hablantes por lengua (es decir, el más “normalizado”) es, con gran diferencia, Europa. La media europea de hablantes de cada lengua, 4,4 millones, es cuatro veces mayor que la media mundial de hablantes de cada lengua. A su vez, la media europea de lenguas por país, sólo 4,6, es casi la sexta parte de la media mundial, aproximadamente 30 lenguas por país.
Podemos, pues, decir que, por las razones que sean, la complejidad lingüística de Europa es incomparablemente menor que la del resto del mundo; y quizá por eso Europa, y sólo Europa, ha podido creer durante tanto tiempo en la ecuación lengua-nación-Estado, que resulta ser así otro más de los esquemas eurocéntricos con los que malpensamos el mundo.
Esta fuerte normalización u homogeneización lingüística de Europa contrasta con la fuerte dispersión en otros continentes, singularmente Oceanía, donde la media de lenguas por país es casi 50 y la media de hablantes por lengua ¡no llega a 25.000! Estos dos extremos, Europa y Oceanía, no deben hacernos olvidar que América, por ejemplo, tiene una media de casi 22 lenguas por Estado y menos de un millón de hablantes por lengua.
El resultado final (siempre según estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique [CIRAL] de la Universidad Laval de Canadá), es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos, más otros 9 Estados no soberanos. Y llama poderosamente la atención el que casi todos ellos (salvo Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia) son de escaso número de hablantes, 10 millones o menos. El sorprendente resultado es que, contra una extendidísima creencia, menos del 15% de los Estados (que engloban menos del 10% de la población del mundo) son lingüísticamente homogéneos, mientras el 85% restante, los Estados multilingües, engloban a más del 90% de la población. Vivir en un Estado lingüísticamente homogéneo tiene, pues, una probabilidad de 1 a 10.
[...]
Debemos visualizar la relación entre cultura y política no como espacios que se solapan sino como realidades secantes: la misma identidad cultural se asentará sobre una pluralidad de Estados. Pero también a la viceversa: la misma realidad estatal se asentará sobre una pluralidad de culturas. Los Estados pluriculturales y/o plurilingüísticos son y serán la regla. Algo similar a lo que ocurre con las regiones o , incluso, las áreas metropolitanas, pues también éstas saltan por encima de las fronteras para ser pluriestatales.
Es tanto como profundizar en la tendencia de secularización del Estado que comenzó ya en el siglo XVII tras las guerras de religión. Pues al igual que entonces se rompió con el principio tardomedieval un roi, une foi, une loi, que forzaba a los súbditos de las viejas monarquías a seguir la religión del Príncipe, se trata ahora de llevar ese pluralismo cultural mas allá del estricto espacio de la religión para hacer Estados laicos también en lo cultural.
Pues si los Estados no tienen religión, ¿cómo pueden tener culturas propias, que son en todas partes un derivado de las religiones? Limitar la secularización del Estado a las identidades religiosas es un primer paso, que debe continuar en todos los ámbitos de la cultura.
Pero desacoplar cultura y política es tanto como decir que la lealtad a un pueblo (y la misma identidad como pueblo) se expresa de muchos modos y se dice en muchas lenguas. Que se puede ser norteamericano en inglés, pero también en español, en yoruba, en tagalo o en urdo. En todas esas identidades deberá haber lealtad a la Constitución como presupuesto mínimo sobre el que crear una identidad de nación, pero de nación plurinacional, variada, diversa. Estoy, pues, hablando de naciones complejas que, mas allá del modelo del Estado-nación, resultan de la fusión dinámica de una pluralidad de naciones, identidades y lenguas en un proyecto de vida en común.
Y hablamos también de democracias de la diversidad, no de la homogeneidad, donde la igualdad legal no debe presuponer la igualdad cultural.
