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23 de julio de 2012
25 de abril de 2011
"¿Cómo es él?", te pregunté. Y respondiste que era un tipo único, extraordinario, genial, y esto me tranquilizó un poco, por ti, pues los amores suelen ser remediables y fugaces cuando se depositan en un hombre que se califica de extraordinario, único y genial. Pero enseguida olvidaste los tópicos, superaste las banalidades y las frases hechas, pisaste a fondo el acelerador, te lanzaste en picado, y surgieron palabras magníficas y aterradoras.
Resulta que el tipo del que estás perdidamente enamorada camina un poco torcido; no es que sea cojo, no, pero muestra, al andar, un balanceo de lo más gracioso, como a lo Pantera Rosa; y tiene una mirada nebulosa y vaga perdida tras los cristales gordísimos, porque no ve demasiado bien; y, como tampoco oye bien, pues sordea del oído izquierdo, se inclina un poco hacia la derecha cuando le hablas, de modo que se tuerce todavía algo más [...]
Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer
Resulta que el tipo del que estás perdidamente enamorada camina un poco torcido; no es que sea cojo, no, pero muestra, al andar, un balanceo de lo más gracioso, como a lo Pantera Rosa; y tiene una mirada nebulosa y vaga perdida tras los cristales gordísimos, porque no ve demasiado bien; y, como tampoco oye bien, pues sordea del oído izquierdo, se inclina un poco hacia la derecha cuando le hablas, de modo que se tuerce todavía algo más [...]
Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer
24 de abril de 2011
Mientras en la vida de una mujer el primer mandamiento sea (como lo viene siendo desde hace siglos) seducir y agradar, esto la llevará a ser en cierto modo enemiga y rival de las otras mujeres, que pretenden también a su vez, y con igual denuedo, ser atractivas y seductoras. Lo que hay en mí de feminista no se basa ni por asomo en la pretensión de que somos, las mujeres, estupendas y superiores, o en que carece de fundamento todo lo malo que en forma de tópico circula acerca de nosotras. Mi feminismo nace del convencimiento de que se nos deben brindar las mismas oportunidades que a los hombres, entre ellas la posibilidad de ser mejores, que pasa sin remisión por dejar de vernos a nosotras mismas y de proponernos a los otros como objeto, pasa por desterrar del centro de nuestra vida la obligatoriedad perentoria de gustar y complacer a los demás, para poder emprender a partir de ahí otras empresas de las que sí seríamos entonces, y sólo entonces, capaces. Y ello traería consigo –espero– la merma de rivalidad entre mujeres y una disponibilidad mucho mayor para establecer relaciones de amistad (antes de haber sido descalificadas por la edad y la pérdida de belleza en esa carrera de esposas-geishas que se nos propone, y aceptamos, tantas veces, como la única posible), relaciones de amistad con otras mujeres y también con otros hombres, ya que la amistad de una mujer con un varón empieza a ser posible en el punto en el que ella descarta la obligatoriedad de seducirlo y él deja de vivir la ausencia de sexo entre los dos como un falta de hombría.
Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer
Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer
23 de abril de 2011
Para apartarme, aunque sólo sea temporalmente, de las pantallas, vuelvo a leer Prefiero ser mujer, de Esther Tusquets (releyendo yo, que apenas leo libros...)
Publicado en 2006, el libro es una recopilación de artículos escritos principalmente a finales de los 70 y principios de los 80 que reflexionan sobre la situación de la mujer (en el ambiente "de la clase media y acomodada del mundo desarrollado", que es el mío también) con la inteligencia y la independencia que caracterizan a la autora. Me llama la atención cómo se reconoce perfectamente en ellos su voz, la misma que escuché en persona el otro día en la Fundación Mapfre.
Leo el libro y pienso en mi relación con las mujeres, en lo que las mujeres con las que me he cruzado de distintas maneras a lo largo de los años pensarán de mí. Porque aspiro a esto, eso lo tengo claro como pocas cosas en la vida, y sin embargo sé que muchas veces me he comportado como un niño, y es muy posible que otras aspire a ser tratado como un "dios del Olimpo".
En su momento, cuando lo descubrí, regalé el libro a unas cuantas de mis mujeres (a ningún hombre, que yo recuerde; es curioso). Ahora no sólo está agotado, sino que la editorial RqueR ya no existe.
Y se me ocurre que se podría utilizar esa tecnología que está cambiando el mundo editorial y sobre la que me paso el día leyendo para permitirme seguir regalándolo a mis amigas, ¿que no?
:)
Publicado en 2006, el libro es una recopilación de artículos escritos principalmente a finales de los 70 y principios de los 80 que reflexionan sobre la situación de la mujer (en el ambiente "de la clase media y acomodada del mundo desarrollado", que es el mío también) con la inteligencia y la independencia que caracterizan a la autora. Me llama la atención cómo se reconoce perfectamente en ellos su voz, la misma que escuché en persona el otro día en la Fundación Mapfre.
