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26 de abril de 2012

Contar la vida (y la muerte)

Hay que ponerse a contar. A contar en el sentido aritmético y en el sentido narrativo. Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender, y hay que contar también para que el recuerdo y la comprensión de lo vivido por otros se transmute en experiencia personal de esa manera íntima que quizás sea posible a través de la literatura, o de esa forma de novela visual que es el cine. Hay que contar exactamente lo que pasó y hay que empezar a hacerlo ahora que todavía viven y están lúcidos la mayor parte de los protagonistas, los testigos, las víctimas no ejecutadas. Hay tiempo, pero es urgente. Y no solo porque, como reflexionó con tanta melancolía Primo Levi, la memoria es falible y se debilita a cada momento. Hay que contar para que no se imponga la tergiversación y para que los verdugos y los responsables no cuenten con ese eficaz aliado del crimen, el olvido.

Hay que contarlo todo, desde luego. No se mata ni se tortura a nadie, ni a quien ha matado o torturado. Y hay que contarlo todo no por equidistancia sino por amor a la verdad y porque sin el recuerdo completo no es posible ese logro tan difícil, y sin embargo tan necesario, la reconciliación, o al menos la convivencia razonable. Hay que contar el número de los asesinados, de los perseguidos, de los chantajeados, de los expulsados, de los torturados. Es importante la máxima exactitud posible de las cifras para hacerse una idea de la magnitud de la epidemia. Hay que saber cuántos se fueron porque ese número es un indicio del éxito de quienes mataban o acosaban para limpiar el censo electoral de votos hostiles. Habría que saber, pero no es posible, cuántos que deberían haber alzado la voz eligieron callar; cuántos fingieron aquiescencia con la conformidad impuesta por los criminales; qué porcentaje de gente hace falta que se someta o que calle para que una comunidad entera quede sometida, sobre todo en esos lugares donde se conoce todo el mundo y no es posible el refugio del anonimato: un claustro de instituto o de facultad, por ejemplo, un pueblo pequeño, una empresa. Es relativamente fácil contar el número de los asesinados, los heridos, los mutilados para siempre, pero no puede hacerse el censo fiable de todas las vidas que quedaron destruidas o dañadas por la lenta onda expansiva de cada crimen, que prolonga su efecto, invisible desde fuera, a través de los años y de las generaciones.

Para saber algo sobre eso hace falta la otra forma de contar: la narrativa. España es un país en el que se reivindica la memoria tan perezosamente, tan retóricamente, que los mayores esfuerzos tienden a hacerse cuando quienes pudieron y debieron contar están ya muertos. Hace falta levantar el gran archivo oral de todos los que han sufrido, los que han vivido para contarlo, los conocidos y los desconocidos, los iletrados y los filósofos, cada uno de ellos depositario de una tesela en lo que será el gran mosaico de una historia monstruosa, y quizás también ejemplar. Algo tienen siempre en común todos los verdugos ideológicos, los intoxicados por la religión y los intoxicados por el milenarismo político, y los peores de todos, los que de un modo u otro han combinado los dos, y por lo tanto han matado todavía con más convicción, porque se aseguraban la salvación de las almas al mismo tiempo que creaban el paraíso sobre la tierra: tienen en común que no ven personas individuales, sino grandes grupos humanos, abstracciones sagradas y abstracciones repulsivas, masas que merecen la salvación o masas que merecen el exterminio. Ven al proletariado, ven a la raza, ven al pueblo, y los ven en una apoteosis de beatitud o de maldad, ven a la comunidad de los fieles o a la de los infieles, pero más allá no ven nada, y si se fijan en alguien en concreto es para verlo como la representación de algo, de alguna clase de identidad colectiva, y a continuación lo idealizan o le pegan un tiro, lo abrazan o lo expulsan, pero siempre sin fijarse mucho, porque padecen una extraña aflicción ocular que les impide distinguir rasgos individuales, o porque consideran que esos rasgos carecen de importancia.