La imposibilidad del Estado-nación romántico no debe, sin embargo, conducirnos a demonizar todas las formas de nacionalismo. Y ello porque –regresando al principio– todo Estado estable debe reposar en un demos, una comunidad o una Gemeinschaft, que se caracteriza por una mayor solidaridad interna, reposa en una ciudadanía que mentalmente traza una frontera entre “nosotros" y los “otros”: no tanto con ánimo de expulsar o rechazar a los otros, sino con ánimo de fusionar o unir a quienes forman parte de ese “nosotros”. Hay, pues, una nación debajo de todo Estado, al menos debajo de todo Estado estable y viable. El limite mínimo de esa comunidad, de ese nacionalismo posnacionalista, es el patriotismo constitucional de Habermas, la lealtad a la Constitución como marco de convivencia y tolerancia en libertad. Creo, sin embargo, con Luis María Díez Picazo, que la propuesta de Habermas es más un diagnostico que una terapia y obvia el difícil problema de la articulación de sentimientos que se oculta tras el término patriotismo. Pues leído como solidaridad, empatía, proximidad, y por tanto, como generosidad y ayuda mutua, el nacionalismo es una fuerza extraordinariamente positiva. La fraternidad universal que predican las grandes religiones –y que es también la base expansiva de la lógica democrática– sólo puede ser la resultante final de un proceso dinámico de ampliación del espacio de la solidaridad.
Pretender que desde ya nuestra solidaridad abarque por completo a toda la población del globo, que se vierta igual sobre los próximos que sobre los lejanos, sobre quienes llevan conviviendo siglos que sobre quienes han vivido de espaldas, sobre quienes hablan la misma lengua y se entienden que sobre quienes hablan lenguas distintas, pretender pues la fusión instantánea en una fraternidad universal es no sólo una utopía sino una utopía peligrosa si no es gestionada con prudencia. Ciertamente, el objetivo final sólo puede ser un Estado democrático universal y cosmopolita; pero la postulación de ese objetivo no nos exime de realizar las tareas diarias que lo puedan hacer posible. Mientras tanto, la fórmula propuesta en 1966 por Roy Jenkins, entonces ministro de Interior del Reino Unido, es más que razonable para orientar nuestro camino:
“No creo que necesitemos en este país un melting pot, que haga de cada uno una copia de la visión estereotipada del Englishman… Por ello defino la integración, no como un proceso plano de asimilación sino como igualdad de oportunidades conjuntamente con diversidad cultural en una atmósfera de tolerancia mutua”.
Dada la extensión de estas 10 principales lenguas podríamos sospechar que la mayoría de los Estados deberían ser monolingüísticos. Pero la realidad de la distribución lingüística de los Estados es justamente la contraria. Pues a partir del dato de los más de 5.000 millones de habitantes del mundo se deduce que la media de hablantes por lengua es de poco más de 700.000 personas y que, inversamente, la media de lenguas por Estados es nada menos que 30. Datos agregados que, como siempre, encubren una tremenda dispersión. Así, el continente con una media de lenguas por país menor y un mayor número de hablantes por lengua (es decir, el más “normalizado”) es, con gran diferencia, Europa. La media europea de hablantes de cada lengua, 4,4 millones, es cuatro veces mayor que la media mundial de hablantes de cada lengua. A su vez, la media europea de lenguas por país, sólo 4,6, es casi la sexta parte de la media mundial, aproximadamente 30 lenguas por país.
Podemos, pues, decir que, por las razones que sean, la complejidad lingüística de Europa es incomparablemente menor que la del resto del mundo; y quizá por eso Europa, y sólo Europa, ha podido creer durante tanto tiempo en la ecuación lengua-nación-Estado, que resulta ser así otro más de los esquemas eurocéntricos con los que malpensamos el mundo.
Esta fuerte normalización u homogeneización lingüística de Europa contrasta con la fuerte dispersión en otros continentes, singularmente Oceanía, donde la media de lenguas por país es casi 50 y la media de hablantes por lengua ¡no llega a 25.000! Estos dos extremos, Europa y Oceanía, no deben hacernos olvidar que América, por ejemplo, tiene una media de casi 22 lenguas por Estado y menos de un millón de hablantes por lengua.
El resultado final (siempre según estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique [CIRAL] de la Universidad Laval de Canadá), es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos, más otros 9 Estados no soberanos. Y llama poderosamente la atención el que casi todos ellos (salvo Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia) son de escaso número de hablantes, 10 millones o menos. El sorprendente resultado es que, contra una extendidísima creencia, menos del 15% de los Estados (que engloban menos del 10% de la población del mundo) son lingüísticamente homogéneos, mientras el 85% restante, los Estados multilingües, engloban a más del 90% de la población. Vivir en un Estado lingüísticamente homogéneo tiene, pues, una probabilidad de 1 a 10.
[...]