Leo el libro y pienso en mi relación con las mujeres, en lo que las mujeres con las que me he cruzado de distintas maneras a lo largo de los años pensarán de mí. Porque aspiro a esto, eso lo tengo claro como pocas cosas en la vida, y sin embargo sé que muchas veces me he comportado como un niño, y es muy posible que otras aspire a ser tratado como un "dios del Olimpo".
En su momento, cuando lo descubrí, regalé el libro a unas cuantas de mis mujeres (a ningún hombre, que yo recuerde; es curioso). Ahora no sólo está agotado, sino que la editorial RqueR ya no existe.
Y se me ocurre que se podría utilizar esa tecnología que está cambiando el mundo editorial y sobre la que me paso el día leyendo para permitirme seguir regalándolo a mis amigas, ¿que no?
:)
15 de abril de 2011
Más Tusquets
El otro día me quedé con ganas de más Tusquets. Para quitarme el mono, creo que lo mejor será volver a los orígenes:
"Acaso entre los chicos jóvenes haya algunos que, a pesar de estar necesitados, claro, de comprensión y de halagos y de apoyo e incluso de mimos, no se muestren dispuestos a conseguirlos a cualquier precio, muchachos que no sientan el menor deseo de comportarse como niños ni como dioses, y acaso haya también algunas chicas que precisen sentirse queridas y necesarias, pero que no se precipiten, para conseguirlo, a jugar a mamás, que no utilicen sistemáticamente la mentira para complacerles y en consecuencia poder manipularles.
Acaso entre algunos de estos jóvenes pueda establecerse una relación de pareja hasta ahora inédita, de igual a igual, relación entre dos individuos limitados y que han de morir, pero que pueden recorrer juntos parte del camino, hacer cosas hermosas, producir realidades útiles, pelear por un mundo un poquito mejor, ser felices a ratos, individuos capaces de dar, recibir, compartir, sentirse libres y solidarios, y tal vez arriesgarse, incluso, al amor adulto."
Esther Tusquets en Prefiero ser mujer
"Acaso entre los chicos jóvenes haya algunos que, a pesar de estar necesitados, claro, de comprensión y de halagos y de apoyo e incluso de mimos, no se muestren dispuestos a conseguirlos a cualquier precio, muchachos que no sientan el menor deseo de comportarse como niños ni como dioses, y acaso haya también algunas chicas que precisen sentirse queridas y necesarias, pero que no se precipiten, para conseguirlo, a jugar a mamás, que no utilicen sistemáticamente la mentira para complacerles y en consecuencia poder manipularles.
Acaso entre algunos de estos jóvenes pueda establecerse una relación de pareja hasta ahora inédita, de igual a igual, relación entre dos individuos limitados y que han de morir, pero que pueden recorrer juntos parte del camino, hacer cosas hermosas, producir realidades útiles, pelear por un mundo un poquito mejor, ser felices a ratos, individuos capaces de dar, recibir, compartir, sentirse libres y solidarios, y tal vez arriesgarse, incluso, al amor adulto."
Esther Tusquets en Prefiero ser mujer
14 de abril de 2011
La señora Tusquets
Ayer, la señora Tusquets no parecía tener ganas de hablar.
Por más que su amiga Ana María Moix le intentaba tirar de la lengua, mencionando situaciones o personas de la Barcelona de los 60 de las que Esther podía habernos contado vivencias y recuerdos, no hubo manera. Parecía ausente, aburrida, como si solo estuviese esperando que el acto terminase.
Aun así, en más de una ocasión asomó a su rostro una sonrisita traviesa al recordar alguna anéctoda graciosa de alguno de los muchos personajes que poblaron esa época en esa ciudad, tan especial para mí, mitómano empedernido.
Me quedé con ganas de más, de mucho más. Pero no salí frustrado.
La frase que resumía la conversación entre estas dos amigas la pronunció Luis Goytisolo, que hizo de presentador, explicando cómo se enfrentó él al ambiente claustrofóbico de la España, la Cataluña, la Barcelona de los últimos años del franquismo en una ciudad por otra parte en plena ebullición cultural y abriéndose al mundo: "Me propuse hacer como si viviese en un país libre." Y al parecer, lo consiguió.
Pero no será por nada de lo anterior por lo que recordaré la tarde de ayer.
Si hoy estoy contento es porque, por primera vez, ayer conseguí vencer la timidez casi patológica que me ha impedido siempre expresar personalmente mi admiración a personas como la señora Tusquets.
