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24 de septiembre de 2012

Historias en las que vivimos

“[W]e need all of us, whatever our background, to constantly examine the stories inside which, and with which, we live. We all live in stories, so-called “grand narratives”: nation is a story, family is a story, religion is a story, community is a story. We all live inside and within, and with, these narratives, and it seems to me a definition of any living, vibrant society that you constantly question those stories, constantly argue about them. If fact, the argument never stops. The argument itself is freedom. It’s not that you come to a conclusion about it, but that you live in a world in which you argue constantly about that world. And through that argument you change your mind sometimes, you decide that things that you used to accept in a society you no longer wish to accept; things that you did not accept in a society you begin to wish to accept. And that’s how societies grow. When you can’t retell for yourself the stories of your life then you live in a prison, then those stories don’t become the source of liberty, they become the source of captivity, because somebody else controls the story, and somebody else tells to you: ‘This is what it means, this is how you think about it, this is the only way in which the story can be told. And if you disagree with that we will come and do something terrible to you.’”

Salman Rushdie, hablando sobre "Secular values, human rights and Islamism" (a partir del instante 49 min 12 s).

16 de septiembre de 2010

Mestizaje

Viajar sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado. En la cena el cardiólogo nos cuenta, todavía con estupor, la tormenta política en la que se vio envuelto el verano último, cuando lo llamaron a Nueva York de su pueblo o de su barrio natal para invitarlo a que diera el pregón de las fiestas. Dijo que no al principio, explicó que llevaba muchos años viviendo fuera, pero le insistieron tanto que al final accedió. Acordándose de los emigrantes andaluces, murcianos y extremeños que habían llegado cuando era niño a su tierra, y pensando en las mezclas de gentes que conviven cada día en Nueva York y en las nuevas oleadas de extranjeros que venían ahora a Cataluña a ocupar los trabajos que habían hecho en los años cincuenta los recién llegados de otras partes de España, ideó un discurso que fuera una celebración de la pluralidad, del extraordinario clima humano que puede establecerse cuando se reúnen en el mismo lugar gentes de lenguas diversas llegados de partes lejanas del mundo, unidos por la voluntad de salir adelante y de entenderse entre sí. Todo les pareció perfecto a los organizadores, hasta que el cardiólogo, para poner en práctica lo mismo que ensalzaba, empezó a saltar del catalán al castellano, del castellano al catalán, con la magnífica flexibilidad intelectual de los bilingües. Aún no entendía, cuando nos lo contaba, varios meses después, por qué de pronto se habían indignado tanto con él, por qué aquellas personas que tan partidarias parecían del mestizaje y de la variedad lingüística le reprochaban escandalizados que hubiera usado dos lenguas. "No entiendo nada", dice el cardiólogo, con todo su acento anglosajón y catalán, alzando sus hombros ensanchados por el ejercicio físico y por las hechuras de su ropa norteamericana, "será que llevo demasiado tiempo viviendo fuera".

Antonio Muñoz Molina, en "Ventanas de Manhattan"

11 de julio de 2010

Espanya

Un día después de la manifestación catalana contra el Estatut, Montjuïc dispondrá de dos pantallas gigantes para ver la final del Mundial: una para los españoles, otra para los holandeses.

E. Rodrigálvarez en El País de hoy.

Banderas II

Tomemos el caso de nuestro país. En un momento de generalizado desánimo, de profunda crisis económica y de creciente desafección ciudadana respecto de nuestros asuntos colectivos, la andadura de la selección española en el Mundial ha tenido un efecto galvanizador tan extendido e intenso como imprevisto. Para empezar, en todas partes los balcones se han llenado de banderas. Se acude a ver los partidos (y a celebrar los resultados) arrebujados en ellas. Y así, de pronto, en unos días, parecen haberse diluido en mayor medida que en tres decenios largos ya de democracia todas las reticencias, reservas o segundos sentidos que aún parecían subsistir en relación con el uso de la enseña nacional. La bandera ha pasado de pronto a ser, pura y simplemente, la bandera de nuestra selección, es decir, la obvia bandera de todos, sin connotación alguna de cualquier otro signo. Esta banalización, cordial y llena de naturalidad, de un elemento simbólico tan importante representa sin duda un saludable síntoma social y a la vez sugiere que quizá el trasfondo identitario de los actuales españoles, sobre todo de los más jóvenes, es más sosegado y apacible de lo que a veces algunos dicen.