Debemos visualizar la relación entre cultura y política no como espacios que se solapan sino como realidades secantes: la misma identidad cultural se asentará sobre una pluralidad de Estados. Pero también a la viceversa: la misma realidad estatal se asentará sobre una pluralidad de culturas. Los Estados pluriculturales y/o plurilingüísticos son y serán la regla. Algo similar a lo que ocurre con las regiones o , incluso, las áreas metropolitanas, pues también éstas saltan por encima de las fronteras para ser pluriestatales.
Es tanto como profundizar en la tendencia de secularización del Estado que comenzó ya en el siglo XVII tras las guerras de religión. Pues al igual que entonces se rompió con el principio tardomedieval un roi, une foi, une loi, que forzaba a los súbditos de las viejas monarquías a seguir la religión del Príncipe, se trata ahora de llevar ese pluralismo cultural mas allá del estricto espacio de la religión para hacer Estados laicos también en lo cultural.
Pues si los Estados no tienen religión, ¿cómo pueden tener culturas propias, que son en todas partes un derivado de las religiones? Limitar la secularización del Estado a las identidades religiosas es un primer paso, que debe continuar en todos los ámbitos de la cultura.
Pero desacoplar cultura y política es tanto como decir que la lealtad a un pueblo (y la misma identidad como pueblo) se expresa de muchos modos y se dice en muchas lenguas. Que se puede ser norteamericano en inglés, pero también en español, en yoruba, en tagalo o en urdo. En todas esas identidades deberá haber lealtad a la Constitución como presupuesto mínimo sobre el que crear una identidad de nación, pero de nación plurinacional, variada, diversa. Estoy, pues, hablando de naciones complejas que, mas allá del modelo del Estado-nación, resultan de la fusión dinámica de una pluralidad de naciones, identidades y lenguas en un proyecto de vida en común.
Y hablamos también de democracias de la diversidad, no de la homogeneidad, donde la igualdad legal no debe presuponer la igualdad cultural.
La imposibilidad del Estado-nación romántico no debe, sin embargo, conducirnos a demonizar todas las formas de nacionalismo. Y ello porque –regresando al principio– todo Estado estable debe reposar en un demos, una comunidad o una Gemeinschaft, que se caracteriza por una mayor solidaridad interna, reposa en una ciudadanía que mentalmente traza una frontera entre “nosotros" y los “otros”: no tanto con ánimo de expulsar o rechazar a los otros, sino con ánimo de fusionar o unir a quienes forman parte de ese “nosotros”. Hay, pues, una nación debajo de todo Estado, al menos debajo de todo Estado estable y viable. El limite mínimo de esa comunidad, de ese nacionalismo posnacionalista, es el patriotismo constitucional de Habermas, la lealtad a la Constitución como marco de convivencia y tolerancia en libertad. Creo, sin embargo, con Luis María Díez Picazo, que la propuesta de Habermas es más un diagnostico que una terapia y obvia el difícil problema de la articulación de sentimientos que se oculta tras el término patriotismo. Pues leído como solidaridad, empatía, proximidad, y por tanto, como generosidad y ayuda mutua, el nacionalismo es una fuerza extraordinariamente positiva. La fraternidad universal que predican las grandes religiones –y que es también la base expansiva de la lógica democrática– sólo puede ser la resultante final de un proceso dinámico de ampliación del espacio de la solidaridad.
Pretender que desde ya nuestra solidaridad abarque por completo a toda la población del globo, que se vierta igual sobre los próximos que sobre los lejanos, sobre quienes llevan conviviendo siglos que sobre quienes han vivido de espaldas, sobre quienes hablan la misma lengua y se entienden que sobre quienes hablan lenguas distintas, pretender pues la fusión instantánea en una fraternidad universal es no sólo una utopía sino una utopía peligrosa si no es gestionada con prudencia. Ciertamente, el objetivo final sólo puede ser un Estado democrático universal y cosmopolita; pero la postulación de ese objetivo no nos exime de realizar las tareas diarias que lo puedan hacer posible. Mientras tanto, la fórmula propuesta en 1966 por Roy Jenkins, entonces ministro de Interior del Reino Unido, es más que razonable para orientar nuestro camino:
“No creo que necesitemos en este país un melting pot, que haga de cada uno una copia de la visión estereotipada del Englishman… Por ello defino la integración, no como un proceso plano de asimilación sino como igualdad de oportunidades conjuntamente con diversidad cultural en una atmósfera de tolerancia mutua”.