Al finalizar la charla, mientras el auditorio se vaciaba y tras compartir alguna reflexión sobre lo que habíamos escuchado (y lo que no) con la persona que estaba sentada a mi lado, escritora y periodista, pero que también dudaba si acercarse al estrado o no, me atreví a pedirle a Esther que me firmase el librito que acababa de comprar y aproveché para agradecerle que trate tan bien nuestro idioma al escribir.
En el autobús de vuelta a casa, caí en un detalle que probablemente irritó a la vieja dama indigna que es la señora Tusquets. Me temo que, al dirigirme a ella, contra mi costumbre y sin darme cuenta, llevado por la emoción y por la familiaridad que uno cree tener con alguien a quien ha leído bastante, cometí uno de los pequeños delitos abominables de los que ella habla en uno de sus últimos libros: la tuteé.
Ups.
Por más que su amiga Ana María Moix le intentaba tirar de la lengua, mencionando situaciones o personas de la Barcelona de los 60 de las que Esther podía habernos contado vivencias y recuerdos, no hubo manera. Parecía ausente, aburrida, como si solo estuviese esperando que el acto terminase.
Aun así, en más de una ocasión asomó a su rostro una sonrisita traviesa al recordar alguna anéctoda graciosa de alguno de los muchos personajes que poblaron esa época en esa ciudad, tan especial para mí, mitómano empedernido.
Me quedé con ganas de más, de mucho más. Pero no salí frustrado.
La frase que resumía la conversación entre estas dos amigas la pronunció Luis Goytisolo, que hizo de presentador, explicando cómo se enfrentó él al ambiente claustrofóbico de la España, la Cataluña, la Barcelona de los últimos años del franquismo en una ciudad por otra parte en plena ebullición cultural y abriéndose al mundo: "Me propuse hacer como si viviese en un país libre." Y al parecer, lo consiguió.
Pero no será por nada de lo anterior por lo que recordaré la tarde de ayer.
Si hoy estoy contento es porque, por primera vez, ayer conseguí vencer la timidez casi patológica que me ha impedido siempre expresar personalmente mi admiración a personas como la señora Tusquets.
Al finalizar la charla, mientras el auditorio se vaciaba y tras compartir alguna reflexión sobre lo que habíamos escuchado (y lo que no) con la persona que estaba sentada a mi lado, escritora y periodista, pero que también dudaba si acercarse al estrado o no, me atreví a pedirle a Esther que me firmase el librito que acababa de comprar y aproveché para agradecerle que trate tan bien nuestro idioma al escribir.
En el autobús de vuelta a casa, caí en un detalle que probablemente irritó a la vieja dama indigna que es la señora Tusquets. Me temo que, al dirigirme a ella, contra mi costumbre y sin darme cuenta, llevado por la emoción y por la familiaridad que uno cree tener con alguien a quien ha leído bastante, cometí uno de los pequeños delitos abominables de los que ella habla en uno de sus últimos libros: la tuteé.
Ups.
31 de marzo de 2011
Barcelona en Madrid
A partir de la próxima semana, durante unos días, mi Barcelona viene a Madrid.
Unmissable highlight: miércoles 13 de abril, 19:30 horas, la gran Esther Tusquets charlará con su amiga Ana María Moix!
(Vía Comunicación Cultural)
Unmissable highlight: miércoles 13 de abril, 19:30 horas, la gran Esther Tusquets charlará con su amiga Ana María Moix!
(Vía Comunicación Cultural)
30 de noviembre de 2010
Contar cuentos
A veces se me ocurre que antes de ser padres deberían comprobar que somos capaces de contar un cuento (también deberían asegurarse de que sabemos jugar con los niños), y si no somos capaces ni sabemos, deberían obligarnos a seguir unos cursillos de aprendizaje, pues ¿qué futuro espera a unos niños cuyos padres los han ayudado a hacer los deberes, les han dado una alimentación sana y equilibrada, les han enseñado excelentes modales, les han transmitido sólidos principios morales, pero no han jugado con ellos ni les han contado cuentos?
Esther Tusquets (again...), en Pequeños delitos abominables
(Esta tarde, después de una estupenda comida con M., me he cruzado inesperadamente con el último libro de Esther Tusquets en una sección que ahora no recuerdo, pero que no era la de ficción donde esperaría encontrármela. Por supuesto, en un movimiento irreprimible, casi reflejo, lo he metido al zurrón... :-P)
Esther Tusquets (again...), en Pequeños delitos abominables
(Esta tarde, después de una estupenda comida con M., me he cruzado inesperadamente con el último libro de Esther Tusquets en una sección que ahora no recuerdo, pero que no era la de ficción donde esperaría encontrármela. Por supuesto, en un movimiento irreprimible, casi reflejo, lo he metido al zurrón... :-P)
16 de febrero de 2010
¡Bingo!