De modo que frente a las abstracciones hay que levantar las identidades personales y los nombres, meticulosamente, y para eso nada más útil que las artes narrativas, las novelas y los cuentos y los libros de memorias y las crónicas, los documentales y las películas de ficción. Otra cosa que tienen en común los verdugos y sus cortesanos es la facilidad para el olvido, la urgencia casi jovial por “pasar página”, por “mirar más hacia delante y menos hacia atrás”, etcétera. No hay injurias más fáciles de olvidar que las que han sufrido otros, sobre todo si es uno mismo el que las ha cometido. Y como también explicó Primo Levi, los que han cometido crímenes o han sido cómplices tienen la extraordinaria facultad de convertir la mentira sobre el propio pasado en recuerdo verdadero. Cuanta más información haya, cuantos más testigos hablen, cuantas más historias se cuenten, más difícil será que prevalezca la mentira o que se imponga demasiado pronto el olvido.

Cuando uno está lejos le afectan todavía más ciertas historias. Me acuerdo de la pena inmensa de ver hace unos años en el Centro Rey Juan Carlos de Nueva York el documental de Iñaki Arteta sobre algunas de las víctimas menos conocidas del terrorismo, Trece entre mil. Y esta semana he revivido ese mismo desgarro viendo en el Cervantes, que dirige ahora con energía recobrada Javier Rioyo, la película de Manuel Gutiérrez Aragón Todos estamos invitados, y escuchando a dos novelistas que han escrito con claridad y potencia literaria sobre las vilezas más sórdidas de las que se alimenta el terrorismo, José Ángel González Sainz y Fernando Aramburu. Gutiérrez Aragón muestra cómo el crimen, el chantaje y el miedo pueden coexistir fluidamente con los rituales de una sociedad próspera en la que el pistolero y su víctima viven sumergidos en una misma y vaga zona gris en la que se confunden los cómplices, los instigadores de manos limpias, las personas decentes pero cobardes, los indiferentes, los distraídos. En Ojos que no ven, González Sainz hizo una crónica de lo real que tiene por dentro una armazón de fábula. Años lentos, de Fernando Aramburu, es una novela construida con esa infrecuente destreza que alía la transparencia y la complejidad: una novela sobre gestaciones más o menos frustradas —la de una criatura, la de un joven terrorista— que trata también de la gestación de una novela. Los “años lentos” son los del declive a la vez desganado y siniestro del franquismo, ese pasado ya remoto que en las páginas de Aramburu nos da escalofríos a quienes lo conocimos, un tiempo de torturadores bronquíticos de tabaco negro y palillo de dientes y de sotanas lúgubres que empezaban a bendecir a los pistoleros tan untuosamente como recibían bajo palio al viejo tirano sanguinario.

Para esto vale el oficio al que nos dedicamos: para que nada se quede sin contar.

Antonio Muñoz Molina, Tiempo de contar, en El País de 21 de abril de 2012.

15 de diciembre de 2011

Homo narrans

Ayer, C (aka X) y yo estuvimos escuchando en directo a Muñoz Molina, uno de esos pequeños lujos que vivir en una ciudad ofrece a un mitómano empedernido como yo.


(Rosa Badia y Antonio Muñoz Molina en la Biblioteca Jaume Fuster. 

Debería haber tomado notas (no digo tuiteado, C, que ya te veo venir... ;), para escribir aquí un recuento con algo más de chicha, porque ahora todo lo que tengo son ideas vagas de lo que MM ayer expresó con mucha más precisión y elocuencia (¡cómo me gusta esta palabra!).

De todo lo que dijo, me quedé con esto: «Necesitamos contarnos historias para comprender el mundo.»

Es una idea a la que le doy vueltas recurrentemente desde hace mucho tiempo, de la que he hablado aquí varias veces, y que en las últimas semanas me ha aparecido por distintos sitios.

Por ejemplo, en la charla a la que asistí hace unas semanas sobre «ceguera al cambio», donde un neurocientífico nos explicaba cómo nuestro cerebro trabaja continuamente para darle sentido a un mundo que no lo tiene de por sí, y a menudo nos la juega y nos engaña para superponer un cierto orden sobre el caos, para contarnos una historia a nosotros mismos, sin la cual somos incapaces de vivir.

