26 de abril de 2012
Contar la vida (y la muerte)
Hay que contarlo todo, desde luego. No se mata ni se tortura a nadie, ni a quien ha matado o torturado. Y hay que contarlo todo no por equidistancia sino por amor a la verdad y porque sin el recuerdo completo no es posible ese logro tan difícil, y sin embargo tan necesario, la reconciliación, o al menos la convivencia razonable. Hay que contar el número de los asesinados, de los perseguidos, de los chantajeados, de los expulsados, de los torturados. Es importante la máxima exactitud posible de las cifras para hacerse una idea de la magnitud de la epidemia. Hay que saber cuántos se fueron porque ese número es un indicio del éxito de quienes mataban o acosaban para limpiar el censo electoral de votos hostiles. Habría que saber, pero no es posible, cuántos que deberían haber alzado la voz eligieron callar; cuántos fingieron aquiescencia con la conformidad impuesta por los criminales; qué porcentaje de gente hace falta que se someta o que calle para que una comunidad entera quede sometida, sobre todo en esos lugares donde se conoce todo el mundo y no es posible el refugio del anonimato: un claustro de instituto o de facultad, por ejemplo, un pueblo pequeño, una empresa. Es relativamente fácil contar el número de los asesinados, los heridos, los mutilados para siempre, pero no puede hacerse el censo fiable de todas las vidas que quedaron destruidas o dañadas por la lenta onda expansiva de cada crimen, que prolonga su efecto, invisible desde fuera, a través de los años y de las generaciones.
Para saber algo sobre eso hace falta la otra forma de contar: la narrativa. España es un país en el que se reivindica la memoria tan perezosamente, tan retóricamente, que los mayores esfuerzos tienden a hacerse cuando quienes pudieron y debieron contar están ya muertos. Hace falta levantar el gran archivo oral de todos los que han sufrido, los que han vivido para contarlo, los conocidos y los desconocidos, los iletrados y los filósofos, cada uno de ellos depositario de una tesela en lo que será el gran mosaico de una historia monstruosa, y quizás también ejemplar. Algo tienen siempre en común todos los verdugos ideológicos, los intoxicados por la religión y los intoxicados por el milenarismo político, y los peores de todos, los que de un modo u otro han combinado los dos, y por lo tanto han matado todavía con más convicción, porque se aseguraban la salvación de las almas al mismo tiempo que creaban el paraíso sobre la tierra: tienen en común que no ven personas individuales, sino grandes grupos humanos, abstracciones sagradas y abstracciones repulsivas, masas que merecen la salvación o masas que merecen el exterminio. Ven al proletariado, ven a la raza, ven al pueblo, y los ven en una apoteosis de beatitud o de maldad, ven a la comunidad de los fieles o a la de los infieles, pero más allá no ven nada, y si se fijan en alguien en concreto es para verlo como la representación de algo, de alguna clase de identidad colectiva, y a continuación lo idealizan o le pegan un tiro, lo abrazan o lo expulsan, pero siempre sin fijarse mucho, porque padecen una extraña aflicción ocular que les impide distinguir rasgos individuales, o porque consideran que esos rasgos carecen de importancia.
De modo que frente a las abstracciones hay que levantar las identidades personales y los nombres, meticulosamente, y para eso nada más útil que las artes narrativas, las novelas y los cuentos y los libros de memorias y las crónicas, los documentales y las películas de ficción. Otra cosa que tienen en común los verdugos y sus cortesanos es la facilidad para el olvido, la urgencia casi jovial por “pasar página”, por “mirar más hacia delante y menos hacia atrás”, etcétera. No hay injurias más fáciles de olvidar que las que han sufrido otros, sobre todo si es uno mismo el que las ha cometido. Y como también explicó Primo Levi, los que han cometido crímenes o han sido cómplices tienen la extraordinaria facultad de convertir la mentira sobre el propio pasado en recuerdo verdadero. Cuanta más información haya, cuantos más testigos hablen, cuantas más historias se cuenten, más difícil será que prevalezca la mentira o que se imponga demasiado pronto el olvido.
Cuando uno está lejos le afectan todavía más ciertas historias. Me acuerdo de la pena inmensa de ver hace unos años en el Centro Rey Juan Carlos de Nueva York el documental de Iñaki Arteta sobre algunas de las víctimas menos conocidas del terrorismo, Trece entre mil. Y esta semana he revivido ese mismo desgarro viendo en el Cervantes, que dirige ahora con energía recobrada Javier Rioyo, la película de Manuel Gutiérrez Aragón Todos estamos invitados, y escuchando a dos novelistas que han escrito con claridad y potencia literaria sobre las vilezas más sórdidas de las que se alimenta el terrorismo, José Ángel González Sainz y Fernando Aramburu. Gutiérrez Aragón muestra cómo el crimen, el chantaje y el miedo pueden coexistir fluidamente con los rituales de una sociedad próspera en la que el pistolero y su víctima viven sumergidos en una misma y vaga zona gris en la que se confunden los cómplices, los instigadores de manos limpias, las personas decentes pero cobardes, los indiferentes, los distraídos. En Ojos que no ven, González Sainz hizo una crónica de lo real que tiene por dentro una armazón de fábula. Años lentos, de Fernando Aramburu, es una novela construida con esa infrecuente destreza que alía la transparencia y la complejidad: una novela sobre gestaciones más o menos frustradas —la de una criatura, la de un joven terrorista— que trata también de la gestación de una novela. Los “años lentos” son los del declive a la vez desganado y siniestro del franquismo, ese pasado ya remoto que en las páginas de Aramburu nos da escalofríos a quienes lo conocimos, un tiempo de torturadores bronquíticos de tabaco negro y palillo de dientes y de sotanas lúgubres que empezaban a bendecir a los pistoleros tan untuosamente como recibían bajo palio al viejo tirano sanguinario.