Pero hay más: esta selección de fútbol que ha enfebrecido al país es una selección peculiar. "Visca España", ha titulado, en primera página, un diario deportivo madrileño para subrayar y a la vez rendir tributo a algo obvio: el equipo del gran Del Bosque (ese al que su Real Madrid consideró "técnicamente desfasado" en una funesta hora que no hay madridista que no haya lamentado mil veces) es, en esencia, el espléndido Barça de Guardiola entreverado con jugadores de varios otros equipos, entre ellos su principal rival, el Real Madrid. Y todos, jugadores y aficionados, han hecho piña en torno a este equipo y se sienten orgullosos de un estilo de hacer fútbol que, acuñado originariamente por el Barça, ha pasado ahora, mundialmente, a marcar época como el "estilo de fútbol español".

José Juan Toharia en El País de hoy.

7 de julio de 2010

Banderas

Me llama la atención algo que está pasando durante este Mundial, al menos en Madrid. Algo que, que yo recuerde, no había sucedido antes, al menos no en la misma medida: Se ven muchas banderas españolas colgadas de ventanas y balcones y en otros lugares donde yo no esperaría verlas.

Por ejemplo, el otro día, para mi sopresa, la vi ondear sobre la entrada del bar más jipioso ;) de Majadahonda, La Luna.

Y a mí, que las banderas me dan más bien repelús, reconozco que esto me parece bien, porque lo interpreto como síntoma de que, poco a poco, nos vamos sacudiendo el complejo "de país" que nos atenaza.

Es cierto que la historia de nuestra bandera es la que es, y eso hace que muchos renieguen de ella, pero yo me niego a permitir que este símbolo, que debería serlo de todos, se lo apropien sólo unos cuantos.

Hala.

28 de febrero de 2010

Los símbolos

Porque, en efecto, los símbolos del Estado democrático, es decir, la bandera, el himno, los reyes, etcétera, no son una sustancia sentimental para la mayoría de nosotros. Vivimos por y para otras cosas, no obsesionados por proclamar congestiones patrioteras... como por cierto hacen un día sí y otro también los nacionalistas de cualquier cuño. Pero cuando hay algunos enemigos de nuestra convivencia democrática que se toman muy en serio esos símbolos para denostarlos y ultrajarlos, es preciso que los demás nos los tomemos también serenamente en serio para defenderlos. Resulta ridículo y entristecedor que haya cien merluzos en los medios de comunicación progresistas para condenar el gesto enrabietado de Aznar, la dichosa "peineta", pero en cambio para la pitada al himno y a los Reyes en un evento deportivo todos sean disculpas o trivializaciones. Son minoría, no tiene importancia... ejem, ejem. Ya sabemos que el separatismo irredento es minoritario, pero por desgracia lo convierten en importante quienes no lo refutan en la educación o quienes se apoyan en él para sus cambalaches políticos. No vendrá mal hablar de estas cosas con un poco más de fundamento, antes de que todos nos pasemos definitivamente a YouTube o a lo que luego se ponga de moda.

Fernando Savater, en su artículo Lo que sobra y lo que falta en El País de ayer.

23 de diciembre de 2009

A Nation... is a group of persons reunited by a common error about their ancestry and a common dislike of their neighbors.

Karl Deutsch

20 de diciembre de 2009

Tendréis que elegir

Me ha gustado mucho el artículo de Félix de Azúa, otro de los de mi cuerda, ayer en El País.

Empezando por su título: Veloz progreso hacia el pasado.

[...]

En su último encuentro, el educado ciudadano catalán le había dicho con gesto ufano que la independencia sería inevitable en un plazo de seis años y que tal era el cálculo de los partidos nacionalistas, no sólo los fanáticos y el de la derecha católica, sino también buena parte de los socialistas catalanes acomodados. Mi amigo tragó saliva y le preguntó si había planes, también, para ellos. "¿Para quiénes?", preguntó el separatista. "Para los españoles que vivimos en Cataluña". "¡Oh, por supuesto! Tendréis 20 años para elegir". Mi amigo insistió, con una sonrisa, sobre qué era lo que tendría que elegir. Su colega dejó escapar una alegre carcajada, le dio unas palmaditas en el hombro y se fue hacia otra mesa.

[...]

