La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.
Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas –rayos, truenos, gruñidos de las fieras–, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.
De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.
Mario Vargas Llosa, en el discurso de aceptación del premio Nobel
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9 de diciembre de 2010
8 de octubre de 2010
Vargas Llosa
Me las doy de cultureta, pero quien me conoce un poco sabe que es mera fachada, que leo menos libros que sobre libros.
Admito que no he leído (¿aún?) ninguno de los clásicos de Vargas Llosa, de hecho ninguno de sus libros. Lo conozco pues únicamente a través de sus artículos en El País y sus declaraciones públicas, ya sean políticas o de otra índole.
Pero me he llevado un alegrón al enterarme de que le han dado el Nobel.
Primero, porque sé (confío en mucha gente que lo afirma, empezando sin ir más lejos por mi admirado Muñoz Molina (artículo en El País)) que es un gran escritor, independientemente de cualquier otra consideración.
Y segundo, porque este premio siempre lleva implícito un reconocimiento al idioma en que el homenajeado escribe (aunque en esto Muñoz Molina no me da la razón (entrada en su blog)), la hermosa lengua castellana, española, universal, que es también mi jaula de oro.
Admito que no he leído (¿aún?) ninguno de los clásicos de Vargas Llosa, de hecho ninguno de sus libros. Lo conozco pues únicamente a través de sus artículos en El País y sus declaraciones públicas, ya sean políticas o de otra índole.
Pero me he llevado un alegrón al enterarme de que le han dado el Nobel.
Primero, porque sé (confío en mucha gente que lo afirma, empezando sin ir más lejos por mi admirado Muñoz Molina (artículo en El País)) que es un gran escritor, independientemente de cualquier otra consideración.
Y segundo, porque este premio siempre lleva implícito un reconocimiento al idioma en que el homenajeado escribe (aunque en esto Muñoz Molina no me da la razón (entrada en su blog)), la hermosa lengua castellana, española, universal, que es también mi jaula de oro.
12 de diciembre de 2009
Onetti
Ojalá todos los sitios web españoles fuesen tan share-friendly como, por ejemplo, fora.tv, del que acabo de incrustar un vídeo cachondo de Harold Ramis, director de la maravillosa Atrapado en el tiempo (Groundhog day), sobre las (pretendidas) implicaciones religiosas de su película.
Así, podría poner aquí los vídeos de una serie de charlas en Casa de América que he ido escuchando los últimos días en mis viajes a Toledo.
En particular, me han gustado varias sobre Juan Carlos Onetti, con motivo de su centenario. Resulta que, según dicen todos, es uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX. Para mí, ingorante como soy, es sobre todo el objeto de deseo, de desesperación, de agonía, de Idea Vilariño, de quien fue amante. Y eso es mucho.
Una de las conferencias es una conversación entre Mario Vargas Llosa y Juan Cruz (aquí hay un enlace desde donde se puede descargar el vídeo, online sólo se puede ver un pequeño fragmento). Otra, una lectura por Muñoz Molina de notas para un libro que creo que no ha publicado (para descargar el vídeo, aquí). Hay al menos una tercera, de Juan Villoro, que aún no he escuchado.
Así, podría poner aquí los vídeos de una serie de charlas en Casa de América que he ido escuchando los últimos días en mis viajes a Toledo.
En particular, me han gustado varias sobre Juan Carlos Onetti, con motivo de su centenario. Resulta que, según dicen todos, es uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX. Para mí, ingorante como soy, es sobre todo el objeto de deseo, de desesperación, de agonía, de Idea Vilariño, de quien fue amante. Y eso es mucho.
Una de las conferencias es una conversación entre Mario Vargas Llosa y Juan Cruz (aquí hay un enlace desde donde se puede descargar el vídeo, online sólo se puede ver un pequeño fragmento). Otra, una lectura por Muñoz Molina de notas para un libro que creo que no ha publicado (para descargar el vídeo, aquí). Hay al menos una tercera, de Juan Villoro, que aún no he escuchado.
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