Para esto vale el oficio al que nos dedicamos: para que nada se quede sin contar.
Antonio Muñoz Molina, Tiempo de contar, en El País de 21 de abril de 2012.
20 de junio de 2009
#2
(Del gr. ἐμφατικός).
1. adj. Dicho con énfasis.
2. adj. Que denota o implica énfasis.
3. adj. Dicho de una persona: Que habla o escribe enfáticamente.
No me gusta la música enfática
No me gustan las grandes orquestaciones (a duras penas tolero las big bands), no me gustan los sonidos estridentes, los violines empujándome al éxtasis.
No me gusta el cine enfático.
No me gusta la cámara lenta. No me gustan las frases lapidarias. No me gustan los héroes de una pieza, que no dudan, que no sienten miedo. No me gustan las escenas culminantes, definitivas. No me gusta que me impongan lo que tengo que sentir, que me fuercen a llorar, a reír. Y me espantan los "nunca más", los "hasta siempre".
No me gusta la gente enfática.
No me gustan las emociones impostadas, los "hoy es el mejor día de mi vida", "te quiero más que a nadie".
No me las creo.
[Acabo de ver The Wrestler, y sí me he creído a Mickey Rourke ("The only place I get hurt is out there"). Y me he enamorado un poquito más de Marisa Tomei]
[Y después, lo reconozco, y espero que así este post no resulte tan lapidario, me he emocionado también con el enfático discurso de la mujer de Eduardo Puelles García, asesinado ayer por ETA, arropada ¡por fin!, con hermosas y emocionantes palabras, y no sólo con la condena de rigor, por el lehendakari de todos los vascos y vascas]
26 de mayo de 2009
Si la división ha sido un hilo que recorre toda la historia vasca; si la conciencia colectiva vasca se sustenta en el siglo en que se desarrolla por primera vez, en el XIX, en el doble patriotismo y en la doble lealtad; si la negación de esta característica se paga de nuevo con la división -desde un lado o desde el otro- de la sociedad vasca, y si la posibilidad de una visión conjunta de la sociedad vasca se vuelve realidad sólo en los pactos estatutarios, quien se asienta sobre esos pactos estatutarios apuesta por la cohesión y la unión de la sociedad vasca, y quien está en contra de esos pactos estatutarios, apuesta por la división de la sociedad vasca.
La bandera constitucional española posee legitimidad sólo porque no puede ondear sola: tiene que ondear siempre con la señera, con la ikurriña, con la gallega, con la andaluza. En caso contrario no es constitucional. Pero los nacionalistas sólo quieren una bandera, la ikurriña, siempre que ondee sola. Los símbolos del Estado -y los símbolos siempre son necesarios, también en la democracia laica, incluidos los cuerpos y fuerzas de seguridad- son símbolos constitucionalizados, sometidos a la aceptación de las identidades complejas y plurales de las distintas nacionalidades españolas. Quienes quieren que desaparezcan de la sociedad vasca esos símbolos constitucionales, niegan la complejidad y el pluralismo de la identidad de los ciudadanos vascos. Dividen la sociedad vasca y hacen imposible Euskadi como sujeto político. Sus proyectos serán legales, puesto que renuncian al uso de la violencia ilegítima, pero difícilmente compatibles con la democracia como defensa, valoración y gestión del pluralismo y la complejidad.
Los nacionalistas vascos han aprendido de los radicales a referirse a los no nacionalistas adosándoles el adjetivo de unionistas. Olvidan que los radicales además hablan de autonomistas e independentistas, rompiendo con ello la supuesta mayoría social del nacionalismo. Pero la referencia al unionismo pretende ser descalificadora. Obama, ejemplo de tantos, ha subrayado, por encima de todo, su unionismo. Se ha referido a Abraham Lincoln, quien mandó empuñar las armas para defender precisamente la unión y la federación -la mejor forma de defender la unión es por medio de la federación, y no hay federación sin unión-, junto con el progreso industrial y la renovación social como consecuencia, contra quienes defendían la confederación -la puesta en duda de la fuerza de la unión- para poder defender una forma de sociedad arcaica, de antiguo régimen y su sistema económico agrícola basado en la esclavitud.
Tiene mucho sentido ser unionista en Euskadi, porque implica no sólo la unión hacia fuera gracias al reconocimiento de la diferencia, sino sobre todo la única forma de posibilitar la unión hacia dentro sin renunciar al valor positivo y a la riqueza del pluralismo y de la complejidad. Ésta es la libertad que hay que defender, y la defienden los que asientan su proyecto sobre los pactos estatutarios. Y la ponen en peligro quienes rechazan los pactos estatutarios. Ahí está la prueba del nueve, y no en pragmatismos y moderaciones que oculten la incapacidad de asumir las únicas bases posibles de la convivencia en una sociedad tan plural y compleja como la vasca.