Lo peligroso de la independencia no es el hecho en sí. ¿A quién le importa que de la noche a la mañana aparezcan en el mapa Macedonia, Croacia o Kosovo? Lo inquietante es el tipo de poder que se instala en esos reductos. Las "nacionalidades" de nueva creación son productos etiquetados con el sueño de una idealización, y el peso de su publicidad (en ausencia de guerra, las naciones se venden como mercancías) descansa sobre mitos o sobre sucesos que tuvieron lugar hace siglos. Como no puede ser de otro modo, los nacionalismos son muy conservadores, están anclados en el pasado y tienen una sólida base burguesa. Cada paso hacia la independencia trae consigo colosales negocios locales. Así es el nacionalismo franquista, el lepenismo francés, el de la Liga Norte o el de los xenófobos septentrionales. Nadie ha conocido jamás un nacionalismo obrero. Frente a esta evidencia, los separatistas suelen aducir el nacionalismo de las viejas colonias como Cuba o Argelia y sus derivados tipo Chávez. Me parece más prudente no pisar ese charco de sangre.

El neonacionalismo actual, como el catalán o el vasco, pertenece al conjunto de presiones derechistas que quieren acabar con los restos cívicos de la Transición. Es un regreso a la sociedad pre-democrática controlada por los poderes feudales regionales mediante la secular alianza del campesinado con la oligarquía. De ahí la importancia que tiene entre los separatistas la palabra "pueblo" y la escasa atención que dan al término de "ciudadano". De ahí también la constante animización mágica del catastro, "Cataluña exige, Cataluña ha dicho, Cataluña ha decidido...", o la obsesión con el folklore inventado por las élites regionalistas del romanticismo. Y no es de extrañar que el primer referéndum independentista del pasado domingo se celebrara en un pueblo de 120 habitantes. Su independencia es ontológica, o sea, no tiene remedio. Es el símbolo supremo de la nación añorada: agraria, montañesa, minúscula, la puede gestionar un párroco.


Félix de Azúa

6 de diciembre de 2009

Un tema al que seguro que los medios dedicamos excesivo interés es el del cine español para arriba, el cine español para abajo, con sangre en la plaza pública incluida, y me pregunto...

Mira, te voy a decir una cosa antes de que me hagas la pregunta: me niego a hablar del cine español.

No, si ni siquiera tenía claro qué pregunta iba a hacer...

Ya, bueno, pues es que yo tengo amigos franceses, americanos, españoles, brasileños, y no hago ninguna diferencia entre ellos. Son mis amigos, la gente a la que quiero. Como las películas. Las películas que quiero, no miro de qué país son. Así que no quiero hablar del arte en función de la nacionalidad, me parece una aberración. Yo soy antinacionalista total, antinacionalista español, americano, vasco, de todos. Creo que hay que ser muy crítico con el sentimiento nacional, que me parece feo, muy feo.

Fernando Trueba, en la entrevista que le hace Borja Hermoso en El País de hoy

5 de diciembre de 2009

Eso es

El artículo de Álvarez Junco en El País de hoy, que he leído precisamente en el Ave hacia Barcelona, resume de una forma tan precisa y exacta lo que yo pienso sobre los nacionalismos en general y sobre el rollo de la nación en el nuevo (ya no tanto) Estatuto de Cataluña que me parece que no habría nada más que decir al respecto. Tengo curiosidad por saber si dará lugar a algún tipo de debate, en vísperas como se supone que estamos del dictamen del Tribunal Constitucional.

2 de noviembre de 2009

Qu'est-ce que c'est qu'être Français?

"¿En qué consiste ser francés?"



Típica pregunta que me da grima y a la vez me fascina, sobre todo porque uno se puede pasar la vida entera mirándose el ombligo sin llegar a ninguna conclusión. (Los franceses, prácticos ellos, al menos han puesto plazo al debate: tres meses.)

Me llama la atención que un ministro de derechas, al hablar de los valores comunes que identifican a los franceses, además de "liberté, égalité, fraternité", mencione la "laïcité".

Anda que no nos queda ná por aprender aquí...

6 de julio de 2009

Hace unas semanas mencioné aquí un artículo de Xabier Zabaltza sobre la deseable lengua común europea, que sería evidentemente el inglés.

El otro día encontré otro artículo suyo que expresa perfectamente una idea que tengo desde hace tiempo, un motivo más para que me den tanta grima los nacionalismos: suponen (aunque no todos en la misma media, seamos precisos) el gobierno de los muertos sobre los vivos, lo que Zabaltza llama, en neologismo de su invención, la "necrocracia".

Parece que no les basta como base de sus proyectos políticos la mera voluntad de los ciudadanos, y se empeñan en fundamentarlos en interpretaciones de la historia en general sesgadas, parciales, cuando no llanamente falsas.


