Acabo de ver dos capítulos seguidos de la tercera temporada de The Wire.
Muy grande.
Tanto que me anima de darle al on: esta canción suena en el velatorio de uno de los policías, que muere de un ataque al corazón en el gimnasio, y al que sus colegas despiden en el bar, con el cadáver sobre la mesa de billar.
(Por cierto, maravillas de Internet, en Wikipedia (je!) confirmo que es Clarence Clemons, el negrazo que toca el saxo en la E Street Band de Springsteen, el que aparece fugazmente, para decir apenas una frase, en uno de esos capítulos.)
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12 de febrero de 2010
21 de octubre de 2009
Clavado
¿Y una serie así, antagónica del 'fast food' cotidiano, triunfaría en España en 'prime time'? Los ponentes tenían sus dudas. "Se podría hacer series así si hubiera voluntad para hacerlas. Aquí no se hace aquello que puede molestar. En las series españolas no se toca nada, no se rompe nada. Y el lugar donde suceden las cosas es un decorado, no un espacio vital. Son casi siempre personajes de cartón piedra sin ninguna profundidad"
(Leído aquí.)
(Leído aquí.)
25 de julio de 2008
22 de mayo de 2007
The Wire (again)
Acabo de terminar de ver la cuarta temporada de The Wire. Ahora sólo me queda esperar a que emitan la quinta y última, que se prevé para la primavera del año que viene, y a que algún alma "caritativa" la cuelgue en Internet (y se tome la molestia de sacar también los subtítulos, porque si no lo llevo bastante crudo para entender a los jóvenes negros de Baltimore...).
Como ya dije hace unos días, un mito se ha venido abajo (con lo que me gustan a mí los mitos... pero, eso sí, otro mito viene a ocupar su lugar): Los Soprano y A dos metros bajo tierra tienen que ceder la primera posición del podio de mis gustos-adicciones televisivas a esta serie que, simplificando mucho, podríamos calificar de policiaca.
Porque en realidad es mucho más. Es, como dice su creador, David Simon, un retrato en cinco actos de la ciudad estadounidense postindustrial, donde la "guerra" contra las drogas ha hecho estragos en sus habitantes más desfavorecidos, que en Baltimore son una minoría mayoritaria: 65% de población negra.
Me siento incapaz de expresar de manera mínimamente convincente la complejidad de la trama, la verosimilitud de las situaciones, la verdad que inspiran los personajes de esta auténtica obra maestra. Aun así, haré un intento.
En los 12 o 13 capítulos (de una hora cada uno) de los que se compone cada temporada, se van desarrollando varias líneas argumentales, con decenas de personajes de lo más dispar (desde drogadictos desamparados, al alcalde la ciudad, pasando por todo tipo de policías, camellos, traficantes de alto nivel, senadores, líderes religiosos, presidiarios, profesores...), interpretados, salvo muy contadas excepciones, de forma tan creíble que a veces cuesta (me pasa con los niños protagonistas de esta cuarta temporada) creer que estén actuando (casi como en las series españolas, by the way...).
Desde el principio, una de las cosas que más me sorprendió fue el ritmo: nada de trepidantes persecuciones ni tiroteos de diseño, exaltaciones de esa violencia que podemos justificar, la que los "buenos" ejercen para "vencer" a los "malos". No. Aquí la trama se despliega lenta, morosamente. Los casos se resuelven, si es que se resuelven, sólo al final de esas 12 o 13 horas, y siempre con la certeza de que se podía haber más, mejor, de que hay algo en las instituciones que no funciona: la burocracia, el ansia de poder, la simple desidia...
Son muchos los protagonistas. O ninguno, ni siquiera el fantástico Jimmy McNulty. Porque, como dice Simon, el verdadero protagonista es la ciudad, Baltimore.
Y, otra cosa que la distingue de todo lo que yo había visto hasta ahora, y que sorprende más aún tratándose de una historia (más o menos) de policías y ladrones: no hay una línea clara entre buenos y malos, entre el bien y el mal. Todos los personajes, como todo ser humano, tienen sus miserias, sus zonas oscuras, sus debilidades. Pero también todos, incluidos los peores criminales, muestran en ocasiones grandeza, generosidad, lealtad, y demás virtudes que, en las típicas (y tópicas) historias que tanto abundan, en EEUU, en España, en todos sitios, son sólo patrimonio de los héroes.
En fin, que me ha gustado, creo que lo he dejado claro.
Como ya dije hace unos días, un mito se ha venido abajo (con lo que me gustan a mí los mitos... pero, eso sí, otro mito viene a ocupar su lugar): Los Soprano y A dos metros bajo tierra tienen que ceder la primera posición del podio de mis gustos-adicciones televisivas a esta serie que, simplificando mucho, podríamos calificar de policiaca.
Porque en realidad es mucho más. Es, como dice su creador, David Simon, un retrato en cinco actos de la ciudad estadounidense postindustrial, donde la "guerra" contra las drogas ha hecho estragos en sus habitantes más desfavorecidos, que en Baltimore son una minoría mayoritaria: 65% de población negra.
Me siento incapaz de expresar de manera mínimamente convincente la complejidad de la trama, la verosimilitud de las situaciones, la verdad que inspiran los personajes de esta auténtica obra maestra. Aun así, haré un intento.
En los 12 o 13 capítulos (de una hora cada uno) de los que se compone cada temporada, se van desarrollando varias líneas argumentales, con decenas de personajes de lo más dispar (desde drogadictos desamparados, al alcalde la ciudad, pasando por todo tipo de policías, camellos, traficantes de alto nivel, senadores, líderes religiosos, presidiarios, profesores...), interpretados, salvo muy contadas excepciones, de forma tan creíble que a veces cuesta (me pasa con los niños protagonistas de esta cuarta temporada) creer que estén actuando (casi como en las series españolas, by the way...).
Desde el principio, una de las cosas que más me sorprendió fue el ritmo: nada de trepidantes persecuciones ni tiroteos de diseño, exaltaciones de esa violencia que podemos justificar, la que los "buenos" ejercen para "vencer" a los "malos". No. Aquí la trama se despliega lenta, morosamente. Los casos se resuelven, si es que se resuelven, sólo al final de esas 12 o 13 horas, y siempre con la certeza de que se podía haber más, mejor, de que hay algo en las instituciones que no funciona: la burocracia, el ansia de poder, la simple desidia...
Son muchos los protagonistas. O ninguno, ni siquiera el fantástico Jimmy McNulty. Porque, como dice Simon, el verdadero protagonista es la ciudad, Baltimore.
Y, otra cosa que la distingue de todo lo que yo había visto hasta ahora, y que sorprende más aún tratándose de una historia (más o menos) de policías y ladrones: no hay una línea clara entre buenos y malos, entre el bien y el mal. Todos los personajes, como todo ser humano, tienen sus miserias, sus zonas oscuras, sus debilidades. Pero también todos, incluidos los peores criminales, muestran en ocasiones grandeza, generosidad, lealtad, y demás virtudes que, en las típicas (y tópicas) historias que tanto abundan, en EEUU, en España, en todos sitios, son sólo patrimonio de los héroes.
En fin, que me ha gustado, creo que lo he dejado claro.
30 de abril de 2007
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