26 de mayo de 2009

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El nacionalismo surge precisamente cuando la consolidación de España como Estado es incapaz de reconocer debidamente la diferencia. Entonces la sociedad vasca se divide. Y el nacionalismo vasco, formulado como respuesta a esa incapacidad del Estado, cae en la misma trampa: tratar de definir el conjunto de la sociedad vasca desde la unilateralidad de su proyecto, sólo desde la conciencia de la diferencia, negando el otro aspecto, el de la participación y la colaboración en el ámbito español. Y entonces el nacionalismo también divide a la sociedad vasca.

Si la división ha sido un hilo que recorre toda la historia vasca; si la conciencia colectiva vasca se sustenta en el siglo en que se desarrolla por primera vez, en el XIX, en el doble patriotismo y en la doble lealtad; si la negación de esta característica se paga de nuevo con la división -desde un lado o desde el otro- de la sociedad vasca, y si la posibilidad de una visión conjunta de la sociedad vasca se vuelve realidad sólo en los pactos estatutarios, quien se asienta sobre esos pactos estatutarios apuesta por la cohesión y la unión de la sociedad vasca, y quien está en contra de esos pactos estatutarios, apuesta por la división de la sociedad vasca.

La bandera constitucional española posee legitimidad sólo porque no puede ondear sola: tiene que ondear siempre con la señera, con la ikurriña, con la gallega, con la andaluza. En caso contrario no es constitucional. Pero los nacionalistas sólo quieren una bandera, la ikurriña, siempre que ondee sola. Los símbolos del Estado -y los símbolos siempre son necesarios, también en la democracia laica, incluidos los cuerpos y fuerzas de seguridad- son símbolos constitucionalizados, sometidos a la aceptación de las identidades complejas y plurales de las distintas nacionalidades españolas. Quienes quieren que desaparezcan de la sociedad vasca esos símbolos constitucionales, niegan la complejidad y el pluralismo de la identidad de los ciudadanos vascos. Dividen la sociedad vasca y hacen imposible Euskadi como sujeto político. Sus proyectos serán legales, puesto que renuncian al uso de la violencia ilegítima, pero difícilmente compatibles con la democracia como defensa, valoración y gestión del pluralismo y la complejidad.

Los nacionalistas vascos han aprendido de los radicales a referirse a los no nacionalistas adosándoles el adjetivo de unionistas. Olvidan que los radicales además hablan de autonomistas e independentistas, rompiendo con ello la supuesta mayoría social del nacionalismo. Pero la referencia al unionismo pretende ser descalificadora. Obama, ejemplo de tantos, ha subrayado, por encima de todo, su unionismo. Se ha referido a Abraham Lincoln, quien mandó empuñar las armas para defender precisamente la unión y la federación -la mejor forma de defender la unión es por medio de la federación, y no hay federación sin unión-, junto con el progreso industrial y la renovación social como consecuencia, contra quienes defendían la confederación -la puesta en duda de la fuerza de la unión- para poder defender una forma de sociedad arcaica, de antiguo régimen y su sistema económico agrícola basado en la esclavitud.

Tiene mucho sentido ser unionista en Euskadi, porque implica no sólo la unión hacia fuera gracias al reconocimiento de la diferencia, sino sobre todo la única forma de posibilitar la unión hacia dentro sin renunciar al valor positivo y a la riqueza del pluralismo y de la complejidad. Ésta es la libertad que hay que defender, y la defienden los que asientan su proyecto sobre los pactos estatutarios. Y la ponen en peligro quienes rechazan los pactos estatutarios. Ahí está la prueba del nueve, y no en pragmatismos y moderaciones que oculten la incapacidad de asumir las únicas bases posibles de la convivencia en una sociedad tan plural y compleja como la vasca.

Joseba Arregi, en su artículo Aprender del fracaso en El Correo de 21 de mayo de 2009

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