Emilio Lamo de Espinosa, en el artículo Lengua, nación y Estado, publicado en Claves de la Razón Práctica (nº 121, abril de 2002)
14 de mayo de 2009
Food for thought
Extraordinaria e interesantísima la conferencia sobre "Europa y España ante el nuevo orden internacional" [pdf] del profesor Emilio Lamo de Espinosa en la Escuela de Administración Regional de mi Junta en Toledo.
Mi camarada A. me ha puesto como deberes que escriba aquí una crónica.
Y lo haré.
Pero ahora sólo dejo esta nota, mientras se sedimenta el alud de datos, ideas, reflexiones y sigo buscando el mejor antónimo para "provincianismo", porque ésa sería la palabra con la que querría resumir la sensación con la que vengo de la charla.
[He puesto en el blog de turrones una entrevista con él de hace unos tres años sobre los nacionalismos en España]
Varias ideas de la charla:
1. Estamos viviendo el final de una era de excepcional dominación europea (occidental) del mundo, que ha durado alrededor de 500 años.
La colonización del resto del mundo por las potencias europeas y las ventajas tecnológicas de la revolución industrial, entre otras varias causas, han hecho que durante los últimos siglos se abriese una enorme brecha entre la riqueza de estos países y la del resto del mundo.
Pero esta tendencia se está invirtiendo, y el abrumador peso demográfico de Asia (China, India, Bangladesh, Indonesia...) y también de América (Estados Unidos, Brasil, México) está imponiéndose: Europa está pasando de ocupar el centro del mundo en el que China ocupaba el Extremo Oriente a conventirse en el Extremo Occidente (y España, en el Extremo Occidente de Europa) en un mundo cuyo centro de gravedad se sitúa en el Pacífico.
2. España tomó impulso con la Transición, cuando se logró que el país dejase de mirarse el ombligo y volviese sus ojos hacia Europa ("Europa como solución") y cuando también desistimos de intentar resolver los problemas de nuestros padres para enfrentarnos a los de nuestros hijos.
Pero este impulso se está perdiendo, y volvemos a despilfarrar energías tratando de zanjar cuestiones esencialistas mientras se reabren disputas que parecían ya olvidadas.
Mi camarada A. me ha puesto como deberes que escriba aquí una crónica.
Y lo haré.
Pero ahora sólo dejo esta nota, mientras se sedimenta el alud de datos, ideas, reflexiones y sigo buscando el mejor antónimo para "provincianismo", porque ésa sería la palabra con la que querría resumir la sensación con la que vengo de la charla.
[He puesto en el blog de turrones una entrevista con él de hace unos tres años sobre los nacionalismos en España]
Varias ideas de la charla:
1. Estamos viviendo el final de una era de excepcional dominación europea (occidental) del mundo, que ha durado alrededor de 500 años.
La colonización del resto del mundo por las potencias europeas y las ventajas tecnológicas de la revolución industrial, entre otras varias causas, han hecho que durante los últimos siglos se abriese una enorme brecha entre la riqueza de estos países y la del resto del mundo.
Pero esta tendencia se está invirtiendo, y el abrumador peso demográfico de Asia (China, India, Bangladesh, Indonesia...) y también de América (Estados Unidos, Brasil, México) está imponiéndose: Europa está pasando de ocupar el centro del mundo en el que China ocupaba el Extremo Oriente a conventirse en el Extremo Occidente (y España, en el Extremo Occidente de Europa) en un mundo cuyo centro de gravedad se sitúa en el Pacífico.
2. España tomó impulso con la Transición, cuando se logró que el país dejase de mirarse el ombligo y volviese sus ojos hacia Europa ("Europa como solución") y cuando también desistimos de intentar resolver los problemas de nuestros padres para enfrentarnos a los de nuestros hijos.
Pero este impulso se está perdiendo, y volvemos a despilfarrar energías tratando de zanjar cuestiones esencialistas mientras se reabren disputas que parecían ya olvidadas.
7 de mayo de 2009
27 de marzo de 2009
Educar a nuestros políticos
Todas las noches me duermo escuchando la radio.
En los tres o cuatro minutos en que, tras apagar la luz, aún soy suficientemente consciente, me da tiempo a escuchar los reproches mutuos que nuestros políticos se lanzan cada vez que tienen ocasión.
Cansino.
Quizá sea eso precisamente lo que me ayuda a dormirme tan rápido.