Tras mis lloriqueos del otro día, decidí seguír el consejo de un amigo, "prestarme" un libro, dejarme de bobadas y leer; y el de una amiga: aparcar mis turrones habituales (y en inglés) y leer algo de ficción (y en castellano, decidí yo).
Y así, casi del tirón, terminé anoche Bingo, la última novela (158 páginas, lo ideal; como las pelis de hora y media) de Esther Tusquets (ella de nuevo, y ya van...):
Fue muy doloroso descubrir que ya no estaba enamorado, porque era mi primera experiencia y no sabía todavía que el enamoramiento —al menos en mí— tiene ya cuando nace una fecha asignada de caducidad. Creo que te hice incluso responsable, como si radicara en ti la causa de mi desamor y eludiera de ese modo tener que reconocerme culpable. En algunos momentos llegué casi a odiarte por no amarte lo suficiente, por no amarte todo, y porque esa carencia me hacía sentirme un miserable. Llegué a odiarte también porque tú seguías siendo la de siempre, sorprendentemente ajena por un tiempo, que se me hizo interminable, a lo que se cernía sobre nosotros, sobre los dos, y a mí me parecía entonces una catástrofe. Me irritaban tu inocencia, tu credulidad, tu fe ciega en mí, porque me obligaban a engañarte y tejer a nuestro alrededor un velo cada vez más tupido y sucio de mentiras. Y me enfureció —contra toda razón, colmo de la injusticia— verte luego, cuando sospechaste por fin que algo ocurría, sufrir con ese dolor de los animales o de los niños, que nos miran atónitos y no entienden y no son capaces de defenderse —doblemente inermes porque nos pertenecen y porque dependen de nosotros para todo y porque nos aman.
Me gusta Tusquets por muchos motivos, y aunque me la imagino cascarrabias, quizá hasta algo antipática, me cae bien porque comparto con ella la ternura hacia los animales, que expresa maravillosamente esta última frase que anoche, llorón y blandengue como soy, hizo que se me saltaran las lágrimas al leerla.
Y así, casi del tirón, terminé anoche Bingo, la última novela (158 páginas, lo ideal; como las pelis de hora y media) de Esther Tusquets (ella de nuevo, y ya van...):
Fue muy doloroso descubrir que ya no estaba enamorado, porque era mi primera experiencia y no sabía todavía que el enamoramiento —al menos en mí— tiene ya cuando nace una fecha asignada de caducidad. Creo que te hice incluso responsable, como si radicara en ti la causa de mi desamor y eludiera de ese modo tener que reconocerme culpable. En algunos momentos llegué casi a odiarte por no amarte lo suficiente, por no amarte todo, y porque esa carencia me hacía sentirme un miserable. Llegué a odiarte también porque tú seguías siendo la de siempre, sorprendentemente ajena por un tiempo, que se me hizo interminable, a lo que se cernía sobre nosotros, sobre los dos, y a mí me parecía entonces una catástrofe. Me irritaban tu inocencia, tu credulidad, tu fe ciega en mí, porque me obligaban a engañarte y tejer a nuestro alrededor un velo cada vez más tupido y sucio de mentiras. Y me enfureció —contra toda razón, colmo de la injusticia— verte luego, cuando sospechaste por fin que algo ocurría, sufrir con ese dolor de los animales o de los niños, que nos miran atónitos y no entienden y no son capaces de defenderse —doblemente inermes porque nos pertenecen y porque dependen de nosotros para todo y porque nos aman.
Me gusta Tusquets por muchos motivos, y aunque me la imagino cascarrabias, quizá hasta algo antipática, me cae bien porque comparto con ella la ternura hacia los animales, que expresa maravillosamente esta última frase que anoche, llorón y blandengue como soy, hizo que se me saltaran las lágrimas al leerla.
29 de diciembre de 2009
Por mi parte, había sido amor instantáneo, amor a primera vista. Qué raro es esto, ves a un ser de tu misma especie, en este caso del sexo contrario, un ser del que no sabes nada, le das la mano, cruzas con él dos palabras sin trascendencia alguna, y le amas. Luego enseguida, te precipitas a descubrirle o a inventarle. Olvidas que en el primer momento le has amado por factores exclusivamente físicos, dado que no habían aparecido otros; no tienes presente que, si se trata de amor a primera vista, le has elegido, o te ha elegido, como se eligen los animales antes de aparearse, siguiendo normas dictadas por la naturaleza. Y esto a los humanos, a una inmensa mayoría de los humanos, no les gusta nada, aunque no me parece a mí el peor modo de elegir compañero, porque las normas de la naturaleza son simples y poco racionales, pero certeras.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Acabo de terminar el libro. Aún estoy deslumbrado por su prosa, límpida, cristalina. Y por la sinceridad de la autora, sin trazas de afectación alguna, dignísima integrante del club de las viejas damas indignas*.