Joseba Arregi, en su artículo Aprender del fracaso en El Correo de 21 de mayo de 2009
7 de mayo de 2009
27 de marzo de 2009
Sin desperdicio.
Lo comparto y lo asumo de pe a pa.
Yo también soy nacionalista y frentista.
Pero así, y sólo así.
3 de marzo de 2009
Con toda tranquilidad y normalidad
A mí no me gusta demasiado Patxi López, lo reconozco. Pero cuando tiene razón, tiene razón.
Ya está bien de anunciar el apocalipsis si ellos, los nacionalistas, los únicos con pedigrí suficiente para gobernar, pasan a la oposición.
Ya les va tocando.
Con toda tranquilidad y normalidad.
16 de mayo de 2008
Y desde entonces creo que he conseguido mantener estos desvaríos libres de ellas. Sobre todo porque, a raíz de mi viaje a Argentina y sin saber bien por qué, conseguí cansarme yo mismo de darle vueltas a por qué otros le dan tantas vueltas a estas cosas.
En fin.
Pero quiero escribir esto, porque el otro día, escuchando a monseñor Ibarretxe, quiero decir, al lehendakari de los vascos y las vascas, condenar el asesinato por ETA del Guardia Civil Juan Manuel Piñuel, me volvieron a salir sarpullidos al oírle decir, entre otras joyas, cosas como:
El Pueblo Vasco somos un pueblo pacífico y trabajador. Y sin embargo, a través de todos los medios de comunicación, se está viendo al Pueblo Vasco desde un punto de vista de la violencia que se genera en su seno.
Una imagen falsa, una imagen alejada de nuestra realidad, de nuestra forma de ser, de nuestros valores.
Quiero […] que reflexionemos acerca del daño tan terrible que ETA hace a la imagen de este pueblo en el mundo.
Y además nos hace un daño moral, irreparable, también por dentro. Porque nos traslada, un día y otro también, y ya son demasiados, la sensación de que no podemos salir de este agujero negro, de que tenemos que seguir conviviendo con la violencia, de que no podemos encontrar soluciones para avanzar en la definición de nuestro futuro.
Y cuánto daño hace ETA, cuánto daño hace ETA también, a las posiciones legítimas de una parte muy importante de la sociedad vasca que queremos profundizar, a través del diálogo, la palabra y la política, en nuestra identidad como pueblo.
Cuánto daño está haciendo ETA a quienes defendemos que el Pueblo Vasco es uno de los pueblos más antiguos de Europa, y que queremos profundizar en nuestra identidad como pueblo, conviviendo, eso sí, con los demás pueblos del mundo.
Que profundicen a gusto en su identidad de pueblo milenario, "los últimos indígenas de Europa", que se empapen en ella, a ver si se ahogan de ser tan vascos.
Que avancen de una vez, que definan su futuro. Un futuro que, en sus ensoñaciones, consistirá en la vuelta a las raíces originarias, a las esencias inmutables de su identidad como pueblo.
Qué coñazo.
(Pero aquí estoy yo escribiendo sobre ello, que es casi lo que más me molesta de todo...)
(Añado: y aquí está también mi admirada Elvira Lindo insistiendo en lo obvio)
25 de mayo de 2007
De Euskalherria a Euskadi y de Euskadi...
Lo cierto es que las dos veces que Euskadi ha alcanzado el estatus de sujeto político unificado lo ha sido en un ámbito geográfico más reducido que el que abarca la Euskal Herria histórico-cultural. No pocas veces se ha podido escuchar en el Parlamento vasco a Joseba Egibar decir que si alguien consulta la Enciclopedia Británica podrá constatar que bajo el epígrafe Euskal Herria aparece toda la amplitud geográfica que ese término posee en su significado histórico-cultural. Lo que nunca ha añadido el citado líder nacionalista es que si en la misma Enciclopedia Británica se busca el epígrafe España, o Francia, aparecerán los correspondientes mapas políticos incluyendo cada uno, en su caso, su correspondiente parcela de la Euskal Herria cultural.
Cuando hoy en día se utiliza el término Euskal Herria, la mayoría de las veces no se hace, sin embargo, en línea con la tradición histórico-cultural, la que quiso superar Sabino Arana con la innovación de Euskadi. Más bien al contrario: se usa no en su significado histórico-cultural, sino dotándolo de significado político, contraponiéndolo así al término sabiniano de Euskadi. Se trata de identificar el espacio histórico-cultural y el político. Y para ello nada mejor que dejar de lado la palabra Euskadi y sustituirla por Euskal Herria, pues Euskadi ha quedado limitadada en sus realizaciones históricas estatutarias.