Los tradicionalistas de los diferentes países suelen parecerse entre ellos bastante más de lo que están dispuestos a admitir (como polos del mismo signo que son, se repelen mutuamente). Esas personas no suelen ser conscientes de las consecuencias que tendría detener el reloj de la historia. Si queremos justificar la unión de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya en una misma entidad que Navarra recurriendo al reinado de Sancho III, tendremos que convenir que toda la merindad de Tudela y parte de las de Estella, Olite y Sangüesa son territorio musulmán, perteneciente sea al Califato de Córdoba, sea al reino taifa de Zaragoza (aunque, curiosamente, ninguno de los dos existe en la actualidad).

Una nación es simplemente la suma de los habitantes de un territorio. Nada menos, pero también nada más. Digan lo que digan Hegel y tantos románticos y neo-románticos, el Volksgeist no existe. Frente al mítico espíritu del pueblo, Alfred Cobban habla de un modo muy crítico del determinismo nacional. Tal principio implica la conversión de una nación en algo que trasciende la voluntad de los ciudadanos que la constituyen. Un ejemplo paradigmático de ese determinismo es el de José Antonio Primo de Rivera cuando afirmaba que “Aunque todos los españoles estuvieran conformes en convertir a Cataluña en país extranjero, sería el hacerlo un crimen merecedor de la cólera celeste”. Ese mismo esencialismo joseantoniano es el que inspira el artículo segundo de la vigente Constitución de 1978, al establecer la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Sinceramente, creo que el discurso de algunos nacionalistas vascos no difiere en demasía del de José Antonio y el artículo segundo de la Constitución, cambiando simplemente el sujeto político, la Nación española por la Nación vasca.

Otra manifestación del determinismo nacional denunciado por Cobban es precisamente el historicismo político, que puede resumirse más o menos así: si tal territorio ha sido independiente en el pasado, tiene que recuperar su independencia, cuanto antes mejor. No hace falta insistir en que si ese principio se aplicara a rajatabla surgirían de repente miles de nuevos estados, con lo que el planeta se convertiría en un caos aún mayor de lo que es en la actualidad. Además las fronteras son objetos mutables a lo largo del tiempo y las que más convienen a un nacionalismo pueden ser las que menos convengan a otro y así ad nauseam, con lo que el conflicto está asegurado. A mí personalmente me parece irreprochable el principio de autodeterminación si se defiende de modo pacífico y desde el consenso. Si una mayoría clara de los ciudadanos de un territorio –aunque sea la provincia de Albacete– quieren constituir un estado, tienen en mi opinión todo el derecho a hacerlo, sin necesidad de apelar a Sancho el Mayor, a Viriato o a “nos ancêtres les Gaulois”. Y a la inversa: si esa mayoría estuviera a favor del mantenimiento del statu quoo incluso de renunciar a la autonomía, por muy heroico que hubiera sido su pasado, no habría nada que recriminarle.

El historicismo no es algo peculiar de nuestro país. Todos los nacionalismos, en Europa y fuera de ella, han recurrido en mayor o menor medida a la historia. En la primera mitad del siglo XIX, los primeros patriotas de las diversas nacionalidades en ascenso solían ser historiadores amateurs formados en la lengua del estado tenido por opresor y a menudo con un escaso dominio del idioma del pueblo que decían reivindicar. Pero es una constante en los nacionalismos que las justificaciones históricas (y pseudohistóricas) pasen a un discreto segundo plano en la medida en que otros factores, fundamentalmente la lengua y la voluntad general, cobran importancia, normalmente a partir de la década de 1870. Así ocurrió por ejemplo en Polonia, Finlandia, Chequia, Flandes y Cataluña; pero no, según vemos, en Vasconia. No es casualidad que la mayor parte de los autores que defienden la existencia de una nación vasca basándose en una interpretación sui generis de la historia de nuestro país escriban siempre en castellano. Salvo excepciones, el conocimiento de la lengua vasca brilla en ellos por su ausencia.

[...]

El reconocimiento del principio de autodeterminación es una consecuencia lógica de una concepción radical de la democracia. Cuestión diferente son las condiciones que deben darse para su aplicación, la más urgente de las cuales es concretar de una vez cuál es el sujeto de ese derecho, algo que sigue sin estar claro en el caso vasco (¿es Vasconia en su conjunto?; ¿sólo la Comunidad Autónoma del País Vasco?; ¿tiene Álava derecho de autodeterminación?; ¿y la Margen Izquierda, donde los abertzales son minoría?...).