No sé cómo es por otros lares, pero me gustaría pensar que en algún sitio los políticos son un poco más serios, y cuando se les hace una crítica razonable (por ejemplo, respecto a la forma de comunicar la retirada de nuestras tropas de Kosovo, a los casos de corrupción que salpican a múltiples ayuntamientos, a la desastrosa manera en que se gestionó la repatriación de los cadáveres de los soldados que murieron en el accidente del Yak-42), en lugar de responder con el "y tú más" (el apoyo a la guerra de Irak, los correspondientes casos de corrupción del partido que sea, etcétera), responden con argumentos a las críticas (si es que los tienen) o asumen que han cometido errores, como todo hijo de vecino, y piden disculpas por ello a la ciudadanía.
¿Existe alguna manera de educar a nuestros políticos, sin distinción de partidos, para que dejen de actuar como niños pequeños a los que se les pilla en falta y asuman de verdad sus responsabilidades?
En los tres o cuatro minutos en que, tras apagar la luz, aún soy suficientemente consciente, me da tiempo a escuchar los reproches mutuos que nuestros políticos se lanzan cada vez que tienen ocasión.
Cansino.
Quizá sea eso precisamente lo que me ayuda a dormirme tan rápido.
No sé cómo es por otros lares, pero me gustaría pensar que en algún sitio los políticos son un poco más serios, y cuando se les hace una crítica razonable (por ejemplo, respecto a la forma de comunicar la retirada de nuestras tropas de Kosovo, a los casos de corrupción que salpican a múltiples ayuntamientos, a la desastrosa manera en que se gestionó la repatriación de los cadáveres de los soldados que murieron en el accidente del Yak-42), en lugar de responder con el "y tú más" (el apoyo a la guerra de Irak, los correspondientes casos de corrupción del partido que sea, etcétera), responden con argumentos a las críticas (si es que los tienen) o asumen que han cometido errores, como todo hijo de vecino, y piden disculpas por ello a la ciudadanía.
¿Existe alguna manera de educar a nuestros políticos, sin distinción de partidos, para que dejen de actuar como niños pequeños a los que se les pilla en falta y asuman de verdad sus responsabilidades?
18 de marzo de 2009
Igualito que Zapatero
Ya sé que lo está leyendo de un prompter, pero eso también hay que saber hacerlo: el Rey lleva treinta años intentándolo y no hay manera y de Zapatero mejor ni hablamos...
Pero no es sólo cómo lo dice, sino lo que dice: todo un presidente de los Estados Unidos de América pidiendo a sus ciudadanos que vayan a hablar con sus vecinos, que manden cartas, que le apoyen para conseguir aprobar su presupuesto para el año que viene.
Está claro que el sistema político hace mucho, porque aquí esa solicitud de ayuda no tendría ningún sentido. El equivalente castizo supongo que sería invitar a cenar a los líderes de los partidos que le pueden dar la mayoría suficiente en el Congreso para negociar su apoyo a cambio de lo que éstos pidan (unos milloncejos más de inversión en Cataluña, un mayor impulso a las políticas sociales de turno, el reconocimiento de no sé qué derechos históricos, y así).
3 de marzo de 2009
Con toda tranquilidad y normalidad
A mí no me gusta demasiado Patxi López, lo reconozco. Pero cuando tiene razón, tiene razón.
Ya está bien de anunciar el apocalipsis si ellos, los nacionalistas, los únicos con pedigrí suficiente para gobernar, pasan a la oposición.
Ya les va tocando.
Con toda tranquilidad y normalidad.
6 de noviembre de 2008
No sé qué pensar, qué sentir. Aparte de alivio porque la era de Bush junior toque a su fin, claro.
Por un lado, el cinismo (¿realismo?) me dice que no habrá grandes cambios, que son más importantes las instituciones que las personas, que la política exterior estadounidense persigue únicamente (como la de cualquier otro país y más aún si cabe por ser la potencia hegemónica) su "interés nacional", y que ese interés no varía porque en la Casa Blanca se siente Bush u Obama.
Por otro, reconozco como un hecho extraordinario, esperanzador, que Estados Unidos, donde hace apenas 45 años (¡!) la ley imponía la segregración racial, donde el racismo era ley y no sólo costumbre como en todas partes, haya elegido a Barack Obama, un "negro", como presidente. Y, por lo que parece, su historia, que no es la de los descendientes de esclavos, tampoco es desde luego la una persona cualquiera.