Los nombres nunca son inocentes. El ejercicio de nombrar las cosas siempre implica ejercicio de poder. Lo dice ya la Biblia en sus comienzos, cuando Dios presenta a los animales al hombre para que éste les dé nombre, indicando que con ello toma posesión de la naturaleza. Y lo dice el refrán euskérico de que 'izenak badu izana', de que el nombre posee existencia. Dejar de lado el término Euskadi para sustituirlo por el de Euskal Herria implica que en el lenguaje al menos se ha superado la limitación del espacio estatutario, del 36 y del actual, para conjurar el espacio político que engloba a Navarra, los territorios históricos de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, junto con Laburdi y el Soule. Y si existe este territorio político en el lenguaje debe existir también en la realidad de la política institucional.
Es lo que hace, por ejemplo, la radiotelevisión vasca. El espacio al que se refiere dicho ente público de la Comunidad Autónoma de Euskadi es un espacio superior al cubierto por su legitimidad: los mapas del tiempo en ETB incluyen siempre la Euskal Herria histórico-cultural; en Radio Euskadi-Euskadi Irratia se dan las temperaturas y las previsiones para San Sebastián, Vitoria, Pamplona, Bilbao y Bayona. Algún comentarista deportivo se sintió obligado a corregir, una vez terminada la entrevista, al gran pelotari Miguel Gallastegui porque éste había tenido la osadía y la ignorancia de denominar francés ('frantzesa') al pelotari Ives Salaberry, Xala, cuando todos debiéramos saber que es de Iparralde.
El mismo Estatuto de Gernika cayó en la trampa de denominar al euskera lengua propia de la comunidad autónoma, cuando lo correcto hubiera sido referirse a ella como lengua específica, porque el español es común a todo el Estado y a muchos países latinoamericanos. Y ahora, por las referencias que tenemos de la prensa, el euskera va a pasar a ser lengua principal del sistema escolar vasco. No importa que cualquier paseo por Bilbao le lleve a uno a escuchar no pocas veces más el inglés o el alemán, o el francés e incluso el italiano que el euskera.
Salvamos la realidad construyendo otra realidad por medio del lenguaje. Si el euskera es la lengua principal en la escuela, la identidad principal de los ciudadanos vascos es la vinculada a esa lengua. Y si la identidad es el sostén de las posibilidades o de los derechos políticos, entonces la realidad política principal es Euskal Herria. Y todo ello en nombre del plurilingüismo, en nombre de la pluralidad, de las identidades complejas y de los espacio políticos abiertos e imbricados.
Ignoro si el calificativo de principal es un término de anclaje jurídico, si tiene consecuencias jurídicas, si puede ser base de derechos, fundamento de reclamaciones políticas. Pero no cabe duda de que el juego de las palabras no es neutral, no es inocente. El juego de las palabras busca conformar primero en el lenguaje la realidad que se quiere materializar en la realidad política e institucional. Siempre hay alguien que piensa que todo eso no deja de ser un juego de niños, pero sin grandes consecuencias en la realidad. Pero lo cierto es que los políticos que juegan así con el lenguaje lo hacen pensando que con esos juegos de lenguaje la gente se va acostumbrando a una simbólica, y que al uso simbólico le seguirá, con el tiempo, la realidad política. Y esa realidad política se conjuga en torno al término homogeneidad, aunque de boca se afirme lo contrario y se trate así de disimular.
Para el pensamiento político del que se deriva esta política del lenguaje, el pluralismo es válido, en materia lingüística, siempre que se constituya a través del inglés y de lenguas que no sean el español. Es decir, mientras que el pluralismo lingüístico no conlleve el significado político implicado en la cooficialidad del español. Para ese pensamiento político, la complejidad de identidades, cada una en sí misma compleja, es una espina, porque impide una derivación política clara, homogénea, distinta, separada, conteniéndose a sí misma, de Euskal Herria, pues la complejidad de las identidades las vincula a ámbitos exteriores a Euskal Herria. Perdón: porque la complejidad de las identidades hace que lo que muchos nacionalistas consideran exterior a Euskal Herria sea un elemento interno de Euskal Herria, porque elementos considerados extraños a la cultura propia de Euskal Herria, articulada en torno a la lengua principal que es el euskera, se introducen en la realidad social, cultural, lingüística y política de la sociedad vasca en sus complejas identidades.
Los nacionalistas tratan de convencer a los ciudadanos vascos de que ellos quieren más para la sociedad vasca, pero que no lo pueden conseguir porque España, Francia, los no nacionalistas, la Constitución y el Estatuto se lo impiden. Pero la realidad es bien otra: son los nacionalistas, al menos determinados nacionalistas, determinadas formas del nacionalismo, los que quieren menos para la sociedad vasca, los que quieren reducir la riqueza de la sociedad vasca, los que quieren limitar las potencialidades de la sociedad vasca. Porque ésta es más que lo que los nacionalistas son capaces de pensar de ella, es más rica, más compleja, más plural, más relacionada, más imbricada, más mestiza, más participante activamente en contextos culturales, lingüísticos y de tradición más amplios.