Pero eso supera las humildes intenciones de este artículo. No pretendo arrogarme la facultad de decidir algo que corresponde a los ciudadanos y a los partidos e instituciones que los representan. Me conformo con dejar constancia de que democracia significa siempre biocracia, es decir, el gobierno de los vivos y para los vivos. Somos nosotros quienes decidimos, no nuestros antepasados, por muy ilustres que fueran o creamos que fueron. Como decía un admirado profeta judío de hace dos mil años, desde luego mucho más citado que leído: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”


Xabier Zabaltza, en Contra la necrocracia (hika 171-172 zka. 2005ko azaroa abendua, leído en pensamientocritico.org)

23 de junio de 2009

Las lenguas en España

Una vez más, magnífico artículo de Joseba Arregi.

¡Premio al que lo lea entero! (Aparte de n. y mi padre, que para ellos no tiene mérito... ;-)

Esta vez, sobre la pluralidad lingüística en España (pero también en Catalunya, Euskadi y Galicia).

Llamando a las cosas por su nombre, pero sin aspavientos, sin demagogia, poniendo al descubierto el intento por parte de ciertos sectores de hacer pasar por técnico lo que claramente es un debate político, y dejando también claro que nada de malo hay en que así sea.


Con Arregi me pasan dos cosas:

Siempre (iba a añadir "casi", pero sería faltar a la verdad) estoy de acuerdo con lo que escribe. (Lo cual, por cierto, probablemente no dice mucho bueno sobre mí... :-P)

Y además, me fascina la claridad con la que lo expone.

Como él cuenta en este artículo, proviene de familia euskaldun monolingüe y aprendió el castellano en la escuela. Ojalá quienes tienen (tenemos) el español como lengua materna supiesen (supiésemos) utilizarlo con la mitad de precisión y elegancia de la que Arregi es capaz.

26 de mayo de 2009

[...]

Dada la extensión de estas 10 principales lenguas podríamos sospechar que la mayoría de los Estados deberían ser monolingüísticos. Pero la realidad de la distribución lingüística de los Estados es justamente la contraria. Pues a partir del dato de los más de 5.000 millones de habitantes del mundo se deduce que la media de hablantes por lengua es de poco más de 700.000 personas y que, inversamente, la media de lenguas por Estados es nada menos que 30. Datos agregados que, como siempre, encubren una tremenda dispersión. Así, el continente con una media de lenguas por país menor y un mayor número de hablantes por lengua (es decir, el más “normalizado”) es, con gran diferencia, Europa. La media europea de hablantes de cada lengua, 4,4 millones, es cuatro veces mayor que la media mundial de hablantes de cada lengua. A su vez, la media europea de lenguas por país, sólo 4,6, es casi la sexta parte de la media mundial, aproximadamente 30 lenguas por país.

Podemos, pues, decir que, por las razones que sean, la complejidad lingüística de Europa es incomparablemente menor que la del resto del mundo; y quizá por eso Europa, y sólo Europa, ha podido creer durante tanto tiempo en la ecuación lengua-nación-Estado, que resulta ser así otro más de los esquemas eurocéntricos con los que malpensamos el mundo.

Esta fuerte normalización u homogeneización lingüística de Europa contrasta con la fuerte dispersión en otros continentes, singularmente Oceanía, donde la media de lenguas por país es casi 50 y la media de hablantes por lengua ¡no llega a 25.000! Estos dos extremos, Europa y Oceanía, no deben hacernos olvidar que América, por ejemplo, tiene una media de casi 22 lenguas por Estado y menos de un millón de hablantes por lengua.

El resultado final (siempre según estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique [CIRAL] de la Universidad Laval de Canadá), es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos, más otros 9 Estados no soberanos. Y llama poderosamente la atención el que casi todos ellos (salvo Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia) son de escaso número de hablantes, 10 millones o menos. El sorprendente resultado es que, contra una extendidísima creencia, menos del 15% de los Estados (que engloban menos del 10% de la población del mundo) son lingüísticamente homogéneos, mientras el 85% restante, los Estados multilingües, engloban a más del 90% de la población. Vivir en un Estado lingüísticamente homogéneo tiene, pues, una probabilidad de 1 a 10.

[...]

Debemos visualizar la relación entre cultura y política no como espacios que se solapan sino como realidades secantes: la misma identidad cultural se asentará sobre una pluralidad de Estados. Pero también a la viceversa: la misma realidad estatal se asentará sobre una pluralidad de culturas. Los Estados pluriculturales y/o plurilingüísticos son y serán la regla. Algo similar a lo que ocurre con las regiones o , incluso, las áreas metropolitanas, pues también éstas saltan por encima de las fronteras para ser pluriestatales.

