31 de marzo de 2006

Y para que no me pase la vida hablándoles de lo mismo, les contaré de una vez y para siempre todas las formas en que mi prima y yo hacíamos el amor.
Hacíamos el amor compulsivamente.
Lo hacíamos deliberadamente.Lo hacíamos espontáneamente.
Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente.
O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente.
Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente.
Por últimos los domingos hacíamos el amor religiosamente.
O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.
Hicimos también el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente.
Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí: es decir, recíprocamente.
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía, o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo.
Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.
O bien Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando.
Y sobre todo, y por simple razón de que yo lo quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente.
Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco.
O de día con los ojos cerrados.
O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia.
O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados.
Con remordimientos y sin sentido.
Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente.
Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente.
Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente.

Fernando del Paso

30 de marzo de 2006

Norah Jones


Aunque la vendan como la nueva gran cantante de jazz, aunque sus discos los publique Blue Note, no es puramente jazz lo que hace, sino una mezcla suavecita de country, folk, con alguna gotita de jazz de su piano.

Pero hay algo fascinante en su voz. Yo no me canso de escucharla: It soothes my soul.

Ahora mismo escucho lo último suyo que he encontrado, un disco que ha grabado con algunos de sus músicos habituales y otros amigos, bajo el nombre de los Little Willies.

De hecho, no son los discos que graba a su nombre lo que más me gusta de ella, sino sus colaboraciones, sus versiones: el disco New York City con el Peter Malick Group, el Here we go again con Ray Charles o este maravilloso Wurlitzer price en el homenaje a Waylon Jennings (Hace unos meses me enteré, por pura casualidad, viendo una peli cualquiera, de qué era una Wurlitzer: la típica máquina de discos de los baretos americanos, la jukebox).

Hela aquí en dúo con Willie Nelson:




I'm not here to forget you
I'm here to recall
the things we used to say and do

I don't wanna get over you
I don't wanna get over you
I haunt the same places
we used to go
alone at a table for two
I don't wanna get over you
I don't wanna get over you

They ought to give me the Wurlitzer prize
for all the silver I let slide down the slot
playin' those songs sung blue
(They) help me remember you
I don't want to get over you

A fresh roll of quarters
same old song missing
you through and through
I don't wanna get over you
I don't wanna get over you


Y, claro, luego está el hecho de que es tremendamente guapa, esa mezcla de rasgos blancos e hindús (es hija de Ravi Shankar), con esos ojos negros algo rasgados y un pelín bizcos. Y esos labios... Uff.
Millones de parejas
se ayuntan genuflexos
sin morirse de sed
sin saña y sin temblor
sin cegar ni nacer:
con una depravada pudicia.

Su erotismo es igual que las encías de un viejo
masticando papilla, engrudo

Más hermosura, más pureza
destila el orgasmo de un niño
que se masturba en la penumbra
pensando en su vecina o en su hermana

Impostores, espúreos,
blandos esclavos de la más tumefacta apostasía
a quién pretenden convencer de qué

A sí mismos jamás se engañan

Félix Grande
El viento de la mar cubre ese rostro
y en sus ojos
cómo corta el filo de la Libertad.
Miradlo recortado en el crepúsculo
del Caribe. Cómo brilla el oro ensangrentado
de esa cadena en su cuello. Sangre ya seca
como la que esmalta sus ropajes
bellísimos. Y mirad esos ojos
azules como el mar, fieros como el viento
que pide para sus velas.
Firme la mano en la empuñadura
de su sable enjoyado, viril, sabiendo
que para él no queda ya sino el abismo,
Bartholomew Roberts mira cara a cara
a la Muerte. Y es ella la que aparta la mirada.

José María Álvarez
Soy mucho más salvaje de lo que aparento
¿o mucho menos de lo que creo?
¿o las dos dos cosas a la vez?