Quien se llena la boca con Euskal Herria pretende dar a entender que quiere más que Euskadi, porque con este término se implica limitación. Quien se llena la boca denominando al euskera lengua principal del sistema escolar pretende dar a entender que quiere más para la sociedad vasca que lo que implica la utilización de las dos lenguas oficiales como vehiculares. Pero en realidad quieren menos, reducir complejidad, limitar la riqueza, poner fronteras al campo ya existente, a las imbricaciones que la cultura vasca tiene en horizontes culturales y lingüísticos más amplios. En realidad ese planteamiento nacionalista se siente molesto con la complejidad, con la pluralidad, y busca por todos los medios, al menos en el ámbito del lenguaje, reconducirlas a estructuras más simples, organizándolas en torno a un eje principal, articulante, primero, básico y unificante. Aunque ello conduzca a aquella famosa 'boutade' de alguien que desconociendo el euskera proclamó que para él el castellano era lengua extranjera.
Joseba Arregi en El Correo del martes 22 de Mayo de 2007
25 de abril de 2007
La zorra y las uvas
Para el mundo nacionalista, la tregua de Lizarra inauguró el año de la ilusión. Para el conjunto de españoles y vascos, este falaz "alto el fuego permanente" ha marcado un año de esperanzas, y de esperanzas que en principio estaban sólidamente fundadas. La situación de ETA parecía desesperada, ante la doble presión policial en España y Francia, con Batasuna en un callejón sin salida por la aplicación eficaz de la Ley de Partidos. Era de esperar que en tales circunstancias el Gobierno contase con una información fiable para asumir el riesgo de aceptar el envite. Si Zapatero daba por bueno el comunicado etarra, como si se cumpliera el requisito marcado en el Congreso para la negociación, sería porque estaban en su poder datos suficientes para excluir una nueva tregua-trampa y confiar en una voluntad real por parte de ETA de abandonar la práctica del terror. Dada la seguridad con que se pronunciaban el presidente y sus seguidores, la opinión pública no tenía otra opción que otorgarle mayoritariamente su crédito. Ahora hay motivo para pensar, ante el silencio del Gobierno sobre lo sucedido, que pudo tratarse de un wishful thinking.
Hasta el atentado del 30 de diciembre, el esquema permaneció invariable. Zapatero había avisado de que el camino sería largo y difícil, así que a nadie extrañó la tardanza en poner en marcha cualquier tipo de mecanismo efectivo para el famoso diálogo. El Gobierno ni siquiera reaccionó a los signos evidentes de que las cosas marchaban mal: declaraciones de etarras en Gara, comportamientos agresivos en la Audiencia Nacional, robos de armas, cartas de extorsión para recaudar el llamado "impuesto revolucionario". El día antes del atentado de Barajas, Zapatero habló en el Congreso con un optimismo muy pronto desmentido por la explosión, pero que no dejó de serle útil, al presentar luego el reconocimiento del disparatado pronóstico como si de autocrítica se tratara, cuando en rigor no pronunció una sola palabra en que diera cuenta, ni de los posibles errores cometidos, ni de la marcha de un proceso de paz que desembocaba en atentados mortíferos. Naturalmente, el mismo quedó interrumpido, pero el Gobierno se las arregló para conservar íntegra su imagen ante la opinión, al mismo tiempo que seguía enarbolando frente al PP el estandarte del "diálogo".
Conviene recordar los hechos, porque nos encontramos hoy ante un comportamiento análogo al quedar de manifiesto la falsedad con que ETA y Batasuna habían procedido, violando la tregua al preparar nuevos atentados a su sombra, y manteniendo íntegras sus aspiraciones como condición sine qua non para el fin de la "violencia". La versión oficial es que lo ocurrido prueba la firme voluntad del Gobierno de cumplir la Ley de Partidos, por lo cual Batasuna no podrá participar bajo forma alguna en las próximas elecciones, del mismo modo que el Ejecutivo no se encuentra dispuesto a pagar precio político alguno por el fin de ETA. Sin olvidar que la Constitución es intocable.
Sólo que si las cosas han sido así, sobraban los gestos de buena voluntad hacia Batasuna, tales como los tratos de favor a De Juana y a Otegi, y sobre todo sobraba el enorme margen de tolerancia concedido a las manifestaciones públicas del partido ilegalizado. Gustase o no, resultaba evidente que la línea de actuación gubernamental consistía en ir abriendo cauces para que Batasuna diera el paso decisivo. Éste había de consistir inexorablemente en cortar su cordón umbilical de vinculación con ETA (lo que la Ley de Partidos exigía) o por lo menos, en expresar un inequívoco rechazo de la violencia, o, mejor, de la "lucha armada" para resolver "el conflicto vasco". La artillería dirigida desde filas socialistas, no sólo contra el PP, sino también contra todo demócrata desconfiado, tuvo por objeto imponer la idea de que carecía ya de sentido el pasado activismo contra una izquierda abertzale en proceso de democratización. En una de esas frases que retratan a un político, Zapatero lo expresó con claridad, al afirmar que Rosa Díez y Maite Pagaza pertenecían al pasado, mientras la Goirizelaia y Gema Zabaleta eran el futuro. Como en el final de la tragedia griega, las erinias se convertían en euménides.