O también en este artículo de hace unos días que por fin he leído hoy, de Henning Mankell, escritor sueco que lleva muchos años viviendo a medias entre su país y Mozambique, que habla sobre cómo en África aún pervive el arte de escuchar las historias de los demás y contiene estas líneas memorables:

Two old African men were sitting on that bench, but there was room for me, too. In Africa people share more than just water in a brotherly or sisterly fashion. Even when it comes to shade, people are generous.

I heard the two men talking about a third old man who had recently died. One of them said, “I was visiting him at his home. He started to tell me an amazing story about something that had happened to him when he was young. But it was a long story. Night came, and we decided that I should come back the next day to hear the rest. But when I arrived, he was dead.”

The man fell silent. I decided not to leave that bench until I heard how the other man would respond to what he’d heard. I had an instinctive feeling that it would prove to be important.

Finally he, too, spoke.

“That’s not a good way to die — before you’ve told the end of your story.”

It struck me as I listened to those two men that a truer nomination for our species than Homo sapiens might be Homo narrans, the storytelling person. What differentiates us from animals is the fact that we can listen to other people’s dreams, fears, joys, sorrows, desires and defeats — and they in turn can listen to ours.


14 de noviembre de 2011

Ventajas de la ignorancia

La gran ventaja de la ignorancia es que permite de vez en cuando la alegría del descubrimiento. Yo escribo ahora mismo urgido por esa alegría, por el asombro de haber encontrado una escritura de la que hasta hace unos días no sabía nada y que ahora va conmigo como una voz nueva y fiel [...]. Uno, aunque no lo quiera, es tan provinciano que automáticamente considera falto de mérito o poco importante a un escritor por el simple hecho de que nunca ha escuchado su nombre. Como si uno lo supiera todo.

Antonio Muñoz Molina, en su artículo "El poeta en el mundo" el otro día en Babelia.

Lo que le pasa a MM con la poesía a mí me sucede con la música. Eso sí, mucho menos de lo que me gustaría; creo que porque no sé cómo buscar.

Del último de mis descubrimientos ya hace tiempo y desde entonces nada de lo que he escuchado (que no son tantas cosas, no nos flipemos) se me ha quedado pegado como las canciones de Zoe Muth:



(Su último disco, Starlight Hotel, está en Spotify.)

5 de noviembre de 2011

Como sé que no es de buena educación internauta, y aunque me ha costado, me refreno para no copiar aquí el artículo entero pero, como me pasa tantas veces con MM, lo suscribo de pe a pa:

Cuanto mayor me hago menos me gustan las abstracciones y las vaguedades, menos me fío de ellas. En la política y en la literatura lo que busco y exijo es la precisión. Al pan pan, y al vino vino. Los tiranos y los ideólogos son vendedores de humo que acaban siempre envolviendo en una niebla de palabrería la crueldad tangible de sus propósitos. Palabras como “pueblo” esconden siempre una trampa, y da igual si se usan afirmativa o negativamente. Esas apelaciones a colectividades vaporosas que no tienen una imediata traducción estadística o legal me hacen saltar todas las alarmas. Yo no sé cómo son los españoles, igual que no sé cómo son los americanos, o los turistas, o los escritores, o los aragoneses, o los obreros, o las mujeres. Lo más que puedo llegar a saber es cuántas personas han votado una cierta opción en unas elecciones, o cuántas cumplen los requisitos legales que atestiguan una ciudadanía. La ciudadanía puede cambiar, igual que el voto. Nadie está condenado a ser nada por nacimiento. Nadie nace elegido.

Antonio Muñoz Molina, Esa mirada, en su blog.

13 de octubre de 2011

Espera

Mientras espero que en breve me pongan internet en casa, la pereza hace que no me ponga a desvariar desde el móvil. Pero leo el magnífico artículo de Muñoz Molina de hace unas semanas titulado "Un adiós a lo lejos" y me pueden las ganas de compartirlo, aunque la tarea de buscar el enlace os la dejo o vosotras, queridas lectoras :)

(Actualizo: Difícil encontrarlo si pongo el título mal. Era "Un adiós desde lejos".)

22 de junio de 2011

Menos siempre es más

No hay en el mundo cosa tan bien escripta que tornada a reveer por el que la escrivió,
no halle que polir, que corregir, que añadir y aun que quitar.



