25 de abril de 2011

"¿Cómo es él?", te pregunté. Y respondiste que era un tipo único, extraordinario, genial, y esto me tranquilizó un poco, por ti, pues los amores suelen ser remediables y fugaces cuando se depositan en un hombre que se califica de extraordinario, único y genial. Pero enseguida olvidaste los tópicos, superaste las banalidades y las frases hechas, pisaste a fondo el acelerador, te lanzaste en picado, y surgieron palabras magníficas y aterradoras.

Resulta que el tipo del que estás perdidamente enamorada camina un poco torcido; no es que sea cojo, no, pero muestra, al andar, un balanceo de lo más gracioso, como a lo Pantera Rosa; y tiene una mirada nebulosa y vaga perdida tras los cristales gordísimos, porque no ve demasiado bien; y, como tampoco oye bien, pues sordea del oído izquierdo, se inclina un poco hacia la derecha cuando le hablas, de modo que se tuerce todavía algo más [...]


Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer

24 de abril de 2011

Mientras en la vida de una mujer el primer mandamiento sea (como lo viene siendo desde hace siglos) seducir y agradar, esto la llevará a ser en cierto modo enemiga y rival de las otras mujeres, que pretenden también a su vez, y con igual denuedo, ser atractivas y seductoras. Lo que hay en mí de feminista no se basa ni por asomo en la pretensión de que somos, las mujeres, estupendas y superiores, o en que carece de fundamento todo lo malo que en forma de tópico circula acerca de nosotras. Mi feminismo nace del convencimiento de que se nos deben brindar las mismas oportunidades que a los hombres, entre ellas la posibilidad de ser mejores, que pasa sin remisión por dejar de vernos a nosotras mismas y de proponernos a los otros como objeto, pasa por desterrar del centro de nuestra vida la obligatoriedad perentoria de gustar y complacer a los demás, para poder emprender a partir de ahí otras empresas de las que sí seríamos entonces, y sólo entonces, capaces. Y ello traería consigo –espero– la merma de rivalidad entre mujeres y una disponibilidad mucho mayor para establecer relaciones de amistad (antes de haber sido descalificadas por la edad y la pérdida de belleza en esa carrera de esposas-geishas que se nos propone, y aceptamos, tantas veces, como la única posible), relaciones de amistad con otras mujeres y también con otros hombres, ya que la amistad de una mujer con un varón empieza a ser posible en el punto en el que ella descarta la obligatoriedad de seducirlo y él deja de vivir la ausencia de sexo entre los dos como un falta de hombría.

Esther Tusquets, en Prefiero ser mujer

23 de abril de 2011

Para apartarme, aunque sólo sea temporalmente, de las pantallas, vuelvo a leer Prefiero ser mujer, de Esther Tusquets (releyendo yo, que apenas leo libros...)

Publicado en 2006, el libro es una recopilación de artículos escritos principalmente a finales de los 70 y principios de los 80 que reflexionan sobre la situación de la mujer (en el ambiente "de la clase media y acomodada del mundo desarrollado", que es el mío también) con la inteligencia y la independencia que caracterizan a la autora. Me llama la atención cómo se reconoce perfectamente en ellos su voz, la misma que escuché en persona el otro día en la Fundación Mapfre.

Leo el libro y pienso en mi relación con las mujeres, en lo que las mujeres con las que me he cruzado de distintas maneras a lo largo de los años pensarán de mí. Porque aspiro a esto, eso lo tengo claro como pocas cosas en la vida, y sin embargo sé que muchas veces me he comportado como un niño, y es muy posible que otras aspire a ser tratado como un "dios del Olimpo".

En su momento, cuando lo descubrí, regalé el libro a unas cuantas de mis mujeres (a ningún hombre, que yo recuerde; es curioso). Ahora no sólo está agotado, sino que la editorial RqueR ya no existe.

Y se me ocurre que se podría utilizar esa tecnología que está cambiando el mundo editorial y sobre la que me paso el día leyendo para permitirme seguir regalándolo a mis amigas, ¿que no?

:)
Me siento ante la pantalla con ganas de escribir pero, como tantas veces, con la sensación de que no tengo nada que contar, ni siquiera palabras que robar.

Así que abro una cerveza helada confiando en que el alcohol me ayude a soltarme.

Y me van viniendo cosas disjuntas, sin relación unas con otras.

Por ejemplo, que siento que empiezo a entrar en fase de buscar música nueva. Necesito escuchar algo que me conmueva y por mucho que rebusco en mi baúl digital no encuentro nada que me sirva.

Necesito también ir a un concierto como el de Lucinda en NY, de esos que me sacan de mí, que me permiten pasar un rato fuera de mi kabeza, donde empiezo a estar cansado de pasar tanto tiempo.

Llevo ya un tiempo con una sensación de cansancio de las pantallas, pero sin conseguir despegarme de ellas. Demasiada información, demasiadas cosas de las que guardo referencia con la intención, cada vez menos real, de leerlas "cuando encuentre el momento", que por supuesto no llega nunca.

Pero tengo un trabajo que escribir, y el único método que soy capaz de aplicar es el de la acreción: acumular referencias y referencias, leer todas las que pueda, prácticamente al tun tun, y esperar que de esa pila informe de ideas vaya surgiendo algo que valga mínimamente la pena.

De momento, aún estoy muy lejos de ese estadio, de que en mi kabeza empiece a tomar forma alguna estructura, algún hilo conductor. Y no me gusta.