Hubo, pues, por parte de Zapatero, una apuesta inequívoca y obsesiva para dar por bueno el "alto el fuego" como si fuera una tregua definitiva, prólogo de "la paz". Ahora bien, una vez perdida clamorosamente la partida con el atentado de laT-4, lo más grave es no haberse dignado explicar sobre qué basaba hasta entonces su optimismo, qué había hecho y qué había dejado de hacer para que ETA, digámoslo con claridad, engañase a todos y a él en primer término. Tras el golpe, asumido vía Rubalcaba, suspendió en la superficie la perspectiva de negociación, pero sin abandonar la bandera del "diálogo" que podía verse recuperado por un ingreso bien ganado de Batasuna en la legalidad, para lo cual le fueron dadas todas las facilidades. Nuevo riesgo justificable. Además, ETA ya había dicho que seguía en estado de tregua. Pues ni lo uno ni lo otro. Tras unos amagos para ganarse Navarra con lo de la "autonomía de transición", en una aparición pública favorecida por una interpretación peculiar de la ley -en Baracaldo habla inequívocamente Batasuna, siendo en cambio prohibido mencionar siquiera a su coalición-fantoche ASB-, el partido proscrito planteó un desafío abierto con el anuncio de su participación electoral por encima de todo y reafirmó sus objetivos de siempre. Y lo que es más importante, los criminales políticos de ETA se aprovecharon del supuesto "alto el fuego" para preparar con sosiego coches-bomba y atentados personales selectivos al estilo del año 2000. Como nos ha explicado Europol, no Rubalcaba, la tregua ha servido para la recuperación de ETA, y ello es lógico porque la presión policial en tiempo de pre-diálogo no podía ser la misma de antes. La consecuencia es clara. El problema no ha estado en la adopción de una u otra política, sino en haber insistido en la adoptada de acuerdo con una previsión que se reveló fallida el 30 de diciembre, dando además una sensación de debilidad de la cual ETA y Batasuna se han beneficiado para ocupar el centro de la escena.
Sobre lo ocurrido en el curso del pasado año, desde el 22 de marzo, lo único seguro es que Zapatero ha carecido de una información fiable y que, a pesar de ello, siguió adelante con una seguridad infundada. En contra de lo opinado por el PP, asumir riesgos por la normalización definitiva de la vida vasca valía la pena. Lo censurable es la ligereza, habitual ya en su forma de hacer política.
Por otra parte, si lo que afirma el Gobierno es cierto, acerca de su firme voluntad de atenerse a la Constitución, de no pagar precio político por la paz, y, en la vertiente opuesta, ETA-Batasuna mantenían su enroque en torno a la autodeterminación y la territorialidad, ¿de qué iba a discutirse en la mesa política? Las declaraciones de captación, al aludir Zapatero a la libre decisión de vascos o de Navarra, sirvieron apenas para dar titulares a la prensa un par de días. El juego es serio. Si sólo hay una mesa Gobierno-ETA para tratar la cuestión de los presos, todo cobra sentido. Para proponer la izquierda abertzale sus objetivos y responderle el Gobierno que son imposibles, no hacen falta mesas ni expectativas de acuerdo. Nos encontramos en una lógica de mercado, y para que se dé acuerdo sobre el precio es preciso que haya un precio de encuentro posible entre las partes, lo que no es el caso. La única posibilidad de avanzar residía en una disposición real de ETA a disolverse detrás del montaje de la negociación. El comunicado/entrevista del Aberri Eguna no deja espacio para la duda al respecto. ETA además considera que su "alto el fuego" es compatible con "respuestas puntuales" contra los "ataques" del Gobierno, esto es, contra el cumplimiento de las leyes y el desarrollo normal de los procedimientos judiciales en curso, amén de la exigencia de dar luz verde a la participación de Batasuna en las próximas elecciones. Un ultimátum hipócrita que cancela toda expectativa de autodisolución.
La impresión es que Zapatero se había construido su propio mundo en torno al "diálogo", e hizo creer a muchos, entre los que me cuento, que como las piezas ajustaban en su imaginación, ETA y Batasuna entrarían en su juego. Algo parecido a esos montajes de sus publicistas, dispuestos a todo tipo de simplificaciones, a partir del momento en que "la derrota de ETA" es algo que se da por supuesto, como en el discurso del Gobierno, obra simple de la actuación policial -no hablemos de Pacto Antiterrorista, con olor de PP, ni de una Ley de Partidos pronto obsoleta-, con las víctimas convenientemente alejadas de la escena política. Todo anunciaba un final feliz para el cual sólo hacía falta el inevitable "diálogo". Y que no intervengan aguafiestas poniendo en tela de juicio un cuento tan bien elaborado.
Ahora todo se desploma. En sí mismo, se trata de un fracaso más de los Gobiernos democráticos a la hora de buscar el fin de ETA. Lo preocupante es ese estilo de hacer política, entre el secreto y la maniobra, un tanto nixoniano, como acaba de comprobarse en Cuba, y antes en Marruecos, y antes con el Estatut, al subordinar todo a la creación de una imagen positiva de la acción del Gobierno, buscando siempre la línea de menor resistencia. Disciplina de hierro en el propio partido y en los propios medios, información dosificada según las exigencias del marketing, hacen el resto, con la eficaz colaboración de un PP que a fuerza de condenarlo todo, y de acumular descalificaciones, contribuye decisivamente a la cohesión interna del PSOE. ¿Y los resultados? Como en la fábula, de sobrevenir un fiasco, nunca se debe a los propios errores. Resulta que en Euskadi las uvas estaban verdes.