Es tanto como profundizar en la tendencia de secularización del Estado que comenzó ya en el siglo XVII tras las guerras de religión. Pues al igual que entonces se rompió con el principio tardomedieval un roi, une foi, une loi, que forzaba a los súbditos de las viejas monarquías a seguir la religión del Príncipe, se trata ahora de llevar ese pluralismo cultural mas allá del estricto espacio de la religión para hacer Estados laicos también en lo cultural.

Pues si los Estados no tienen religión, ¿cómo pueden tener culturas propias, que son en todas partes un derivado de las religiones? Limitar la secularización del Estado a las identidades religiosas es un primer paso, que debe continuar en todos los ámbitos de la cultura.


Pero desacoplar cultura y política es tanto como decir que la lealtad a un pueblo (y la misma identidad como pueblo) se expresa de muchos modos y se dice en muchas lenguas. Que se puede ser norteamericano en inglés, pero también en español, en yoruba, en tagalo o en urdo. En todas esas identidades deberá haber lealtad a la Constitución como presupuesto mínimo sobre el que crear una identidad de nación, pero de nación plurinacional, variada, diversa. Estoy, pues, hablando de naciones complejas que, mas allá del modelo del Estado-nación, resultan de la fusión dinámica de una pluralidad de naciones, identidades y lenguas en un proyecto de vida en común.

Y hablamos también de democracias de la diversidad, no de la homogeneidad, donde la igualdad legal no debe presuponer la igualdad cultural.

La imposibilidad del Estado-nación romántico no debe, sin embargo, conducirnos a demonizar todas las formas de nacionalismo. Y ello porque –regresando al principio– todo Estado estable debe reposar en un demos, una comunidad o una Gemeinschaft, que se caracteriza por una mayor solidaridad interna, reposa en una ciudadanía que mentalmente traza una frontera entre “nosotros" y los “otros”: no tanto con ánimo de expulsar o rechazar a los otros, sino con ánimo de fusionar o unir a quienes forman parte de ese “nosotros”. Hay, pues, una nación debajo de todo Estado, al menos debajo de todo Estado estable y viable. El limite mínimo de esa comunidad, de ese nacionalismo posnacionalista, es el patriotismo constitucional de Habermas, la lealtad a la Constitución como marco de convivencia y tolerancia en libertad. Creo, sin embargo, con Luis María Díez Picazo, que la propuesta de Habermas es más un diagnostico que una terapia y obvia el difícil problema de la articulación de sentimientos que se oculta tras el término patriotismo. Pues leído como solidaridad, empatía, proximidad, y por tanto, como generosidad y ayuda mutua, el nacionalismo es una fuerza extraordinariamente positiva. La fraternidad universal que predican las grandes religiones –y que es también la base expansiva de la lógica democrática– sólo puede ser la resultante final de un proceso dinámico de ampliación del espacio de la solidaridad.

Pretender que desde ya nuestra solidaridad abarque por completo a toda la población del globo, que se vierta igual sobre los próximos que sobre los lejanos, sobre quienes llevan conviviendo siglos que sobre quienes han vivido de espaldas, sobre quienes hablan la misma lengua y se entienden que sobre quienes hablan lenguas distintas, pretender pues la fusión instantánea en una fraternidad universal es no sólo una utopía sino una utopía peligrosa si no es gestionada con prudencia. Ciertamente, el objetivo final sólo puede ser un Estado democrático universal y cosmopolita; pero la postulación de ese objetivo no nos exime de realizar las tareas diarias que lo puedan hacer posible. Mientras tanto, la fórmula propuesta en 1966 por Roy Jenkins, entonces ministro de Interior del Reino Unido, es más que razonable para orientar nuestro camino:

“No creo que necesitemos en este país un melting pot, que haga de cada uno una copia de la visión estereotipada del Englishman… Por ello defino la integración, no como un proceso plano de asimilación sino como igualdad de oportunidades conjuntamente con diversidad cultural en una atmósfera de tolerancia mutua”.

Emilio Lamo de Espinosa, en el artículo Lengua, nación y Estado, publicado en Claves de la Razón Práctica (nº 121, abril de 2002)
[...]

El nacionalismo surge precisamente cuando la consolidación de España como Estado es incapaz de reconocer debidamente la diferencia. Entonces la sociedad vasca se divide. Y el nacionalismo vasco, formulado como respuesta a esa incapacidad del Estado, cae en la misma trampa: tratar de definir el conjunto de la sociedad vasca desde la unilateralidad de su proyecto, sólo desde la conciencia de la diferencia, negando el otro aspecto, el de la participación y la colaboración en el ámbito español. Y entonces el nacionalismo también divide a la sociedad vasca.

