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26 de abril de 2012

Contar la vida (y la muerte)

Hay que ponerse a contar. A contar en el sentido aritmético y en el sentido narrativo. Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender, y hay que contar también para que el recuerdo y la comprensión de lo vivido por otros se transmute en experiencia personal de esa manera íntima que quizás sea posible a través de la literatura, o de esa forma de novela visual que es el cine. Hay que contar exactamente lo que pasó y hay que empezar a hacerlo ahora que todavía viven y están lúcidos la mayor parte de los protagonistas, los testigos, las víctimas no ejecutadas. Hay tiempo, pero es urgente. Y no solo porque, como reflexionó con tanta melancolía Primo Levi, la memoria es falible y se debilita a cada momento. Hay que contar para que no se imponga la tergiversación y para que los verdugos y los responsables no cuenten con ese eficaz aliado del crimen, el olvido.

Hay que contarlo todo, desde luego. No se mata ni se tortura a nadie, ni a quien ha matado o torturado. Y hay que contarlo todo no por equidistancia sino por amor a la verdad y porque sin el recuerdo completo no es posible ese logro tan difícil, y sin embargo tan necesario, la reconciliación, o al menos la convivencia razonable. Hay que contar el número de los asesinados, de los perseguidos, de los chantajeados, de los expulsados, de los torturados. Es importante la máxima exactitud posible de las cifras para hacerse una idea de la magnitud de la epidemia. Hay que saber cuántos se fueron porque ese número es un indicio del éxito de quienes mataban o acosaban para limpiar el censo electoral de votos hostiles. Habría que saber, pero no es posible, cuántos que deberían haber alzado la voz eligieron callar; cuántos fingieron aquiescencia con la conformidad impuesta por los criminales; qué porcentaje de gente hace falta que se someta o que calle para que una comunidad entera quede sometida, sobre todo en esos lugares donde se conoce todo el mundo y no es posible el refugio del anonimato: un claustro de instituto o de facultad, por ejemplo, un pueblo pequeño, una empresa. Es relativamente fácil contar el número de los asesinados, los heridos, los mutilados para siempre, pero no puede hacerse el censo fiable de todas las vidas que quedaron destruidas o dañadas por la lenta onda expansiva de cada crimen, que prolonga su efecto, invisible desde fuera, a través de los años y de las generaciones.

Para saber algo sobre eso hace falta la otra forma de contar: la narrativa. España es un país en el que se reivindica la memoria tan perezosamente, tan retóricamente, que los mayores esfuerzos tienden a hacerse cuando quienes pudieron y debieron contar están ya muertos. Hace falta levantar el gran archivo oral de todos los que han sufrido, los que han vivido para contarlo, los conocidos y los desconocidos, los iletrados y los filósofos, cada uno de ellos depositario de una tesela en lo que será el gran mosaico de una historia monstruosa, y quizás también ejemplar. Algo tienen siempre en común todos los verdugos ideológicos, los intoxicados por la religión y los intoxicados por el milenarismo político, y los peores de todos, los que de un modo u otro han combinado los dos, y por lo tanto han matado todavía con más convicción, porque se aseguraban la salvación de las almas al mismo tiempo que creaban el paraíso sobre la tierra: tienen en común que no ven personas individuales, sino grandes grupos humanos, abstracciones sagradas y abstracciones repulsivas, masas que merecen la salvación o masas que merecen el exterminio. Ven al proletariado, ven a la raza, ven al pueblo, y los ven en una apoteosis de beatitud o de maldad, ven a la comunidad de los fieles o a la de los infieles, pero más allá no ven nada, y si se fijan en alguien en concreto es para verlo como la representación de algo, de alguna clase de identidad colectiva, y a continuación lo idealizan o le pegan un tiro, lo abrazan o lo expulsan, pero siempre sin fijarse mucho, porque padecen una extraña aflicción ocular que les impide distinguir rasgos individuales, o porque consideran que esos rasgos carecen de importancia.

De modo que frente a las abstracciones hay que levantar las identidades personales y los nombres, meticulosamente, y para eso nada más útil que las artes narrativas, las novelas y los cuentos y los libros de memorias y las crónicas, los documentales y las películas de ficción. Otra cosa que tienen en común los verdugos y sus cortesanos es la facilidad para el olvido, la urgencia casi jovial por “pasar página”, por “mirar más hacia delante y menos hacia atrás”, etcétera. No hay injurias más fáciles de olvidar que las que han sufrido otros, sobre todo si es uno mismo el que las ha cometido. Y como también explicó Primo Levi, los que han cometido crímenes o han sido cómplices tienen la extraordinaria facultad de convertir la mentira sobre el propio pasado en recuerdo verdadero. Cuanta más información haya, cuantos más testigos hablen, cuantas más historias se cuenten, más difícil será que prevalezca la mentira o que se imponga demasiado pronto el olvido.