Escuchando a Kris Kristofferson en su cumpleaños, en particular sus últimos discos, totalmente straight and to the point, vuelvo a ser consciente de algo que pienso a menudo: la gente, en general, escribe de más.

Yo el primero, claro. Cuando reviso alguna de las cosas que escribo, aquí o donde sea, lo más habitual es que acabe acortando, limpiando el texto de excrecencias, de palabras superfluas sin otro valor que servir como muletas en que apoyarse.

De hecho, muchas veces, cuando leo a gente que me parece que escribe de más, lo que pienso es que en realidad no saben (sabemos) escribir, que no manejan el idioma, no son capaces de hacerle decir lo que quieren con el menor número de palabras posible.

Dos ejemplos más de lo que es para mí escribir bien, muy distintos entre sí y también de Kristofferson: Muñoz Molina e Idea Vilariño (insuperable en precisión concisión y parquedad).

12 de junio de 2011

Quizás por cansancio de la opacidad de los lenguajes críticos, de la vacuidad o la pedantería disfrazadas de prestigioso hermetismo que tanto abundan en las artes, de la autocomplacencia o la desgana confundidas con el estilo, me gusta cada vez más leer a los buenos divulgadores científicos. Los críticos literarios y los expertos tienden con mucha frecuencia a convertir en incomprensible lo que está al alcance de todo el mundo: un buen escritor de ciencia hace exactamente lo contrario, esclarecer dentro de lo posible aquello que por naturaleza es muy difícil. ¿Quién dice que la novela tiene el monopolio de la imaginación narrativa, o los libros de versos el de la poesía? Pocas metáforas conozco tan poéticas y a la vez tan exactas como la que usa Richard Dawkins en el título de uno de sus libros sobre evolución, “The Blind Watchmaker”, el relojero ciego. Mañana me voy a Cádiz a un congreso sobre las ciencias y las humanidades. Mientras preparaba mi intervención, encontré esta cita del gran Richard Feynman:

Nuestra imaginación se extiende hasta el máximo no para imaginar las cosas que no existen, como en la ficción, sino tan solo para comprender las que existen realmente”.

Antonio Muñoz Molina, en su blog.

5 de marzo de 2011

Las ciudades

Glaeser dice que la ciudad es la más importante creación humana: que fomenta la inventiva, el talento individual, la tolerancia, la prosperidad, la cooperación. Las ciudades no hacen pobre a la gente: atraen a gente pobre que quiere dejar de serlo. Las grandes ciudades son más respetuosas con el medio ambiente que las célebres arcadias ecologistas, porque la gente tiende a moverse por ellas caminando o en transportes públicos: los habitantes de Nueva York gastan como media un 40% menos de energía que los de las zonas residenciales o rurales del país. La ingeniería necesaria para suministrar agua saludable a las ciudades y retirar de ellas la basura es una proeza épica contada por Edmund Glaeser. Vivir entre la densa población de una ciudad es más seguro que hacerlo en una casa aislada en el campo. También, estadísticamente, es más saludable. Para no convertirse en boutiques monumentales en las que solo puedan habitar los ricos y los turistas las ciudades históricas necesitan renovarse con inteligencia y audacia y levantar edificios altos con una oferta de vivienda suficiente para que los precios no sean abusivos. A pesar de la pobreza y la violencia la esperanza de vida es más alta en una favela de Río de Janeiro que en los pueblos del interior del país. Leer a Edward Glaeser le da a uno el mismo ímpetu para caminar y fijarse en todo que las Hojas de hierba de Whitman o el Fervor de Buenos Aires de Borges.

Antonio Muñoz Molina, Esplendor de las ciudades, hoy en El País

13 de noviembre de 2010

"Hombres que lloran"

"Un hombre de 89 años, muy frágil y muy lúcido, cuenta que disparó de muy cerca a un soldado alemán que lo atacaba, y que cuando el alemán estaba en el suelo agonizando lo miraba y se señalaba con insistencia un bolsillo de la guerrera: buscó en él y había una foto de una mujer y unos niños. Lo último que había querido aquel hombre al que acababa de matar era enseñarle a su familia."

