19 de febrero de 2010

Aunque no lo hago todos los días, llevo unas semanas escuchando un curso sobre historia económica de los EEUU de Brad DeLong, profesor en Berkeley y un personaje muy interesante. De la clase de hoy, me ha impresionado este dato:

La productividad (no sé exactamente cómo se mide, pero de alguna forma la capacidad para producir bienes con los recursos o el tiempo empleados para producirlo) media mundial ha crecido en el último siglo a un ritmo del 2% anual. Y, durante el siglo XIX, se estima que el crecimiento medio fue del 1% anual.

Pero es que durante todos los siglos anteriores este valor era de entre el 0,01% y el 0,02% anual.

Es decir, que ahora la productividad aumenta en un año tanto como antes lo hacía en un siglo.

Eso sí, como el propio DeLong advierte, una cosa es que crezca la productividad económica y otra muy distinta que se produzcan mejoras similares en los ámbitos político o, más en general, social.

Pero a mí no deja de impresionarme.

5 comentarios:

Altea dijo...

¿y de que nos vale?

grankabeza dijo...

Por ejemplo, entre otras miles de cosas que hacen nuestra vida más fácil, se me ocurren ahora mismo estas dos:

- Yo he podido escuchar en mi coche, mientras vengo a trabajar, las conferencias que este profesor dio hace año y pico en una universidad que está a 10.000 kilómetros de aquí.

- Tú y yo podemos mantener esta conversación virtual al respecto.


Sé que una cosa es el progreso material y otra distinta el progreso social. Pero negar que, al menos materialmente, vivimos muchísimo mejor que hace un par de siglos, o sólo cincuenta años, creo que no tiene sentido.

Altea dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
grankabeza dijo...

No sé si somos más inteligentes, pero desde luego sabemos mucho más. Y eso para mí es bueno, sin duda.

No sé si somos más felices ni mejores, no sé ni cómo se mide ni siquiera qué significa ser feliz o mejor.

Lo que sí sé es que yo no me cambiaba por la gente que vivió hace 100 años.

Jose Manuel dijo...

El anciano, sin embargo, sacaba del compartimiento del centro una jofaina redonda de plata, muy oxidada, que se hallaba sobre una bandeja también de plata, y mostraba los dos objetos al muchacho, separando uno de otro y volviendo cada uno una y otra vez entre explicaciones ya muchas veces oídas.
Originariamente, la jofaina y el plato no pertenecían al mismo juego, como enseguidada se veía y como el niño volvía a oír cada vez pero -como decía el abuelo- habían sido reunidos por el uso desde haciía unos cien años, es decir, desde la compra de la jofaina.
Thomas Mann
La montaña mágica.