Pero no te preocupes, C., prometo que no habrás más citas, al menos hasta que tú lo leas ;-)
*«acción [considerada] reprobable, impropia de las circunstancias del sujeto que la ejecuta»
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Acabo de terminar el libro. Aún estoy deslumbrado por su prosa, límpida, cristalina. Y por la sinceridad de la autora, sin trazas de afectación alguna, dignísima integrante del club de las viejas damas indignas*.
Pero no te preocupes, C., prometo que no habrás más citas, al menos hasta que tú lo leas ;-)
*«acción [considerada] reprobable, impropia de las circunstancias del sujeto que la ejecuta»
25 de diciembre de 2009
Era un hombre al que le gustaban las mujeres, mucho, y no exclusivamente para la cama, detalle que siempre se agradece. Hay muy pocos hombres a los que les gusten las mujeres y, si das con uno, debes provecharlo.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Antonio es uno de esos individuos que tienen un único fin, un objetivo exclusivo al que se supedita todo lo demás. Les ocurre a muchos artistas, unos con talento y otros sin futuro ninguno, y a mí, tan dispersa, a mí, que siento en cada encrucijada la tentación de probar un nuevo camino, que no me identifico con mi labor de editora, ni con los libros que he escrito, ni con ninguna de las personas que ha sido en una etapa el centro de mi vida, y que sólo he pretendido acumular el mayor número de experiencias posible, sin otra finalidad que el placer de descubrirlas, estos personajes consagrados a un único objetivo me admiran profundamente, porque son algunos de ellos los que hacen prosperar el mundo, los que crean obras tan bellas que siglos después me estremecen y hacen que se me salten las lágrimas (ante el Piero della Francesca de la Galería Breda, Adela siente deseos de postrarse de rodillas), pero no soy de su raza, no puedo siquiera envidiarles, sólo darles las gracias.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
No me hizo Esteban, ni esta vez ni las siguientes, la tonta pregunta de si me había gustado, ni ponderó que yo era una maravilla, una diosa en la cama (pocos días después me diría —y eso sí debía de ser cierto, y eso sí me halagó— que nunca había encontrado a una mujer que hiciera el amor con tanta alegría). Y, sin embargo, tuvieron que transcurrir meses —ya vivíamos juntos— para que yo descubriera con estupor —una tarde cualquiera, en nada distinta a las demás, una de tantas tardes de sábado en que él no trabajaba y nos acostábamos para la siesta— que de mi propia sexualidad, yo, tan proclive los últimos tiempos a los juegos eróticos, ignoraba lo esencial; para que descubriera una calidad específica de placer de la que no tenía indicios y que no había añorado jamás, ni había buscado con éste ni con ningún otro hombre anterior, pues ignoraba, no sólo en qué consistía y cómo se alcanzaba, sino incluso que existiera, una dimensión de goce de mi cuerpo —siempre más sabio el cuerpo, siempre más certero y sutil que lo que llamamos espíritu— había estado, no obstante, aguardando, sin ser yo consciente de espera alguna, hasta que llegó Esteban, y con él la felicidad.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Fuimos luego, en el coche de Cata, a una sala de fiestas de la costa, y ella aprovechó la coyuntura para repetir una vez más que ya no sentía celos por nada, que las continuas infidelidades de su marido había dejado hacía mucho tiempo de importarle, que sólo seguían temporalmente juntos por los niños, mientras Esteban callada, y yo la creía a medias, porque tenía una absurda propensión —que por fortuna he perdido— a creer aquello que la gente gratuitamente proclama, pero lo dijera ella o no lo dijera, la creyera yo o no la creyera, carecía de relevancia, pues si él me llamaba, y yo sabía que iba a llamarme, iría a su encuentro de todos modos, caminando sobre las aguas o apartando cadáveres. Después bailé con Esteban y —¡qué cursi suena, dios mío, pero es la pura verdad!— desfallecí de amor (utilicemos al menos palabras bíblicas), me mareé, me sentí morir, a punto estuve de demayarme en sus brazos, allí, en mitad de la pista, y luego, al acompañarme, ya recuperada, a un taxi, le pregunté cuándo volveríamos a vernos, y respondió «todos los días, durante toda la vida», y pensé que mi pregunta era estúpida, tan obvio era, tan evidente, que íbamos a pasar juntos el resto de nuestras vidas.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Si me pusiese a copiar las frases, los párrafos del libro de Esther Tusquets que me gustan, me divierten o me hacen pensar, acabaría copiando prácticamente el libro entero. Pero no puedo dejar de poner alguna muestra aquí:
Yo era muy joven -aunque a Oriol, que me llevaba ocho, mis veinticuatro años le parecían ya una edad provecta- y estaba muy lejos de alcanzar la sabiduría de una vieja dama irrespetuosa (no lo he especificado hasta ahora, pero supongo que es obvio para todos que la dificultad y el mérito están en alcanzar la irrespetuosidad -cierto tipo de indignidad incluso- sin dejar de ser en ningún momento, de la cabeza a los pies, una auténtica dama). En mi estilo romántico-adolescente, una mujer enamorada debía hacer lo posible por cubrir el ideal con que sueña su caballero. Y yo lo tenía de veras difícil. No era especialmente guapa, no estaba como un fideo y, para colmo de males, ni siquiera era ya virgen, lo que me situaba en un terreno muy próximo al de las furcias. Impresentable.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
Yo era muy joven -aunque a Oriol, que me llevaba ocho, mis veinticuatro años le parecían ya una edad provecta- y estaba muy lejos de alcanzar la sabiduría de una vieja dama irrespetuosa (no lo he especificado hasta ahora, pero supongo que es obvio para todos que la dificultad y el mérito están en alcanzar la irrespetuosidad -cierto tipo de indignidad incluso- sin dejar de ser en ningún momento, de la cabeza a los pies, una auténtica dama). En mi estilo romántico-adolescente, una mujer enamorada debía hacer lo posible por cubrir el ideal con que sueña su caballero. Y yo lo tenía de veras difícil. No era especialmente guapa, no estaba como un fideo y, para colmo de males, ni siquiera era ya virgen, lo que me situaba en un terreno muy próximo al de las furcias. Impresentable.
Esther Tusquets, en Confesiones de una vieja dama indigna
23 de diciembre de 2009
Para alimentar aún más mi mitomanía (como si hiciera falta), no contento con escuchar el disco y acudir fiel al concierto, el otro día compré en la Central (la mejor librería de Madrid, catalana ;) el libro que Benjamín Prado, coautor con Sabina de casi todas las canciones, ha escrito sobre la creación del disco Vinagre y rosas.
Lo he terminado esta madrugada (últimamente abro los ojos a las 5:30), lo cual es doblemente sorprendente: primero, porque he leído un libro entero (¡y en dos días!); segundo, porque lo he hecho a pesar de que no me ha gustado.
Y no me ha gustado no por lo que cuenta (nada de lo sabiniano me es ajeno) sino por cómo lo hace.
Por algún motivo, Benjamín Prado no me caía del todo simpático y leer el libro me ha reafirmado en mis prejuicios, aunque admito desde ya que parte de la tirria que le tengo es envidia pura por ser "primo", "hermano", "el mejor amigo" de Sabina.
Pero es que me parece que Prado está demasiado encantado de haberse conocido, de hacer taaantas cosas taaan interesantes, ir a taaantos sitios tan fascinantes, tener esos amigos taaan estupendos.
Un poquito de pudor, un poquito de modestia (aunque sea falsa), por favor.
Para resarcirme, empiezo sin solución de continuidad Confesiones de una vieja dama indigna, la segunda parte de las memorias de Esther Tusquets, que también habla de las cosas que ha hecho, los lugares que ha visitado, los amigos que ha tenido.
Pero sé que lo hace, aunque he leído sólo un par de páginas mientras desayunaba, de una forma a la vez mucho más "descarnada y sincera" (como dice la contraportada) e infinitamente más interesante.
Hala.
Lo he terminado esta madrugada (últimamente abro los ojos a las 5:30), lo cual es doblemente sorprendente: primero, porque he leído un libro entero (¡y en dos días!); segundo, porque lo he hecho a pesar de que no me ha gustado.
Y no me ha gustado no por lo que cuenta (nada de lo sabiniano me es ajeno) sino por cómo lo hace.
Por algún motivo, Benjamín Prado no me caía del todo simpático y leer el libro me ha reafirmado en mis prejuicios, aunque admito desde ya que parte de la tirria que le tengo es envidia pura por ser "primo", "hermano", "el mejor amigo" de Sabina.
Pero es que me parece que Prado está demasiado encantado de haberse conocido, de hacer taaantas cosas taaan interesantes, ir a taaantos sitios tan fascinantes, tener esos amigos taaan estupendos.
Un poquito de pudor, un poquito de modestia (aunque sea falsa), por favor.
Para resarcirme, empiezo sin solución de continuidad Confesiones de una vieja dama indigna, la segunda parte de las memorias de Esther Tusquets, que también habla de las cosas que ha hecho, los lugares que ha visitado, los amigos que ha tenido.
Pero sé que lo hace, aunque he leído sólo un par de páginas mientras desayunaba, de una forma a la vez mucho más "descarnada y sincera" (como dice la contraportada) e infinitamente más interesante.
Hala.
2 de noviembre de 2009
3 de mayo de 2006
Pienso mi vida vacía, pero luego me doy cuenta de no lo está (tanto).
Descuido el blog unos días y se me acumulan cosas que contar, algunas importantes, otras mucho menos, pero supongo que son cosas así las que van llenando la vida (mi vida; a saber cómo lo hacen los demás):
La semana pasada estuve con mis papis en la presentación del libro de José María Calleja "Algo habrán hecho: odio, muerte y miedo en Euskadi". Tan impresionante como lo que nos contó Calleja, si no más, fue el escenario en que nos lo contó: el local de la Unificación Comunista de España en Lavapiés. Rojazos "nacionales", que no tienen miedo de decir "España", aunque tienen otros zumbes curiosos.
Y ahí estuvo el lúcido "españolazo" (el insulto supremo en "la comunidad autónoma vasca") de Calleja, contándonos cómo ve el futuro próximo y tratando de no ser descortés con quienes le habían invitado a hablar sobre su libro, cuando hacía virguerías para contestar con educación a preguntas como: ¿qué opinión te merece la financiación de los nacionalismos vasco y catalán por parte de Francia, Alemania y "el capitalismo" para promover la disgregación de España?.
Después, viajecito a Salobreña, finalmente en trío (con Esther y Juan), para resarcirme del mal tiempo en Alicante. Esta vez hubo suerte y tuvimos unos días de lujo. Como Casilda estaba también por allí, me mostró la vida más allá de Salobreña, y me moló...
También tuve tiempo para leer (esas mañanas torrándome en la terraza, después de las tostadas con tomate y aceite...): Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (después del iluminador Prefiero ser mujer, del que en algún momento me tendré que poner a escribir con calma, aunque me va a costar; y antes de El mismo mar de todos los veranos, que estoy leyendo ahora) e Interludio azul, de Pere Gimferrer.
Del primero me gustó, además de la lucidez de la autora, que me tiene subyugado, su prosa clara y sencilla y las historias de esa mítica burguesía cultural barcelonesa de los cincuenta, sesenta, setenta (Barral, Gil de Biedma, Herralde, los hermanos Moix,...). Del segundo, me gustó todo: la inteligencia, la pasión, y sobre todo la desvergüenza con que un hombre de 60 años relata cómo se reencuentra con el amor de su vida, tras más de treinta años separados (casados cada uno con otras personas). Es cierto que está trufado de citas cultísimas, la mayoría de las cuales no sé apreciar, de innumerables referencias a libros, películas. Pero es de verdad, arrastra, emociona. Y aún hay algún cretino que le echa en cara a Gimferrer decir cosas "que no se dicen después de los 16 años". Para mí, purita envidia.
Y ayer, día de mi vigésimo noveno cumpleaños, vuelta de Salobreña a Toledo de madrugada (salida a las 3:15, llegada a las 7:50, con media hora para una cabezada junto a la carretera admirando un cielo increíblemente estrellado), comida familiar, llamadas y mensajes de mis amigüitos (amigüitas, sobre todo) y vuelta a Madrid, a la rutina, al blog.
Descuido el blog unos días y se me acumulan cosas que contar, algunas importantes, otras mucho menos, pero supongo que son cosas así las que van llenando la vida (mi vida; a saber cómo lo hacen los demás):
La semana pasada estuve con mis papis en la presentación del libro de José María Calleja "Algo habrán hecho: odio, muerte y miedo en Euskadi". Tan impresionante como lo que nos contó Calleja, si no más, fue el escenario en que nos lo contó: el local de la Unificación Comunista de España en Lavapiés. Rojazos "nacionales", que no tienen miedo de decir "España", aunque tienen otros zumbes curiosos.
Y ahí estuvo el lúcido "españolazo" (el insulto supremo en "la comunidad autónoma vasca") de Calleja, contándonos cómo ve el futuro próximo y tratando de no ser descortés con quienes le habían invitado a hablar sobre su libro, cuando hacía virguerías para contestar con educación a preguntas como: ¿qué opinión te merece la financiación de los nacionalismos vasco y catalán por parte de Francia, Alemania y "el capitalismo" para promover la disgregación de España?.
Después, viajecito a Salobreña, finalmente en trío (con Esther y Juan), para resarcirme del mal tiempo en Alicante. Esta vez hubo suerte y tuvimos unos días de lujo. Como Casilda estaba también por allí, me mostró la vida más allá de Salobreña, y me moló...
También tuve tiempo para leer (esas mañanas torrándome en la terraza, después de las tostadas con tomate y aceite...): Confesiones de una editora poco mentirosa, de Esther Tusquets (después del iluminador Prefiero ser mujer, del que en algún momento me tendré que poner a escribir con calma, aunque me va a costar; y antes de El mismo mar de todos los veranos, que estoy leyendo ahora) e Interludio azul, de Pere Gimferrer.