Antonio Elorza, en El País del 24 de abril (leído en la página de ¡Basta ya!)
23 de febrero de 2007
Autodeterminación
Como era de esperar, hay un cacao considerable de ideas, algunas a medio cocer. Uno de los tópicos que más se repiten es el del "derecho del pueblo vasco a decidir su futuro", que para muchos es el nudo gordiano del problema.
Leyendo lo que escribe la gente en ese foro, parece que todos los problemas de la sociedad vasca se arreglarán el día que consigan por fin "decidir su futuro". Desaparecerán entonces los conflictos entre ricos y pobres, "españoles" y "vascos", izquierda y derecha, y sólo habrá "paz" y "democracia"...
A mí este tipo de pensamiento me parece algo infantil, ingenuo, y sin embargo tiene consecuencias trágicas, porque aún hay gente que de alguna forma justifica o entiende la existencia de ETA mientras no "se reconozca" el "derecho" de los vascos a la autodeterminación.
Por eso me ha gustado tanto un esclarecedor artículo de Javier Villanueva, al que acabo de descubrir en esta página, en el que habla del referéndum que propició la independencia de Montenegro hace unos meses, del uso que del resultado tratan de hacer los nacionalistas (y los no nacionalistas), de la situación en Canadá y Quebec, con la famosa Ley de Claridad, y del derecho de autodeterminación de los pueblos tal como se entiende actualmente en el Derecho Internacional, que bien poco tiene que ver con las fantasías nacionalistas.
12 de febrero de 2007
Estoy volviendo...
Me aburro a mí mismo. Por eso me cuesta tanto escribir algo aquí. No consigo que las ganas de expresar alguno de los desvaríos que me pasan todos los días por la (gran)kabeza me duren lo suficiente para hacer el (pequeño, es cierto) esfuerzo de dejarlas aquí negro sobre blanco.
Pero no me gusta ver crecer las telarañas en mi rinconcito cibernético, así que vengo a contar lo que ahora se me ocurre.
En las últimas semanas he estado visitando con cierta frecuencia una página que el lehendakari Ibarretxe ha creado para que la sociedad vasca se implique en la solución del "conflicto", "desde el inicio hasta la consulta democrática en la que decidamos nuestro propio futuro".
Se trata de una especie de blog, en el que varios editorialistas escriben pequeños artículos sobre asuntos de actualidad relacionados con el "proceso", que son comentados por una variedad de individuos e individuas. Aunque supongo que el lehendakari, como muchos otros, no me considerará parte de la sociedad vasca, yo ya he aportado algún granito de arena :-P
A pesar del sesgo peneuvista que tienen quienes escriben los artículos (ante la profanación de la tumba de Gregorio Ordóñez, se preguntaban si lo que hicieron las jóvenes bestias era "¿Terrorismo o gamberrada?") y de la manía que le tengo a Ibarretxe (que más que un político parece un cura...), y pese a que dudo mucho que la iniciativa vaya a tener resultados prácticos, me ha gustado la idea.
Sobre todo, porque permite escuchar de primera mano voces que a mí normalmente sólo me llegan a través de los políticos y los medios de comunicación. Eso sí, la verdad que hay muchos topicazos (empezando por los que he soltado yo las pocas veces que he escrito), y algún elemento que no dice más que barbaridades.
14 de noviembre de 2006
Y más aún
Maite Pagazaurtundua, "Los Pagaza. Historia de una familia vasca"
Más
En este intento de clarificación, con toda humildad aportaría algunas proposiciones provisionales:
a) Los vascos no estamos invadidos.
b) La lengua vasca vive un momento de desarrollo integral inusitado en su larga historia, pero requiere todavía una política de promoción pública desde los mínimos comunes denominadores de todas las formaciones políticas, y necesita el apego activo -el simbólico ya lo tiene- de los ciudadanos vascos. El mundo del euskera debería sacudirse además la manía persecutoria y trabajar por una cultura laica de la promoción lingüística.
c) El proyecto de secesión de las provincias vascas y la edificación de Euskal Herria como Estado nación no se sostiene en la realidad electoral persistente de Navarra, del País Vasco francés, o difícilmente en la realidad alavesa.
d) El proyecto de secesión podría activar asismismo un proceso de secesión de Álava con respecto a Euskadi, o procesos de descomposición microprovinciales de alianza a favor o en contra de la separación, invocando el mismo derecho de autodeterminación entendido como democracia directa y proceso constituyente soberano.
e) El tipo sociológico mayoritario del nacionalista vasco es etnocentrista pero no independentista.
f) No es realista considerar que tras un eventual proceso de secesión de la actual Comunidad Autónoma Vasca, las relaciones económicas, comerciales y sociales con España y los españoles permanecerían iguales.
g) El proyecto nacionalista independentista que conocemos al día de hoy no puede ser bueno para la sociedad si necesita implícita o explícitamente del engaño para intentar tener una posibilidad de triunfa.