30 de septiembre de 2008
25 de septiembre de 2008
¡Made in L.A. gana el Emmy!
El documental de A. y R., que competía en la categoría de Outstanding Continuing Coverage of a News Story-Long Form, consiguió el galardón el pasado lunes.
¡Enhorabuena!
Más información aquí (muy guapos los dos en la foto, por cierto ;).
8 de septiembre de 2008
Me había prometido no comprarme libros en una buena temporada (iluso de mí, me puse como meta seis meses), pero no ha podido ser. Creo que he aguantado aproximadamente un mes. Pero al menos esta vez el libro lo estoy leyendo, me ha enganchado. Y eso que se trata de un ensayo, o más bien una serie de ensayos, sobre historia. Pero es que el señor Tony Judt, además de saber mucho, escribe muy bien:
La capacidad inglesa para invocar y negar el pasado al mismo tiempo -sentir nostalgia auténtica por un legado falso- creo que es única. Hoy equivale a una expurgación de la memoria en todo el país. Y la asombrosa presteza con la que la industria, la pobreza y los conflictos de clase se han borrado oficialmente y se ha pavimentado encima, de manera que las profundas diferencias sociales se niegan o uniforman, e incluso el pasado más reciente y controvertido sólo existe como una nostálgica reproducción de plástico, es lo que hace creíble a Tony Blair. Es el gnomo en el Jardín del Olvido británico. Muchos votantes, cuando se les encuesta sobre su primer ministro, dicen que les parece insincero y falso; para algunos, incluso es deshonesto: dice lo que quieren oír quienes le escuchan. Pero le aceptan y, en cualquier caso, tampoco ven que haya nada mejor. Aun lejos de Londres hay algo en Blair que parece cierto: es el líder carente de autenticidad de un país carente de autenticidad.
Tony Judt, en Sobre el olvidado siglo XX.
La capacidad inglesa para invocar y negar el pasado al mismo tiempo -sentir nostalgia auténtica por un legado falso- creo que es única. Hoy equivale a una expurgación de la memoria en todo el país. Y la asombrosa presteza con la que la industria, la pobreza y los conflictos de clase se han borrado oficialmente y se ha pavimentado encima, de manera que las profundas diferencias sociales se niegan o uniforman, e incluso el pasado más reciente y controvertido sólo existe como una nostálgica reproducción de plástico, es lo que hace creíble a Tony Blair. Es el gnomo en el Jardín del Olvido británico. Muchos votantes, cuando se les encuesta sobre su primer ministro, dicen que les parece insincero y falso; para algunos, incluso es deshonesto: dice lo que quieren oír quienes le escuchan. Pero le aceptan y, en cualquier caso, tampoco ven que haya nada mejor. Aun lejos de Londres hay algo en Blair que parece cierto: es el líder carente de autenticidad de un país carente de autenticidad.
Tony Judt, en Sobre el olvidado siglo XX.
9 de marzo de 2008
“Han sido unos cobardes”
“Quiero agradecer de corazón el apoyo del pueblo de Arrasate. De esos ciudadanos anónimos que se han acercado a mí, a mi familia, para darnos cariño, apoyo y calor en estos momentos tan duros. Gracias por estar con mi madre, con mi hermano Adei y con mi hermana Ainara. También quiero aprovechar estos micrófonos y cámaras para agradecer, de parte de los socialistas, que estéis con nosotros.
A mi padre lo han asesinado por defender la libertad, la democracia y las ideas socialistas. Ha sido siempre un hombre valiente, que ha dado la cara. Y los que lo han matado han sido unos cobardes, cobardes han sido, que no tienen cojones.
Pero, sobre todo, quiero pedir una cosa. Y es que el asesinato de mi padre no sea manipulado por nadie. No lo voy a tolerar, ni yo, ni mi familia, ni nadie. Yo, mi madre y todos iremos a votar. Y eso es lo que pido, que todo el mundo vote. Y los que quieran solidarizarse con mi padre y con nuestro dolor, que acudan masivamente a votar el domingo para decir a los asesinos que no vamos a dar ni un solo paso atrás. Estoy muy orgullosa de mi padre y sólo puedo decir que han sido unos hijos de puta. Nada más. Que le quiero”.
Sandra Carrasco, hija de Isaías Carrasco.
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