11 de septiembre de 2008

Durante mi hora diaria de meditación matutina, viniendo hacia Toledo, me he acordado de un comentario que hizo mi madre hace unos años, ya cumplidos los 50, y que se me quedó grabado:

Aunque han pasado muchos años, y al mirarme al espejo puedo ver cuánto he cambiado, por dentro siento que soy la misma adolescente que entonces.

O algo así.

Pese a que tengo esta frase muy presente, y a que sé que es verdad lo que dice, yo sigo esperando el día, el momento, en que pasaré a ser una persona mayor, continúo alimentando la fantasía de que existe una discontinuidad, un instante preciso en el que uno deja de ser pequeño y se hace grande.

Pero no llega nunca.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es más: como bien hemos podido comprobar recientemente en Bercianos y Moraira (donde tú alcanzaste la categorá de "sobrinito") --por no citar otros lugares, otros muchos momentos--, es probable que nuestro berrako-klan se encuentre en una regresión sin freno hacia la adolescencia.