Cuando uno está lejos le afectan todavía más ciertas historias. Me acuerdo de la pena inmensa de ver hace unos años en el Centro Rey Juan Carlos de Nueva York el documental de Iñaki Arteta sobre algunas de las víctimas menos conocidas del terrorismo, Trece entre mil. Y esta semana he revivido ese mismo desgarro viendo en el Cervantes, que dirige ahora con energía recobrada Javier Rioyo, la película de Manuel Gutiérrez Aragón Todos estamos invitados, y escuchando a dos novelistas que han escrito con claridad y potencia literaria sobre las vilezas más sórdidas de las que se alimenta el terrorismo, José Ángel González Sainz y Fernando Aramburu. Gutiérrez Aragón muestra cómo el crimen, el chantaje y el miedo pueden coexistir fluidamente con los rituales de una sociedad próspera en la que el pistolero y su víctima viven sumergidos en una misma y vaga zona gris en la que se confunden los cómplices, los instigadores de manos limpias, las personas decentes pero cobardes, los indiferentes, los distraídos. En Ojos que no ven, González Sainz hizo una crónica de lo real que tiene por dentro una armazón de fábula. Años lentos, de Fernando Aramburu, es una novela construida con esa infrecuente destreza que alía la transparencia y la complejidad: una novela sobre gestaciones más o menos frustradas —la de una criatura, la de un joven terrorista— que trata también de la gestación de una novela. Los “años lentos” son los del declive a la vez desganado y siniestro del franquismo, ese pasado ya remoto que en las páginas de Aramburu nos da escalofríos a quienes lo conocimos, un tiempo de torturadores bronquíticos de tabaco negro y palillo de dientes y de sotanas lúgubres que empezaban a bendecir a los pistoleros tan untuosamente como recibían bajo palio al viejo tirano sanguinario.

Para esto vale el oficio al que nos dedicamos: para que nada se quede sin contar.

Antonio Muñoz Molina, Tiempo de contar, en El País de 21 de abril de 2012.

27 de abril de 2011

"El que no inventa no vive"

No os dejéis engañar por las apariencias, queridas lectoras.


Tras la fachada inofensiva de la señora Matute, supuestamente una anciana frágil y despistada, se oculta sin duda un ser cruel y despiadado.

¿Cómo explicar si no que, habiendo yo escrito esta mañana lo que he escrito, venga ella, a santo de no se sabe bien qué, a decir que "el que no inventa no vive"?

Arj.

9 de diciembre de 2010

(Glorioso) Elogio de la literatura y la ficción

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.


Mario Vargas Llosa, en el discurso de aceptación del premio Nobel

3 de julio de 2010

Escritores

[...]

En una sociedad democrática, en un país civilizado, un escritor es un particular que ejerce en privado su oficio, y que no tiene más presencia pública que la que le corresponde cuando el resultado de su trabajo se ofrece a los lectores. El escritor, en una democracia, es un ciudadano idéntico a otros, y en virtud de esa ciudadanía participa a veces en debates o en la defensa de causas a las que puede servir con su activismo personal o con la herramienta que mejor conoce, el idioma. Pero el escritor, por el hecho de serlo, o porque se atribuya a sí mismo o se le otorgue la condición de intelectual, no posee ni más clarividencia que cualquier otro ciudadano ni tiene un deber o una misión particular, ni representa nada ni a nadie más que a sí mismo. Cuando el escritor se convierte en símbolo casi siempre lo es a pesar suyo: porque lo persiguen o porque lo manipulan; o porque lo han asesinado (también, en ocasiones, porque ha elegido ser un impostor). Seguro que lo último que hubieran deseado Ossip Mandelstam o Bruno Schulz, por poner dos ejemplos de víctimas de las dos barbaries mayores del siglo XX, habría sido simbolizar el heroísmo de los débiles o la supervivencia de la palabra y de la imaginación en libertad incluso en las tinieblas más negras de la tiranía.

