10 de mayo de 2008


Sé que estoy pesadito con el tema, pero es algo importante para mí, por varios motivos de los que quizá hable aquí en detalle alguna vez.

Me dije hace un tiempo que cuando consiguiese perder diez kilos colgaría en el blog este gráfico que hoy subo, resultado de mis diez meses de compromiso.

Aún no he cumplido mi objetivo final, pero ya he recorrido más de la mitad del camino. A ver si me sirve de ejemplo, coño.
Me admira la gente que tiene las cosas claras. Y a la vez me da un poco de miedo.

Yo me siento incapaz de afirmar algo con rotundidad, por mucho que lo haga a menudo, como todo el mundo, y que alguna vez hasta lo diga en serio.

Vivo en un estado de confusión permanente, tengo la sensación de estar rodeado de una bruma mental que me impide pensar con claridad. Y, por otra parte, pienso que esto no les pasa a los demás, que cuando ellos afirman algo con contundencia, con convicción, es porque realmente no tienen dudas.

A mí me parece que la complejidad del mundo me supera, que al emitir una opinión estoy generalizando, simplificando, falseando lo que realmente es, lo que existe.

Supongo que no hay escapatoria, que esto es así y con ello hay que vivir, que la alternativa es simplemente quedarse quieto y observar, sin poder actuar, sin capacidad para cambiar nada. Y que nos pasa a todos aunque quizá muchos ni se den cuenta.

7 de mayo de 2008

As i look out my window...


Es un lujo vivir a 20 minutos de Madrid, en una de sus ciudades-dormitorio, y sin embargo poder ver verde al asomarme a la ventana.

5 de mayo de 2008

Para compensar lo anterior, o mejor dicho, para rematar la faena, post cultureta: entrevista de José María Calleja a la gran Esther Tusquets a propósito de su muy interesante libro de memorias.
Se me acusa con frecuencia (y cierto fundamento, à quoi bon le nier) de ser un idealista y un romántico impenitente, y detecto en el comentario cierto aire de reproche, como si fuese algo a evitar. Esto es algo que no me gusta nada, diría que incluso me molesta. Aunque, por otra parte, siendo sincero, reconozco que quienes me lo echan en cara tienen al cierta parte razón.

Ahora que vuelvo de pasar unos días con amigos en la playa podría dedicar este post hacer glosas del dolce far niente al que nos hemos dedicado con ahínco, y quizá es lo que algunos de mis fieles lectores esperan, pero no me apetece porque, pese a haberlo disfrutado, no ha sido eso lo más importante de este viaje.

De estos cuatro días, en los que me ha caído un año más en las alforjas, me quedo con tres cosas que poco tienen que ver con quienes me han acompañado y mucho con mi vida personal, interior, casi diría que íntima (si no fuese porque aquí las escribo, las echo al viento):

La renovación del compromiso que hice conmigo mismo hace ya casi un año: la voluntad de quitarme de encima todos esos kilos que me había ido echando en los tres años anteriores, de volver a encontrarme físicamente como alguna vez fui (sí, ya sé que no sólo pesan los kilos, también los años...). Vuelvo del viaje, en el que no me he privado de nada aunque he sabido moderarme en todo, más fuerte e incluso algo más delgado, contento por haber cumplido mi objetivo de hacer ejercicio allí y por comprobar cómo las míticas cuestas no me cuestan ahora tanto...

La segunda cosa importante es un convencimiento más que una constatación: la extensión de este compromiso del ámbito físico (que, por supuesto, es en parte también mental) al intelectual, al profesional. He decidido que este año, el de mis treinta y uno, va a ser un buen año. Y ya va siendo hora de poner medios para ello.

Y la tercera, last but not least, y donde sale a relucir el ramalazo poético del que ni quiero ni puedo librarme, es el reencuentro con ese pequeñísimo rincón del Mediterráneo que a fuerza de devorarlo con la mirada he acabado haciendo mío: la playa de la Guardia en Salobreña, con su inexistente arena e incómodos cantos, con su habitual legión de horterillas varios y pescadores domingueros, me ha dado probablemente los momentos de mayor tranquilidad y lucidez de mi vida.

El atardecer del sábado, en el que pese a estar acompañado estaba completamente solo frente al mar, fue el último hasta ahora.

Que sean muchos más.