Si la división ha sido un hilo que recorre toda la historia vasca; si la conciencia colectiva vasca se sustenta en el siglo en que se desarrolla por primera vez, en el XIX, en el doble patriotismo y en la doble lealtad; si la negación de esta característica se paga de nuevo con la división -desde un lado o desde el otro- de la sociedad vasca, y si la posibilidad de una visión conjunta de la sociedad vasca se vuelve realidad sólo en los pactos estatutarios, quien se asienta sobre esos pactos estatutarios apuesta por la cohesión y la unión de la sociedad vasca, y quien está en contra de esos pactos estatutarios, apuesta por la división de la sociedad vasca.

La bandera constitucional española posee legitimidad sólo porque no puede ondear sola: tiene que ondear siempre con la señera, con la ikurriña, con la gallega, con la andaluza. En caso contrario no es constitucional. Pero los nacionalistas sólo quieren una bandera, la ikurriña, siempre que ondee sola. Los símbolos del Estado -y los símbolos siempre son necesarios, también en la democracia laica, incluidos los cuerpos y fuerzas de seguridad- son símbolos constitucionalizados, sometidos a la aceptación de las identidades complejas y plurales de las distintas nacionalidades españolas. Quienes quieren que desaparezcan de la sociedad vasca esos símbolos constitucionales, niegan la complejidad y el pluralismo de la identidad de los ciudadanos vascos. Dividen la sociedad vasca y hacen imposible Euskadi como sujeto político. Sus proyectos serán legales, puesto que renuncian al uso de la violencia ilegítima, pero difícilmente compatibles con la democracia como defensa, valoración y gestión del pluralismo y la complejidad.

Los nacionalistas vascos han aprendido de los radicales a referirse a los no nacionalistas adosándoles el adjetivo de unionistas. Olvidan que los radicales además hablan de autonomistas e independentistas, rompiendo con ello la supuesta mayoría social del nacionalismo. Pero la referencia al unionismo pretende ser descalificadora. Obama, ejemplo de tantos, ha subrayado, por encima de todo, su unionismo. Se ha referido a Abraham Lincoln, quien mandó empuñar las armas para defender precisamente la unión y la federación -la mejor forma de defender la unión es por medio de la federación, y no hay federación sin unión-, junto con el progreso industrial y la renovación social como consecuencia, contra quienes defendían la confederación -la puesta en duda de la fuerza de la unión- para poder defender una forma de sociedad arcaica, de antiguo régimen y su sistema económico agrícola basado en la esclavitud.

Tiene mucho sentido ser unionista en Euskadi, porque implica no sólo la unión hacia fuera gracias al reconocimiento de la diferencia, sino sobre todo la única forma de posibilitar la unión hacia dentro sin renunciar al valor positivo y a la riqueza del pluralismo y de la complejidad. Ésta es la libertad que hay que defender, y la defienden los que asientan su proyecto sobre los pactos estatutarios. Y la ponen en peligro quienes rechazan los pactos estatutarios. Ahí está la prueba del nueve, y no en pragmatismos y moderaciones que oculten la incapacidad de asumir las únicas bases posibles de la convivencia en una sociedad tan plural y compleja como la vasca.

Joseba Arregi, en su artículo Aprender del fracaso en El Correo de 21 de mayo de 2009

12 de mayo de 2009

Además de todas las objeciones teóricas que se le pueden poner al nacionalismo, ideología reaccionaria como pocas, hay una crítica fundamental de la práctica del nacionalismo en el poder, sobre todo en sociedades post-heroicas, ricas y acomodadas como la nuestra:

Los políticos nacionalistas necesitan exaltar continuamente a su clientela con mensajes apocalípticos, agónicos, tremendistas, que poco tienen que ver con la realidad de la inmensa mayoría de la gente.

Cierto es que este comportamiento no es exclusivo de los nacionalistas, y que en alguna medida lo comparten todos quienes ejercen el poder y temen perderlo (quién no recuerda el dóberman del PSOE en la campaña del 96), pero yo tengo la impresión de que es aún más acusado en los nacionalistas, que atizan incensantemente el miedo a la pérdida de las esencias, de la identidad, y de no sé cuántas otras cualidades de ese tótem, paradójicamente eterno e inmutable, sobre el que gira todo su discurso político: el Pueblo.

Aun sabiendo todo esto, y más teniendo en cuenta particular situación en el País Vasco, no por predecible deja de ser menos vergonzosa la pataleta histérica de Ibarretxe y compañía ahora que (¡por fin!) tienen que abandonar, al menos por un tiempo, el gobierno vasco.