Bruno Schulz, o Mandelstam, o García Lorca, o Walter Benjamin, o Miguel Hernández, habrían preferido sin duda vivir y escribir más o menos como lo hacemos nosotros, los privilegiados de las sociedades democráticas, de los países razonablemente prósperos en los que hay lectores suficientes como para que nos ganemos con dignidad la vida o puestos de trabajo que nos dejen la holgura imprescindible para dedicar unas horas a nuestra vocación verdadera, así como un sistema de libertades que nos ampare incluso si decidimos militar como propagandistas de alguna dictadura. Entre el malditismo del hambre en el que pululaban los poetas bohemios de principios del siglo XX la megalomanía de esos escritores de aire bonapartista o proconsular que dominan durante varias generaciones la cultura pública de un país y hasta de un continente, hay un espacio anchuroso que es el del encuentro sin énfasis del libro y el lector, la fraternidad íntima, democrática y apasionada de la literatura. Da igual que un libro tenga mil lectores o cien mil: cada lector es una persona singular que establece con el libro un diálogo irrepetible, un espacio del tamaño de una habitación, nunca de esas ingentes plazas públicas o salas de ceremonias en las que se aparecen ante una multitud arrobada las grandes glorias nacionales.

La literatura pertenece al reino de lo más privado, y las multitudes siempre son invisibles en ella, porque las componen lectores que raramente se encontrarán entre sí, aislados en el espacio y a lo largo del tiempo. Nuestra muerte es algo tan privado como nuestra vida verdadera. En el duelo que sientan por un escritor sus personas más queridas no tienen por qué entrometerse cargos políticos adictos al parasitismo del resplandor ajeno ni jefes de protocolos ni maestros de ceremonias. Lo que tienen que hacer los poderes públicos por la literatura no es repartir premios y medallas sin ton ni son y sin otra finalidad que dar lujosas recepciones con muchos canapés y salir en el periódico, sino fundar buenas escuelas y buenas bibliotecas gracias a las cuales se extienda el reino igualitario del conocimiento, y por lo tanto de los libros. El único premio oficial plenamente honorable que puede recibir un escritor, vivo o muerto, es que le pongan su nombre a una escuela o a una biblioteca.

Antonio Muñoz Molina, hoy en Babelia

12 de diciembre de 2009

Onetti

Ojalá todos los sitios web españoles fuesen tan share-friendly como, por ejemplo, fora.tv, del que acabo de incrustar un vídeo cachondo de Harold Ramis, director de la maravillosa Atrapado en el tiempo (Groundhog day), sobre las (pretendidas) implicaciones religiosas de su película.

Así, podría poner aquí los vídeos de una serie de charlas en Casa de América que he ido escuchando los últimos días en mis viajes a Toledo.

En particular, me han gustado varias sobre Juan Carlos Onetti, con motivo de su centenario. Resulta que, según dicen todos, es uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX. Para mí, ingorante como soy, es sobre todo el objeto de deseo, de desesperación, de agonía, de Idea Vilariño, de quien fue amante. Y eso es mucho.

Una de las conferencias es una conversación entre Mario Vargas Llosa y Juan Cruz (aquí hay un enlace desde donde se puede descargar el vídeo, online sólo se puede ver un pequeño fragmento). Otra, una lectura por Muñoz Molina de notas para un libro que creo que no ha publicado (para descargar el vídeo, aquí). Hay al menos una tercera, de Juan Villoro, que aún no he escuchado.

18 de mayo de 2009

Benditos malditos

Y ya que estamos, y que la he encontrado en youtube, no puedo dejar de poner aquí este desmadre cuasi-techno del jefe Sabina:



Benditas sean las raras excepciones,
Los moratones de los vulnerables,
Los labios que aprovechan los rincones
Más olvidados, más inolvidables,
Benditos sean, benditos sean

Los santos milagrosos, los gordos cariñosos,
Los locos que se creen napoleones,
Las pálidas lesbianas, los dulces maricones,
Los mocos de la gente con ventanas,
Los tuertos que no quieren ver visiones,
Los muertos que se mueren con las ganas.

Benditos sean los ceros a la izquierda,
Los que nacieron en ningún lugar,
Los de viva Zapata manque pierda,
Las damas que se llaman Soledad,

El sable del sablista, la caries del dentista,
Los Buenos Aires, los malos maridos,
Las drogas veniales, la sopa del cocido,
Los listos que parecen subnormales,
Los que pudieron ser y no han querido,
Los descendientes de los animales.

Malditos sean los justos, los sumisos,
Los que tiran penaltis de cabeza,
Los que para mear piden permiso,
Los súbditos del dios de la certeza,

Los que adornan las notas de sus hijos,
Los probos ciudadanos, los niñatos,
Los que follan con red y a plazo fijo,
Los canallas que nunca han roto un plato.