Antonio Muñoz Molina, en su blog

8 de octubre de 2010

Descargas químicas de memoria

El encuentro, la cena, la conversación, ya son una forma de regreso. La voz de Serrat cantando Mediterráneo despierta sensaciones indelebles de la adolescencia, los dieciséis o diecisiete años, las ganas de marcharse, las vísperas de una vida quimérica y sin embargo más real que la vida verdadera y forzosa. Corina, la madre de Ana, ha preparado una cena sólidamente española, que nada más entrar en el apartamento ya provocaba, con más precisión que la música, una emoción muy primitiva de reconocimiento. En los sabores y en los olores de la comida hay matices de lealtad que son más poderosos y calan más hondo que los recuerdos. Nada más salir del ascensor al pasillo largo, desierto, fantasmal como tantos pasillos americanos, en el aire había un anuncio de algo muy sutil que alertaba al olfato, un aroma familiar que se hizo más denso al abrirse la puerta, viniendo de la cocina, y también de muy lejos y de mucho tiempo atrás, como los sabores que embriagan el paladar cuando nos sentamos a la mesa y probamos la primera cucharada. En nuestro archivo de los olores y los sabores de eucaristía laica, una rememoración de sensaciones de comidas infantiles: el guiso de garbanzos tiernos, que se deshacen en la boca con la textura justa, el calor sabroso, con los sabores del sofrito y de las almejas, un puro estremecimiento de memorias gustativas, de pucheros hirviendo al fuego y manteles de hule en los días invernales de la infancia, hace mucho tiempo, mucho antes incluso de que llegaran el televisor y el frigorífico al comedor familiar y de que albergáramos por primera vez el deseo de asomarnos al mundo. El potaje de garbanzos con almejas, el vino de Rioja y de la Ribera del Duero son una celebración sentimental del origen que compartimos, de la suma de azares y decisiones que nos han hecho encontrarnos aquí, viniendo todos de tan lejos, como casi todo el mundo en esta ciudad de refugiados e inmigrantes. Los sabores, los olores, la música, el color del vino, su efecto sobre los estados de ánimo, alumbran vínculos entre nosotros y nos llevan de regreso al pasado, descargas químicas de memoria provocadas por las terminaciones nerviosas de las papilas gustativas.

Antonio Muñoz Molina, en Ventanas de Manhattan

6 de octubre de 2010

Manhattan está siendo permanentemente construida y destruida. El espacio de la isla es demasiado estrecho y las energías del dinero y del comercio que actúan sobre la ciudad son demasiado poderosas como para permitirle que se quede inmovilizada en un monumentalismo de capital europea. Socavones hondos como cráteres de meteoritos ocupan manzanas enteras, y los andamios de nuevos rascacielos ascienden en el aire con el poderío de las grúas gigantes que elevan vigas de hierro, calderos de hormigón y cargamentos de ladrillos hacia los pisos más altos. Las grúas, las excavadoras, los bulldozers, las taladradoras, los camiones con remolques giratorios que molturan el hormigón, agregan sus rugidos al gran fragor de la ciudad, y el suelo tiembla junto a los solares de las obras con una trepidación de fuerzas geológicas, de placas continentales chocando entre sí.

Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan.

18 de septiembre de 2010

Vivir en los pronombres

Quizás si volvemos tantas veces, si echamos tanto de menos la ciudad cuando la ausencia se hace demasiado larga, es porque aquí recobramos con más intensidad la parte de nosotros que es exclusivamente nuestra, el espacio en el que no hay nadie más, la zona inviolable de secreto que es la médula y la materia misma de la que está hecho el vínculo entre dos amantes, el Jordán en el que se sumergen para quedarse limpios de todo lo que la vida en común, las rutinas y las obligaciones les han ido agregando. Un hombre y una mujer, un hombre y otro hombre, una mujer y otra mujer, necesitan replegarse de vez en cuando al paraíso que está siempre en los orígenes, al despojamiento de los primeros encuentros, cuando no eran más que ellos mismos, el uno frente al otro, cuando el mundo exterior quedaba rigurosamente cancelado más allá de la habitación en la que se encerraban para amarse y cuando sólo tenían en común el deseo y el asombro del reconocimiento: ni hijos, ni padres, ni ninguna clase de parientes, ni propiedades, ni costumbres, ni sobreentendidos, ni recuerdos compartidos que fueran más allá del día cercano en que se conocieron, ni propósitos que se alejaran demasiado hacia el porvenir.

Antonio Muñoz Molina en "Ventanas de Manhattan"

Este hermoso texto dice en prosa algo parecido a lo que expresa en verso, más exaltado, un poema de Pedro Salinas que copié aquí hace tiempo.

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Al ofrecer lo que uno ama uno vuelve a tenerlo renovado e intacto a través de la frescura de novedad absoluta con que lo recibe quien acepta el regalo.

Antonio Muñoz Molina en "Ventanas de Manhattan"

16 de septiembre de 2010

Mestizaje

Viajar sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado. En la cena el cardiólogo nos cuenta, todavía con estupor, la tormenta política en la que se vio envuelto el verano último, cuando lo llamaron a Nueva York de su pueblo o de su barrio natal para invitarlo a que diera el pregón de las fiestas. Dijo que no al principio, explicó que llevaba muchos años viviendo fuera, pero le insistieron tanto que al final accedió. Acordándose de los emigrantes andaluces, murcianos y extremeños que habían llegado cuando era niño a su tierra, y pensando en las mezclas de gentes que conviven cada día en Nueva York y en las nuevas oleadas de extranjeros que venían ahora a Cataluña a ocupar los trabajos que habían hecho en los años cincuenta los recién llegados de otras partes de España, ideó un discurso que fuera una celebración de la pluralidad, del extraordinario clima humano que puede establecerse cuando se reúnen en el mismo lugar gentes de lenguas diversas llegados de partes lejanas del mundo, unidos por la voluntad de salir adelante y de entenderse entre sí. Todo les pareció perfecto a los organizadores, hasta que el cardiólogo, para poner en práctica lo mismo que ensalzaba, empezó a saltar del catalán al castellano, del castellano al catalán, con la magnífica flexibilidad intelectual de los bilingües. Aún no entendía, cuando nos lo contaba, varios meses después, por qué de pronto se habían indignado tanto con él, por qué aquellas personas que tan partidarias parecían del mestizaje y de la variedad lingüística le reprochaban escandalizados que hubiera usado dos lenguas. "No entiendo nada", dice el cardiólogo, con todo su acento anglosajón y catalán, alzando sus hombros ensanchados por el ejercicio físico y por las hechuras de su ropa norteamericana, "será que llevo demasiado tiempo viviendo fuera".

Antonio Muñoz Molina, en "Ventanas de Manhattan"

Heroísmo retrospectivo

(Como siga así, esto va a acabar convirtiéndose en un monográfico de Muñoz Molina, y no es mi intención. Para eso recomiendo acudir a su extraordinario diario y leerlo a él y a quienes con él dialogan en un tono educado e inteligente que ojalá sirviese como ejemplo para tantos otros lugares en la Web.)

Hace unos días, en una entrevista a propósito de su último libro, "La noche de los tiempos", Muñoz Molina reconocía que seguía sin tener respuesta para la pregunta de qué habría hecho él en 1936:
"Cuando vivimos en circunstancias normales es fácil ser estupendo. Ser antifascista en 2010 tiene un mérito relativo, en aquellas circunstancias hubo personas que actuaron como canallas y otras que lo hicieron con decencia. Ser decente era muy difícil y ser un canalla, muy fácil."
Que se digan cosas así en este país nuestro de la memoria histórica (¿histérica?), del blanco o negro, del conmigo o contra mí, parece que no sienta bien a todo el mundo. El País publicaba unos días después una carta al director de un ofendido ciudadano que ponía al ubetense a caer de un burro y lo acusaba de tibieza frente a la dictadura:
Para Antonio Muñoz Molina y para otros intelectuales hay que mantener la equidistancia (por ejemplo, entre Franco y Azaña).
Muñoz Molina le responde hoy como se merece, breve pero rotundamente, en otra carta a El País. Pero además, y éste es el motivo de este post (y de que siga frente a la pantalla en lugar de tomando un café en la plaza ;), escribe un texto más largo en su blog titulado "Quién crees que eres", que no querría que mis selectas y fieles lectoras se perdieran por nada del mundo.

Porque me ha puesto los pelos como escarpias (de las lágrimas no hablo, porque en mí tienen poco mérito :-P), y porque me gustaría que sirviese como antídoto contra tanta proclama maniquea y hueca de "heroísmo retrospectivo" (nunca de mis inteligentísimas lectoras, es evidente):
¿Qué harías tú si llamaran a la puerta y vinieran a llevarse a tu hijo o a tu padre o a tu marido o tu esposa? ¿Aceptarías más fácilmente que los mataran, o que te mataran a ti, si los verdugos actuaban en nombre de una de tantas causas nobles que se han esgrimido desde hace siglos para justificar el crimen? ¿En nombre de qué causa te parece menos censurable el asesinato de otros? ¿La patria croata, la patria serbia, la patria vasca, la raza aria, la sociedad sin clases, la república, la monarquía, la revolución proletaria, la revolución nacionalsocialista? ¿Y qué harías tú si dispusieras de un despacho y un teléfono y pudieras decidir desde allí el destino de otros?

Pantallas

Preparando el viaje a NYC (oh, yeah!), mitómano como soy, recurrí a una de mis fuentes predilectas sobre la Gran Manzana, Antonio Muñoz Molina.

Ayer, viniendo para Barcelona en el Ave, leí un artículo suyo titulado "De viaje al futuro", que imaginé hablaría de cómo lo que sucede allí presagia lo que viviremos aquí un tiempo después. Y así resultó, pues trata de la tiranía de las pantallas ubicuas: móviles, televisiones, ordenadores... y el triste futuro (presente) que eso nos depara:
Una pantalla es una ventana por la que nos asomamos al mundo, pero también, en la acepción antigua de la palabra, es una barrera contra él, un muro en el que se proyectan sombras bidimensionales, simulacros de la realidad que pueden parecérsele mucho pero que deberíamos tener mucho cuidado en no confundir con ella. Las ventajas deslumbrantes de la tecnología traen consigo el efecto no reconocido de favorecer en cada uno de nosotros un aislamiento hipnotizado que tiene algo del engaño y de la dependencia de una droga poderosa. Usamos el teléfono móvil y la conexión a internet no tanto para mantener el contacto con los que están lejos como para evitar todo roce y casi toda relación con quien tenemos delante. La cápsula de los auriculares sella nuestra definitiva lejanía. ¡Qué futuro más triste!
Y yo, que estoy enganchado a ellas (¡qué coño hago aquí escribiendo esto en lugar de andar de paseo por Gràcia!), tuve que darle la razón cuando, al terminar de leerlo (en papel, por cierto, aunque fuese por mera casualidad), levanté la vista y comprobé que todos mis compañeros de vagón estaban enfrascados en sus respectivos aparatitos, desde el portátil a la consola de videojuegos, o concentrados en la película inane con que Renfe nos amenizaba el viaje.

15 de septiembre de 2010

I'll go back to Manhattan...

...en poco más de un mes.

Con parada y fonda en Brooklyn, of course.


Con la voz de Norah como compañía y Muñoz Molina como guía.

:-P


14 de septiembre de 2010

No obliguemos

Muñoz Molina recopila en su blog una serie de aforismos de Juan Ramón Jiménez, de todos me quedo con éste como principio que me gustaría aplicar en mi vida, aunque no siempre lo consigo:

No obliguemos a nadie ni a nada: ni al amor, ni al recuerdo, ni al olvido, ni a la verdad, ni a la belleza… Lo que ellos quieran con nosotros.

12 de septiembre de 2010

Ser poeta

Leo en el blog de Muñoz Molina una cita de Sándor Marai, que explica por qué él no es poeta:

“mi sistema nervioso y mi conciencia no contienen la energía condensadora que llamamos poesía, una fuerza capaz de catalizar -de una manera mágica, a veces demoníaca- en una sola palabra los elementos de la pasión y la razón, del mismo modo que se reúnen en el núcelo del átomo los protones y los neutrones”.

Y no puedo más que asentir. Y pensar con envidia en quienes sí tienen esa capacidad.

Aunque equivoquen bes y uves o no pongan tildes.

;)