Ruiz Soroa, tan lúcido como de costumbre, lo expresa perfectamente en su último artículo:

Ibarretxe, como un Alonso de Quijano moderno, y con él medio país, están atrapados en un texto, 'la novela de Euskadi', que cuenta nuestra realidad como un problema desmesurado, tan grande que se resuelve sólo con muertos, revoluciones, secesiones y demás hercúleas contribuciones. Euskadi es así la última novela de caballerías que se lee en serio en Europa, tan en serio que encandila la pasión de unos ciudadanos que, sin embargo, están a la cabeza de Europa en muchísimos indicadores de desarrollo social y humano modernos. Se comprueba en ello la verdad de la que se ha llamado 'ley de la importancia creciente de las sobras': cuanta más positividad existe en una sociedad, cuanto mejor se vive en ella, los restos o sobras de negatividad persistentes en su seno se perciben como más graves e intolerables. Probablemente tenemos menos problemas y conflictos que en ningún momento de nuestra historia pasada, vivimos como nunca nuestros padres soñaron poder hacer, y sin embargo nos sentimos rodeados de problemas y conflictos gigantescos y absorbentes. Si los viéramos como lo que son, como 'sobras' de escasa relevancia objetiva, probablemente los definiríamos mejor. Y los políticos podrían bajarse de la pasión por desfacer entuertos que duran siete mil años y por rescatar a gentiles naciones-doncellas, cerrar por fin la novela y encontrar causas o motores más humildes en la realidad prosaica que nos rodea.

José María Ruiz Soroa, en El Correo de 10 de mayo de 2009

30 de abril de 2009

Siguiendo con mis obsesiones...

"No tenemos una sola identidad. Podemos tener una identidad nacional, una identidad ética -que no es menos importante-, una identidad cultural y muchas otras. Yo estoy seguramente mucho más cerca de un liberal de Uruguay que de un fascista italiano, por ejemplo. ¿Por qué ser italiano o catalán debe ser más importante que ser creyente o no creyente? Si alguien me dice que es creyente voy a saber algunas cosas sobre su identidad mucho más reveladoras que si me dice que es español."

"Reconoce que se esperaba un cierto resurgimiento de los nacionalismos, de la tendencia a cerrarse sobre las pequeñas identidades, y lamenta que, hasta cierto punto, "se ha perdido la sensación de la pertenencia a un mundo común: la mitteleuropa". "Hay dos memorias", apunta, "la que se sitúa en la continuidad y aquella obsesionada con el pasado, obligada a presentar la factura de todos los agravios padecidos en el pasado, empeñada en un victimismo competitivo consistente en poder esgrimir más víctimas que el vecino"."


Claudio Magris, citado en El País de hoy.

27 de marzo de 2009

Grandísimo este artículo de José María Ruiz Soroa que acabo de leer, aunque es de hace dos semanas.

Sin desperdicio.

Lo comparto y lo asumo de pe a pa.

Yo también soy nacionalista y frentista.

Pero así, y sólo así.

3 de marzo de 2009

Con toda tranquilidad y normalidad



A mí no me gusta demasiado Patxi López, lo reconozco. Pero cuando tiene razón, tiene razón.

Ya está bien de anunciar el apocalipsis si ellos, los nacionalistas, los únicos con pedigrí suficiente para gobernar, pasan a la oposición.

Ya les va tocando.

Con toda tranquilidad y normalidad.

7 de marzo de 2008

Pena, asco

La campaña electoral termina de la forma más macabra: con el asesinato por los hijosdeputa de siempre de Isaías Carrasco, ex-concejal del PSE en Mondragón, Guipúzcoa.

Un temible enemigo de Euskal Herria: el tío trabajaba de cajero en un peaje.

Cogía el coche para ir a trabajar cuando un valiente gudari le ha metido cinco tiros a través del parabrisas.

Al parecer, la alcaldesa, de ANV, ha sido la primera autoridad en acudir al hospital adonde Isaías ha llegado aún con vida, para morir diez minutos después.

Me gustaría saber a qué coño ha ido.

Ella tiene suerte de haber salido con vida del hospital. Tiene suerte de que la gente no se tome la justicia por su mano. Yo no sé si habría podido contenerme.

Porque los miserables de los concejales de ANV ni siquiera han sido capaces de condenar el atentado.

Y, según he leído, también se han opuesto a que, como ha pedido la familia y al final se hará, la capilla ardiente se instale en el ayuntamiento.

(Por cierto, ANV gobierna en Mondragón en minoría, con sólo 7 concejales de 21. Y con el apoyo de Ezker Batua, la IU del País Vasco... Ojalá que esto no dure mucho más)