Maldita sea la voz de la experiencia
Que casi se equivoca a media suma,
La pipa de la paz con la conciencia,
Los "oiga, que en mi taxi no se fuma",

Los que se mojan poco cuando llueve,
Los que sonríen en las fotografías,
Los que progresan porque no se mueven,
Los de la escandalosa mayoría,
Malditos sean, malditos sean.

Benditas sean las rubias calentonas
Que se emocionan por pasar el rato,
Las tímidas que salen respondonas,
La mancha en la bragueta del beato,
Bendita sea, benditos sean

Los farias con saliva, los gallos de las divas,
Los callos de las piernas de las cojas,
Las amapolas rojas, la abuela en san fermines,
Los récords que no salen en los guiness,
Los cínicos que lloran en los cines,
Los tréboles de tres o cuatro hojas,

Las enfermeras que suben la fiebre,
Las tetas de pezón hospitalario,
Los gatos de no dan gato por liebre,
Los misterios gozosos del rosario,

Las novias del torero, los bronquios del minero,
Los tristes que se ríen de la tristeza,
Los ricos sin dinero, los vagos con pereza,
Los últimos que llegan los primeros,
Los calvos que se quitan el sombrero
Ante la dignidad y la belleza.

Malditos sean los tontos con medallas,
Los hijos de mamita, los chivatos,
Los candidatos (cierra la muralla),
La letra pequeñita del contrato,

Los alcahuetes del polvete ajeno,
La diabetes, el sida, los piojos,
Los sorbetes de bilis con veneno,
Los que aplauden al príncipe de hinojos,
Los cuentos de las cuentas al contado
Los tipos de interés, los finiquitos,
Los que jubilan a los jubilados,
Los talibanes del último grito,

Los que se pasan nunca de la ralla,
Los mamporreros de la simetría,
Los que exhiben el móvil en la playa,
Los que hacen tratos con la policía,
Malditos sean, malditos sean.

Joaquín Sabina

En los confines del internés encontré hace tiempo esta otra versión, aún más curiosa, en la que el Sabina acaba recitando un fragmento del delirante capítulo 68 de Rayuela (que, por supuesto, no he leído...):




Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón [, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.]

Julio Cortázar

16 de abril de 2009

Paladear el idioma



A pesar del entrevistador, Soler Serrano, que me resulta insufrible, y que en más de una ocasión comete la blasfemia de completar las frases cuando el maestro se atranca en su tartamudez, esta entrevista (en diez partes, buscad en youtube), y esta otra (en nueve) en el mismo programa de TVE pero de 1980, son una verdadera maravilla:

2 de noviembre de 2008

Densidad

Como cada semana, leo el artículo de Muñoz Molina en Babelia y me reencuentro con otra de esas voces que siempre me interesan, siempre me dicen algo.

Justo antes, acababa de leer la reseña del último libro traducido de uno de los grandes referentes de Muñoz Molina: Philip Roth.

Y todo esto lo hago mientras escucho de fondo el último disco de Bob Dylan, Tell tale signs, el más reciente volumen de sus archivos piratas oficiales, The Bootleg Series.

Coinciden en mi kabeza tres autores que poseen un atributo valioso, raro y difícil de definir. Yo lo llamo densidad.

Lo pienso cada vez que escucho a Dylan, pero también me pasa con Leonard Cohen, y con Sabina: Sus canciones tienen la capacidad de evocar muchas cosas con pocas palabras. Supongo que detrás no sólo hay genio, talento, sino también mucho trabajo para construir esas frases densas, cargadas de posibilidades, de sugerencias, de mundos enteros.

De una forma distinta pero en cierto modo similar, Muñoz Molina y Philip Roth tienen la habilidad de expresar con certeza, con sencillez pero sin simplezas, sensaciones, sentimientos, experiencias, conceptos, que reconozco, que he vivido, pero soy incapaz de verbalizar.

Como cuando Muñoz Molina dice, hablando de la reciente obsesión con la "memoria histórica":

La responsabilidad que sí nos corresponde es la que menos ejercemos: la de comprender de verdad, hondamente, sin prejuicios sectarios, la tragedia que vivieron nuestros mayores; la de indagar el origen de cada injusticia y lamentar de corazón cada crimen sabiendo siempre que la memoria es insegura y que el pasado puede estar lleno de trampas y de sorpresas amargas, de ambigüedades y zonas grises que nosotros no siempre somos quiénes para juzgar.