Del primero me gustó, además de la lucidez de la autora, que me tiene subyugado, su prosa clara y sencilla y las historias de esa mítica burguesía cultural barcelonesa de los cincuenta, sesenta, setenta (Barral, Gil de Biedma, Herralde, los hermanos Moix,...). Del segundo, me gustó todo: la inteligencia, la pasión, y sobre todo la desvergüenza con que un hombre de 60 años relata cómo se reencuentra con el amor de su vida, tras más de treinta años separados (casados cada uno con otras personas). Es cierto que está trufado de citas cultísimas, la mayoría de las cuales no sé apreciar, de innumerables referencias a libros, películas. Pero es de verdad, arrastra, emociona. Y aún hay algún cretino que le echa en cara a Gimferrer decir cosas "que no se dicen después de los 16 años". Para mí, purita envidia.
Y ayer, día de mi vigésimo noveno cumpleaños, vuelta de Salobreña a Toledo de madrugada (salida a las 3:15, llegada a las 7:50, con media hora para una cabezada junto a la carretera admirando un cielo increíblemente estrellado), comida familiar, llamadas y mensajes de mis amigüitos (amigüitas, sobre todo) y vuelta a Madrid, a la rutina, al blog.
28 de abril de 2006
"Prefiero ser mujer"
Es un libro sin grandes pretensiones, una recopilación de algunos de los artículos que Esther Tusquets ha ido escribiendo a lo largo de los años sobre lo que significa para ella ser mujer.
Sólo quería dejar constancia, porque me ha impresionado tanto que aún tengo que digerirlo, ahora no me atrevo a escribir aquí nada más que esto.
Sólo quería dejar constancia, porque me ha impresionado tanto que aún tengo que digerirlo, ahora no me atrevo a escribir aquí nada más que esto.
20 de abril de 2006
"Acaso entre los chicos jóvenes haya algunos que, a pesar de estar necesitados, claro, de comprensión y de halagos y de apoyo e incluso de mimos, no se muestren dispuestos a conseguirlos a cualquier precio, muchachos que no sientan el menor deseo de comportarse como niños ni como dioses, y acaso haya también algunas chicas que precisen sentirse queridas y necesarias, pero que no se precipiten, para conseguirlo, a jugar a mamás, que no utilicen sistemáticamente la mentira para complacerles y en consecuencia poder manipularles.
Acaso entre algunos de estos jóvenes pueda establecerse una relación de pareja hasta ahora inédita, de igual a igual, relación entre dos individuos limitados y que han de morir, pero que pueden recorrer juntos parte del camino, hacer cosas hermosas, producir realidades útiles, pelear por un mundo un poquito mejor, ser felices a ratos, individuos capaces de dar, recibir, compartir, sentirse libres y solidarios, y tal vez arriesgarse, incluso, al amor adulto."
Esther Tusquets
Me considero muy poco machista (salvo por el egoísmo, aunque no estoy seguro de que eso sea privativo de los machistas, ni siquiera de los hombres), pero tampoco me interesa gran cosa el feminismo (las mujeres, es otra cosa...).
Sin embargo, ayer leí este texto en la contraportada de un libro, que para más inri está publicado en la colección "Nos-Otras" y lleva por título "Prefiero ser mujer", y me lo compré. Bien es cierto que está escrito por Esther Tusquets de la que, aunque no he leído más que algún que otro artículo, tengo muy buena opinión.
Esta mañana he empezado a leerlo en el AVE, y tiene muy buena pinta.
¿Algo está cambiando en mí? ¿estará relacionado con esos días de convivencia con Ibón en Alicante?¿¿me estaré volviendo "gáyer"??
Acaso entre algunos de estos jóvenes pueda establecerse una relación de pareja hasta ahora inédita, de igual a igual, relación entre dos individuos limitados y que han de morir, pero que pueden recorrer juntos parte del camino, hacer cosas hermosas, producir realidades útiles, pelear por un mundo un poquito mejor, ser felices a ratos, individuos capaces de dar, recibir, compartir, sentirse libres y solidarios, y tal vez arriesgarse, incluso, al amor adulto."
Esther Tusquets
Me considero muy poco machista (salvo por el egoísmo, aunque no estoy seguro de que eso sea privativo de los machistas, ni siquiera de los hombres), pero tampoco me interesa gran cosa el feminismo (las mujeres, es otra cosa...).
Sin embargo, ayer leí este texto en la contraportada de un libro, que para más inri está publicado en la colección "Nos-Otras" y lleva por título "Prefiero ser mujer", y me lo compré. Bien es cierto que está escrito por Esther Tusquets de la que, aunque no he leído más que algún que otro artículo, tengo muy buena opinión.
Esta mañana he empezado a leerlo en el AVE, y tiene muy buena pinta.
¿Algo está cambiando en mí? ¿estará relacionado con esos días de convivencia con Ibón en Alicante?¿¿me estaré volviendo "gáyer"??
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