h) El nacionalismo que gobierna apuesta de forma creciente por mantener la tensión como elemento estructural, dejando en vilo a la sociedad vasca y actuando con golpes de efecto continuos sobre el escenario político vasco y español. Ésta es una buena táctica para evitar ser interpelado sobre los desfases ideológicos de fondo que señalan diversos estudiosos y sociólogos no sospechosos de ser constitucionalistas.
i) El nacionalismo vasco, colectivamente considerado, no acepta en el campo electoral que los no nacionalistas somos sus iguales. Los etarras y su entorno nos llaman colonos o traidores. El resto ha acuñado durante años la consideración política de que somos "de fuera". El nacionalismo vasco no acepta la pluralidad ideológica vasca como algo positivo y, en el verano de 1998, PNV y EA dieron la razón a ETA en que PP y PSOE somos "enemigos de la costrucción de Euskal Herria". Los no nacionalistas nos sentimos heridos moralmente por ello y golpeados políticamente en lo más profundo.
j) Es útil políticamente tener claro cuánto afecta la realidad extendida del miedo y de la amenaza en Euskadi a los que en la actualidad no están perseguidos. No es menor el efecto disuasorio que ejerce esta amenaza real sobre este colectivo. Conocer y reconocer las expresiones del miedo y la autocensura, ser conscientes de que se pueden controlar, originaría la espiral contraria, la de superar la amenaza totalitaria. Podría llegar a significar una oportunidad de fortalecimiento como sociedad y de generación de una sólida complicidad social para el futuro.
k) Resultaría útil más calma y menos improvisación en las opiniones vertidas desde fuera del País Vasco sobre la política vasca y especialmente sobre los líderes del nacionalismo vasco. De lo contrario, se obliga a los ciudadanos vascos a elegir, y éstos se cohesionarán en torno a los irresponsables más cercanos.
l) Las propuestas unilaterales y con rasgos populistas desde el campo nacionalista vasco pueden llegar a generar el nicho político para una alternativa idéntica desde el campo español, pidiendo la secesión con respecto al País Vasco, y consultas de autodeterminación, hartos de nosotros, los vascos. Coyunturalmente podría traer un nuevo factor de distorsión social.
Maite Pagazaurtundua, "Los Pagaza. Historia de una familia vasca"
Más Pagaza
Como señala Ander Gurrutxaga en Transformaciones del nacionalismo vasco, las encuestas y estudios sociológicos indican que "el ciudadano típico de la minoría nacional en un Estado democrático moderno desea la etnocracia pero no la independencia". Esto no significa que no haya gente a favor de la secesión o partidaria de cambios importantes en el sistema político que lleven a una mayor autonomía política. Ésta es a su vez una de las bazas y una de las debilidades del nacionalismo político, que le lleva a jugar a las apariencias. Al mus. Y el mus es el juego del engaño.
El sociólogo Ander Gurrutxaga advierte para nuestra sociedad -como el propio Stéphane Dion lo hace a su vez para la sociedad quebequesa- que cuando a individuos que comparten grados de lealtad respecto a su identidad se les plantean conflictos irresolubles entre la lealtad al Estado y a la "nación", la lealtad a la nación suele ganar la competencia. Ésta es otra de las principales bazas que utiliza cada día el nacionalismo político en la contienda electoral. Es la que les ha asegurado hasta ahora el poder.
Maite Pagazaurtundua, "Los Pagaza. Historia de una familia vasca"
8 de noviembre de 2006
Los Pagaza
De pie, delante de un puerta de tantas del aeropuerto de Barajas, ante unos taxistas y sus vehículos recibí una llamada de una persona que vive fuera del País Vasco. Le pregunté inmediatamente: "¿Por qué me llamas?". Abrumado, muy tenso me indicó: "¿No lo sabes?". Y yo: "Ahora sí". Terminé casi de inmediato la conversación y me acuclillé ante la puerta de aeropuerto mientras se me escapaba un alarido y el llanto. Indiqué a un taxista de los que me miraron asustados que me llevara de vuelta al hotel.
Atravesaba el pasillo de acceso a mi habitación cuando vi a una mujer que limpiaba las habitaciones. "Han matado a mi hermano" debí de decir y me aferré a como una naúfraga a la mujer desconocida. Abandonada en su regazo pude sentir que se abría por dentro para arroparme sin dudar, para sacar a flote con la fuerza del cariño a la mujer que se quebraba, que se hundía, sin fuerzas, sin esperanza entonces, casi sin remedio. Sin preguntas, con una entrega esencial, hay seres humanos capaces de darse para impedir el abismo interior de otra persona. Sentir el calor de otra persona no es una metáfora porque noté de forma absolutamente física la tibieza de madre de la piel de aquella mujer desconocida. Siguiendo el instinto humano, aquella sabia piel me sacó a flote. En la habitación, la mujer me recuperó de lo oscuro y después vinieron las tilas, las primeras llamadas a los seres queridos, el miedo a perder a aquellos que amo y la solidaridad espontánea entre sus compañeras que organizarían una tarde de rezos por la recuperación de Joxeba cuando acabaran el turno de trabajo. Ahora puedo imaginar la fuerza de su fe aquella tarde y la desolación por Joxeba, al que habían hecho suyo sin conocerlo cuando supieron que había muerto.
Maite Pagazaurtundua, "Los Pagaza. Historia de una familia vasca"