O, a continuación:

[...] Y hay una obscenidad moral en el juicio de quien se pone por encima, tantos años después, de quien sufrió mucho más. Los comensales nos miramos, alrededor de la mesa, en el asilo confortable de nuestra ciudadanía democrática, de nuestro bienestar civilizado, que nos permite hablar de los campos de exterminio mientras apuramos una botella de vino y un postre de quesos: en circunstancias peores, con nuestra vida en peligro, o ni siquiera eso, sabiendo que podríamos perder la libertad, o el trabajo, ¿en qué nos convertiríamos cada uno de nosotros?

También a esa pregunta lleva años dándole vueltas Tzvetan Todorov, y vuelve a tratarla en este último libro, en el que hace un esfuerzo de sutileza y honradez intelectual para precisar el significado de palabras tan manipuladas, tan decisivas sin embargo, como civilización y barbarie. Ni la una ni la otra designan estados permanentes, delimitados por fronteras fijas. Civilización es igualdad ante la ley y respeto a las diferencias de los otros. Barbarie es desigualdad, injusticia y tiranía. El derecho a la diferencia no equivale a disculpa para la opresión. El espíritu de la Ilustración no niega la diferencia en nombre de la universalidad: tan sólo distingue aquellos valores supremos que nos hacen libres e iguales, y que son tan frágiles que han de ser permanentemente defendidos. Bárbaro no es quien profesa otra religión o habla otra lengua o es más ignorante o no domina la tecnología. Bárbaro es quien niega a otro la plena condición humana. Y cometiendo actos bárbaros no se defiende la civilización contra la barbarie: se capitula ante ella haciéndola legítima. Barbarie es el ataque del once de septiembre y Abu Ghraib y Guantánamo. Hay muchas formas de cultura, pero sólo una de civilización: aquella que no consiente que se ejerza abuso sobre nadie.

(La negrita es mía)

Philip Roth, cuya inteligencia me fascina, de quien he leído más ensayo (libros sobre libros, sobre escritores, como siempre...) que otra cosa, pero del que sé que en algún momento leeré las grandes obras, me deja en la reseña de Javier Aparicio Maydeu un par de citas, de destellos:

"continuamente estamos escribiendo versiones ficticias de nuestras vidas"

"los delicados artificios con los que las novelas crean la ilusión de una realidad más parecida a lo real que la nuestra"

31 de diciembre de 2007

Como sé que el otro blog tiene aún menos lectores que éste, pero no quiero que pase desapercibido el último descubrimiento que me ofrece Savater en Babelia (uno de esos reaccionarios inteligentes y desasosegantes que a él y a mí tanto nos gustan, como Cioran, como Chesterton), voy a copiar aquí algunos aforismos del colombiano Nicolás Gómez Dávila:
Madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos.

Nada más repugnante que lo que el tonto llama 'una actividad sexual armoniosa y equilibrada'. La sexualidad higiénica y metódica es la única perversión que execran tanto los demonios como los ángeles.

Quisiéramos no acariciar el cuerpo que amamos, sino ser la caricia.

La vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia.

Sólo los años nos enseñan a manejar con tacto nuestra ignorancia.

Los tontos se dividen en dos clases: los que "quieren ser como los demás"; los que "no quieren ser como los demás".

"Reconciliación del hombre consigo mismo" - la más acertada definición de la estupidez.

La lectura es droga insuperable, porque más que a la mediocridad de nuestras vidas nos permite escapar a la mediocridad de nuestras almas.

El que se precia de "haber vivido mucho" debe callar para no demostrarnos que no ha entendido nada.
Y algunos más que he encontrado en esta otra página:
Las perfecciones de quien amamos no son ficciones del amor. Amar es, al contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible a otros ojos.

Las ideas confusas y los estanques turbios parecen profundos.

La gente difícilmente entiende que no entiende.

Negarse a admirar es la marca de la bestia.

No les demos a las opiniones estúpidas el placer de escandalizarnos.

El antagonismo radical entre los hombres se delata en la manera como los unos, al hablar del placer, despegan hacia la metafísica y los otros resbalan hacia la fisiología.


Varios días después de escribir lo de arriba, edito para añadir una última frase, gloriosa:
Los reaccionarios les proporcionamos a los bobos el placer de sentirse atrevidos pensadores de vanguardia.

21 de febrero de 2007

Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad es una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación. La duda, que es el signo de la inteligencia, es también la tara más ominosa de mi carácter. Ella me ha hecho ver y no ver, actuar y no actuar, ha impedido en mí la formación de convicciones duraderas, ha matado hasta la pasión y me ha dado finalmente del mundo la imagen de un remolino donde se ahogan los fantasmas de los días, sin dejar otra cosa que briznas de sucesos locos y gesticulaciones sin causa ni finalidad.

Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas